25.3.08

VACACIONES

La nieve comenzose a posar sobre las ramas mustias de las coníferas que, como todo el mundo sabe, dejan la tierra muy ácida para que crezca el resto de la vida vegetal. El labriego dijo “carallu” cuando comprobó que la lenta tormenta de copos se había adelantado a su pronóstico. Antes de que saliese el Alonso quería dejar una brazada en casa pero no contaba con que el blanco ralentizaría su paso: llegaría tarde para ver la salida. Maldijo en latín.

Nosotros pasamos cerca del labriego, no le conocemos, pero le saludamos, porque esa es la costumbre en los pueblos. No le pillamos en buen momento: musitó unas palabras en romance primitivo ¿una maldición? Más bien una especie de buenos días, cerrado, agallegado, cortante e irónico como correspondía al clima (¿es posible sacar cuatro adjetivos de un simple saludo? Con “agallegado” hubiera bastado). No fuimos más allá: el bosque ácido de coníferas cubríase rápidamente de nieve, el labriego señaló su hacha con la mirada y después llamó a un perro que aún creemos imaginario. Los de la capital nos miramos –no hizo falta que nadie propusiera cancelar el paseo-, volvimos al coche, a la carretera, a los bares, allí dejamos al señor, esperando quizá a ese perro dudoso.

Comimos Fabas y vimos salir al Alonso, y vimos a los paisanos emocionados que tuvieron tiempo de dejar la brazada, y a aquellos que no se ocupan de las labores del campo, tienen una agencia de viajes, son equilibristas, cirujanos o filósofos. Luego fuimos a la playa. Ni nieve ni coníferas, allí, junto al mar. Me bañé. Hacía frío pero no nevaba. Salí enseguida. Enseguida se terminaron las vacaciones. Y eso es todo. El domingo me pilló el atasco, y vi que un quitanieves se había salido de la carretera. Creo que eso es todo.

19.3.08

AJEDREZ

Guerra eterna entre dos colores que se odian (dijo Borges).

El hado puso en mi mano al color de los que caerán. Sea negro o blanco, mi rey debe prepararse para el desastre: llorará, en un calabozo de Jericó, el geométrico azar que le hizo preso de este lado de la mesa. Cualquier peón rival es una montaña para nosotros, son Aquiles. Nuestra reina es volátil, a menudo se queda encerrada en palacio eligiendo sedas, bebiendo las últimas copas de champaña, como los nazis en los postreros días del Reich. Alfiles y caballos, salen, afrontan su muerte con estúpida valentía; las torres, como la reina, aguardan a que la parca, vestida con inmaculados ropajes blancos o negros, se acerque a doblegarlas, y, si acaso hacen un sacrificio gallardo, el soberano, exhausto, maldiciendo a las Moiras, apenas acierta a esbozar un gesto de reconocimiento antes de doblar la cerviz o de emprender una huida por las posibilidades matemáticas que por poco tiempo le brindará el tablero. Me reprocha, con su silencio digno de rey, que no haya podido defender dos escasas filas de cuadros blancos y negros. Sus súbditos huyen, cada uno pelea por su cuenta, los hay que se vuelven inmóviles.


Es un comienzo abrupto: los sabios desertaron. Antes habían aconsejado que no nos metiéramos en esa guerra; pero mi rey es soberbio. Yo sólo dispongo su final con torpe diestra. ¿Quién es el culpable? ¿Quién debe rendir cuentas por este estratégico desastre?

17.3.08

MIMOS Y HOSTIAS

Mi madre, una señora encantadora, hace comentarios bien positivos en el blog, incluso cuando no voy a comer los domingos. Me pregunto qué escritores de vanguardia recibieron estos elogios en forma de croquetas con jamón y cuáles de ellos tuvieron que lidiar con una madre alcohólica, ennoviada con un infame tahúr, ella vestida de fucsia los días de luto, con una capa de rimel pegada a la almohada, tomando partido por el corruptor antes que por el famélico poeta de piel amarilla al que parió no se sabe bien por qué conjunción de las casas de Andrómeda y Casiopea.

