13.4.09
De dónde son los cantantes
Yo le propuse que nos fuéramos a Los Andes, le dije que si quiero puedo ponerme intenso y correcto, perspicaz, canalla, observador y elegante. Le dije que soy bastante más guapo que Vargas-Llosa, y eso es tan evidente que tuvo que admitir que podía ser interesante y que la gastronomía no estará nada mal. Por Mario no fumaría, se comportaría como una novia perfectamente formal, exquisita y no aindiada, ligeramente despreciativa hacia él, europea y cosmopolita, se limpiará los brazos con delicadeza y jabón caro. Por eso le dije que no era una mala idea, pero también miré los billetes y entonces dije so y le asegure que no podía pasar otro año sin pasar por las fiestas del pueblo y que, al fin y al cabo, no queda lejos de Gandía, donde podemos ver un espectáculo, tal vez un partido de pretemporada, con suerte del Boavista. Pero me temo que un día de estos iremos al restaurante peruano de Vallecas del que tan bien nos han hablado y ella dirá que esto del ceviche es un descubrimiento y, si me han subido los dos piscos con los que el mesero liquidará la minuta, nos vendremos para aquí mismo y pillaremos los billetes porque sólo se vive una vez, como dijo Aguirre, y aún estamos a tiempo de reconquistarnos.
Un amigo nos dijo que China era El Destino y ella me miró, y yo la miré, y nos confesamos que sólo sabíamos tres cosas de Japón, y ni siquiera sabemos si está permitido fumar en cualquier parte; si la revolución tolera la nicotina o si la nicotina sostiene la revolución. Yo no sé qué actitud tomar porque realmente es otra civilización y otra cultura, como se suele decir. No sé si sabré encontrar a alguien como Tanizaki como compañero de viaje a China porque es otra cosa. Será en todo caso un vago sentimiento de pátina, una evocación de la sombra, un algo que se parece a eso que leímos y dijimos que nos gustó. La idea del amigo, digo, nos pareció bien hasta que entré en la página de vueling para mirar los calendarios tan amenos que ponen y, ¡caramba!, no pensé que te iban a cobrar ese dineral por ir donde viven otros 1.300 millones como tú. Así que le dije que en las terracitas de Lavapiés, unas cañas… A veces te ponen patatas, se pasa bien, suena lo último de Macaco y, bueno, hay algún pesado, pero tenemos la ventaja de que ya los conocemos. No pareció demasiado convencida. Me temo que una noche de viernes habremos vuelto tarde, estaremos cansados y se nos ocurrirá llamar al Gran Oleada VI. Y cuando hayamos devorado el Dim-Sum, con una copa de vino bien agarrada al arroz tres delicias, decidiremos que hay que hacerlo en ese mismo instante, antes de que volvamos a empobrecer; y la tercera será la buena.
3.4.09
Memories of youth
La mierda, los vodka-7 en gayobas, la muerte de Lady Di, y quedarme hasta las cinco de la mañana para ver una película de Antena 3 titulada Jugadores de Ventaja con Bruce Boxletner y Lee Marvin, junto a otros ratos en los que era poco más que el flamante vehículo de un destino sin rumbo, los recuerdo tan poco vívidos como la explosión de la nave espacial, aunque de ésta podría ver una recreación en youtube, podría incluso buscar la fecha, pero, a quién le interesa, es posible que no fuera la misma noche y que sea mejor así, abreviando, y juntar todos esos momentos de conciencia en los que, y yo de pequeño lo hacía muy a menudo, dices “de esto me voy a acordar fijo” y resumirlos en un par de objetos: la botella de stolichnaya, el pantalón con mierda y algo de flujo (o quizá completamente empapados, pero puede que esa noche no fuera tan completa), el coche estrellado en el túnel.
La noche aquella paré en el garito que está junto a la plaza de San Ildefonso, que antes era la plaza del grial o puede que me confunda y la de San Ildefonso sea la plaza del madroño..., paramos en el Laboratorio, y conversaba con alguien, o intentaba fregotear el vaquero en el lavabo con trozos de papel higiénico; me quité el chubasquero, o puede que fuera el forro polar marca Trango, lo deposité junto a la ropa de los demás, pedí otro vodka-7 (“lo siento no tenemos seven-up”), pedí otro vodka-sprite, y alguien apostado en la barra decidió que yo era el globo que había que pinchar –antes en argot pinchar un globo era robar a un borracho–, o puede que fuera el tacto de mi sudadera Carhart (esa sudadera que ella conocía y me decía ponte) y, mientras rascaba el tordo amarillento del vaquero, imposible que quedara limpio en las costuras –o también daba pábulo a las teorías acerca de la persecución a Ariel y a su novio árabe–, el móvil dentro del chubasquero, el forro negro Trango, la sudadera que le gustaba, volaron, se fueron, desaparecieron, rumbo a uno del barrio de Empalme con diez pavos sueltos y le sienta bien, vosotros qué decís ¿le sienta bien? Para ti, Rafita, que te has portao.
No me dieron arcadas cuando descubrí que aquel perro había cagado en el sitio escogido para el revolcón de las ocho. Hacía un calor óptimo, grandioso. El chófer también había bebido. En Cabo Cañaveral sólo podía verse la luz de las estrellas. Los astronautas se habían olvidado los naipes y se aburrían. Nadie esperaba que fuera a pasar nada. Y a partir de ahí todo fue un poco más deprisa. Acelerado.