La nieve comenzose a posar sobre las ramas mustias de las coníferas que, como todo el mundo sabe, dejan la tierra muy ácida para que crezca el resto de la vida vegetal. El labriego dijo “carallu” cuando comprobó que la lenta tormenta de copos se había adelantado a su pronóstico. Antes de que saliese el Alonso quería dejar una brazada en casa pero no contaba con que el blanco ralentizaría su paso: llegaría tarde para ver la salida. Maldijo en latín.
Nosotros pasamos cerca del labriego, no le conocemos, pero le saludamos, porque esa es la costumbre en los pueblos. No le pillamos en buen momento: musitó unas palabras en romance primitivo ¿una maldición? Más bien una especie de buenos días, cerrado, agallegado, cortante e irónico como correspondía al clima (¿es posible sacar cuatro adjetivos de un simple saludo? Con “agallegado” hubiera bastado). No fuimos más allá: el bosque ácido de coníferas cubríase rápidamente de nieve, el labriego señaló su hacha con la mirada y después llamó a un perro que aún creemos imaginario. Los de la capital nos miramos –no hizo falta que nadie propusiera cancelar el paseo-, volvimos al coche, a la carretera, a los bares, allí dejamos al señor, esperando quizá a ese perro dudoso.
Comimos Fabas y vimos salir al Alonso, y vimos a los paisanos emocionados que tuvieron tiempo de dejar la brazada, y a aquellos que no se ocupan de las labores del campo, tienen una agencia de viajes, son equilibristas, cirujanos o filósofos. Luego fuimos a la playa. Ni nieve ni coníferas, allí, junto al mar. Me bañé. Hacía frío pero no nevaba. Salí enseguida. Enseguida se terminaron las vacaciones. Y eso es todo. El domingo me pilló el atasco, y vi que un quitanieves se había salido de la carretera. Creo que eso es todo.