En el curso literario de a cuatrocientos me enseñaron que el primer relato adulto de los adolescentes lo protagoniza un huérfano. Puede acompañarse de un amigo Huckleberry o de un predicador con los nudillos tatuados; puede transcurrir en el patio del orfanato, después de la guerra civil, o, si el relato es de ciencia ficción, en el patio de la cápsula A Módulo Y-400 para niños sin reconocimiento biológico. Sobra decir que ese relato cumple punto a punto el programa freudiano que aparece en la revista de Ana Rosa: matar al padre, aderezarlo con una lacrimógena historia de amor y posiblemente abandonar para siempre la escritura con la sensación de que guardamos en el cajón una obra maestra que nunca será apreciada por el corrupto e insensible sistema editorial.

Quizá los relatos de los tísicos vanguardistas comiencen con una enorme tarta de fresas que espera al protagonista mientras éste fuma a escondidas debajo de las tablas del porche. Lo más seguro es que sigan un movimiento de compensación: los niños buenos se inventan a una madre que se lava los dientes con ginebra, los rebeldes quieren globos y lasañas, y renuncian a la rebeldía para recrear un idílico territorio perdido. Cuando crece, el bueno recupera la conciencia de la edad de oro de la que salió por propia voluntad (ingenuo, esperaba encontrar a algo mejor). Pero la impronta de esa edad de oro será más indeleble en el rebelde, que querrá volver a un porche en el que no estuvo y tapará con mimo las desconchaduras.

14.3.08

SOY EL CEPA, ETC.

A falta de un tema mejor retomaré el hilo escribiendo sobre el hecho de escribir. Mientras las teclas se buscan todo va bien. Antes he pensado ¿qué escribiré? y me he dicho ¡pero qué coño! Pon lo primero que se te pase por la cabeza. Y lo primero es el consejo por el que pagué cuatrocientos euros una baza que ni siquiera estaba moco: el sistema, la estructura, la fórmula de la Meca Cola.


¿Hasta cuándo vas a dar tumbos, Catilina?


Lo malo es que si pienso eso de lo único con lo que aún espero saltarme los trámites de la cotización, porque no lo voy a conseguir ni follando ni dando patadas a un balón, si es que le diera al balón, se desmonta mi tenderete y el replanteamiento elevado a infinito se presenta y grita: ¡Organiza! ¡Estructura! Y pienso de mí, pagaste cuatrocientos euros por una bronca, ¡eso sí que tiene guasa!

Tengo un proyecto. Iré al Leroy Merlin. Compraré cincuenta tornillos, cincuenta tacos y catorce baldas; supongamos que dentro de un par de meses tendré dos estanterías, y dentro de un año quizá quiera enseñárselas a los vecinos. Les diré: no prestéis atención a estos churretes, la pintura era de mala calidad. Si están un poco torcidas es porque andaba con prisas, pero si pongo un mostrenco aquí y este diccionario en la otra punta, se neutraliza la caída. Los libros no ruedan. A los vecinos les diré con algo de petulancia y mi más sincera humildad que intenté mirar los planos aunque finalmente decidí hacerla por instinto. Sé que durará sólo unos segundos: estoy deseando ver la cara de la chica rubia que coge el autobús de las siete y media y la del alto de gafas (porque todos dudan un instante) tal vez suene un ¡oh!, aunque de inmediato cogerán una aceituna del cuenco y exclamarán: ¡oh, qué buenas están estas jodidas gazpachas!

Puedo imaginarme su conversación de vuelta al tercero: “¿tú sabías que este chico quiere ser escritor?” y el otro contestará “Si lo hace igual que pone baldas… Cagoendiós”


Me quedo con el primer oh. Hay que estar loco para intentar competir con las aceitunas.