Un millonaco de personas en la “Plaza Roja”, anuncian para esta tarde, no se preocupe su santidad, que yo le pongo 300.000 kikos en Colón leí en el País Semanal a propósito de la manifestación de la familia de Rouco y el PP. Ahora lo llaman la “Plaza Roja” y unos y otros quieren convertirla en icono de algo, cuando antes era una plaza fea, con un teatro regular, una sala de exposiciones regular, un banderón, cruces de calles, un hard rock, un hotel, bancos y, bueno, el museo de cera y un lado de la biblioteca nacional; plaza fea en la que los turistas descansan de hacer compras por Serrano. Supongo que los urbanistas afirmarán que las ciudades van generando los espacios sociales que necesita; a mí me da lo mismo, yo no vivo cerca ni me planteo ir a la Plaza de Colón. Aparezco allí una o dos veces cada año. No me ha pasado nada memorable, ningún encuentro, ¿hay por esa zona algún restaurante barato y excepcional? ¿Algún rincón en el que leerse el Cántico espiritual? Esa plaza no me dice nada.
Por lo que me han contado, este fin de semana había muchas fiestas –y alguna reivindicación- en Madrid. Hoy comienza la cumbre del petróleo y hay una contracumbre. Debería deshacerme de esta galbana y buscar a los cuatro gatos de la contracumbre. A los otros les diría: el día que celebrabais un titulito yo estaba partiéndome la cara contra los magnates, no atendía a vítores ni a cancioncillas estúpidas, estaba presente donde debía estar. Si ésto fuera el siglo XX...
Tampoco me verán en la contracumbre. Sus motivos son justos; enriquecería mi espíritu asistir a una asamblea con gente que sabe más que yo; estoy seguro que después de dos o tres reuniones podría aportar un comentario, un aplauso. No voy. Me quedó aquí en casa con la persiana cerrada, no encuentro alicientes en el ordenador y por eso trabajo -hoy a duras penas- en algo que me divierte, una hora, hora y media. Después enciendo la radio, no hablan de la selección sino de una representación de Hamlet que comienza a girar. Hago una paella y pienso que para Diagonal debería escribir sobre Manolo el del bombo, situarlo hace un par de años en Islas Feroe, llamando a casa, en Abanderados, con su boina y su camiseta firmada por Sanchis padre, antes de salir al frío estadio donde jugaba la selección. Descarto la idea. ¿Qué puedo mandarle a los de D.? ¿Un artículo titulado “Os lo dije”, “Panem et circenses”, “La Plaza roja”, “La España de los Xavis”, o, “Algo huele a podrido en Diario Marca”?
Decido dejarlo para mañana. Leo en el país el reportaje sobre los Kikos, el laicismo radical que ha salvado a la iglesia. Veo que dice que el día más feliz de su vida será el de su muerte. Plagio. Hay una mujer que lleva las riendas de los Kikos; Kiko y ella fueron la mano derecha de Wojtyla, pero Ratzinger les ha separado un tanto, o al menos eso es lo que dice el colorines. Los católicos neocon son peores aun que sus antecesores, que el arcipreste de Hita, que los frailes con borrico, peores incluso que los curas obsesos como Fermín de Pas. Ya me extendí el viernes y el sábado.
Pongo de nuevo las noticias para ver los goles repetidos. Todos en el área, con toques precisos, la pelota acariciando las mallas. En fin, eso sí me gusta. Que vayan todos los ociosos de la provincia a esa plaza, dándole al claxón, que destrocen comercios y quemen contenedores y esperen a un autobús rojo y amarillo bebiéndose las fuentes; les gustará ver tanta carne y oler a grasa, sudar a chorros, allá ellos. A mí me basta con ver los goles, y al final eso también se termina.
Después de las noticias repiten el capítulo de los Simpsons en el que Bart se va a la campiña francesa. Parece demasiado verlo por sexta o séptima vez. No va a llegar el día en el que Antena 3 retire a los Simpsons. Me pongo de nuevo frente al ordenador, intentando sacar algo del aplatanamiento; escribo unas frases sobre los católicos del camino de Kiko y las borro, luego algo sobre el gol de Torres, pero tampoco fragua. Por hoy lo dejo.


