13.8.08

Soul XXI

Grabar cintas es un entretenimiento no olímpico para el que me he entrenado a intervalos a lo largo de mi vida. Paso estos últimos días escogiendo canciones de música negra para el Popurrí 08. A lo largo de meses he reclamado nombres y los he apuntado en papelitos (los últimos, Larry William & Johnny Guitar Wilson), he cargado el aparato de saxofones afónicos y manos tontas, he puesto oídos y por fin, mañana, grabaré el disco.

Una colección de quiosco trajo a casa el de The Animals. Detrás del Sol Naciente había siete u ocho temas de verdadero Rhythm and blues. Machaqué canciones como Talkin’ ‘bot you o Don’t let me be misunderstood. Pude haber aprovechado para aprender a tocar la guitarra, para que no fuera tan desagradable oírmelas cantar, pero me quedé en enteradillo. Hoy, que tengo suficiente experiencia como para saber que tener experiencia no mejora nada, sigo haciendo un ranking que copan los artistas de entonces de Rhythm and blues y Soul. Nobody but me, Ruler of my heart... Son como un relevo de 4x100 de gacelas estadounidenses que corren para llegar al carro de los helados en un día de sol, una encarnación de la alegría de vivir –y de una suave melancolía- como quizá no se haya visto igual desde los tiempos de la Arcadia. El mejor contexto para escuchar este disco tal vez sea el baile del encantamiento, sin embargo, es una alegría que puede exportarse también a la fábrica (That's the sound of the men working on the chain ga-a-ang) o al estudio del payo más cool.

Ruth Brown

Podrá rebatirse que esta música a veces se hace epidérmica, sí, esos son algunos defectos que le veo al soul: bastantes canciones son pestiños. El verano se acaba y ya no apetece pasearse por los parques, pero mientras dura, la banda sonora puede ponerla Otis; aquellos besos de ayer traen las tristezas de mañana, como dice Maxine Brown.

No volverá el verano del A change is gonna come ni del hermano Martin, ni del hermano Malcom. Los predicadores podrán anunciar parrillas y las estrellas del pop blando hacerse tatuajes de Tommy Hillfiger. Podrá convertirse todo en una cuestión de pobreza, otra vez, el ¿hermano puedes ayudarme?, el mother, i’m down on my knees; podrá derrumbarse todo como ocurre en esa canción, pero ahí estará otra vez y siempre, mientras quede negritud, como orgullo, como la mejor muestra, la música.

12.8.08

Hombre al agua

Hay un tipo que debe aparecer en Mihura que es el del Endeudado. Los endeudados hacen cosas como jugar en Bolsa y pedir créditos, montan empresas que desaparecen y se compran esos aparatos para hacer gimnasia que anuncian en el catálogo de American Express. Si no, no me explico en qué se gastan tanta pasta. Nuestro Endeudado tipo debe Cien mil euros y tiene treinta años. “Pero si es un chaval de nuestra edad ¿cómo le vas a hacer eso?” dice ella compasiva. A mí se me ocurre responder un pequeño hayku:

Los primeros quinientos en bolsa.
¡En qué hora metió!
Y no supo salir del Fondo.

Vamos a comenzar suponiendo que él ha oído hablar del Crack del 29, porque en el colegio se escucha de todo, y que olvidó la sabiduría de la película Quicksilver de que montar en bici mola más que ser un piernas. Cualquiera de sus hobbies, incluida su vida afectiva, depende de cómo esté la liquidez. La Familia del Endeudado suele ser la última en enterarse de que tiene uno en casa aunque quizá alguno lo acompañó a pedir aquel crédito que el chaval invirtió . Cualquiera puede tener un Endeudado cerca y no saberlo todavía. Si la familia y allegados tienen un poco de pasta, se le presentarán tres salidas a corto plazo, prestarle dinero, decirle que no, y evitar cualquier entrevista en la que quiera contraer nuevas deudas. Quizá por eso, todos los endeudados pasan una época de reacople social y familiar que a veces termina a navajazos.

La lógica del Endeudado, llegamos a un tema fundamental, no es ni siquiera vivir sin trabajar –pudo serlo alguna vez- sino vivir bajo la asistencia de un tercero, ya sea el banco o un jugoso testamento que no se ha hecho efectivo. Estos son al principio amigos y más tarde amos del individuo que contempla en ellos su riqueza. El pacto elemental con el diablo, el primero, es entrar por la puerta de una sucursal y repetir su eslogan: Mi banco de confianza. Hay que tener en cuenta que, para el Endeudado, ése es el comercio en el que se vende la pasta.

El endeudado tipo, que terminó la carrera después de tres avisos, un espabilado de las cosas de la vida, encontró el reverso de aquel sistema llamado El Único; no sabía que se había convertido en un personaje de Jardiel, en un Endeudado o Tramposo, quizá supuso que el éxito, que con sus padres se había portado bien, le sonreiría por ser quien era. No se percató del escaso riesgo que tiene nacer moderadamente rico.

No hay porqué hacer un juicio al Endeudado, bastante tiene ya; cabe preguntarles qué opinión tienen sobre su suerte y por qué piensan –si lo piensan- que tendrían que tener mejor fortuna que los demás, si han tenido un sueño o una visión, si piensan que fueron demasiados mimos, por qué creyeron que iban a ganar siempre.

Mi tío Vilos, que ha pasado por eso, dice que la sensación de meter la pata tiene algo agridulce que no repele por completo. Habla de que cuando el infierno son los otros (y dice que las deudas siempre son otros) es más fácil encontrarse a gusto con un pequeño detalle que nos demuestre otra vez que somos mortales. El detalle demuestra que el día que uno se muera se acabaron las deudas. Permite seguir la huida hacia delante.

11.8.08

Los juegos olímpicos con más publicidad de la historia

Me despierto sudando. El presentador habla a gritos. Explica las reglas básicas del tiro de pichón, clase supra; participa un español al que eliminan después de su primer disparo. “Si cobrase treinta mil euros estaría obligado a traer metal” -dice el locutor- “afortunadamente, estos matados a lo que están obligados es a trabajar si quieren mantener una familia”.

Llega un checo con su rifle y abre un buraco en todo el centro. Medalla. Publicidad. El lema de Televisión española es un “A por ellos” entonado sin entusiasmo. La canción elegida: Salta en Pekín -adaptación de Tequila- es lo más penoso que he oído en mucho tiempo. Me levanto del sofá pensando que el marketing de la cadena pública es suicida.

Cuando vuelvo hay un programa especial: “el objetivo de conseguir las mismas chapas que en Barcelona 92 está un poco más cerca”. Sin embargo, las noticias dicen que pierden los tenistas españoles, pierde una yudoka, pierden las chicas del equipo de Hockey y los nadadores se quedan a un segundo de su mejor marca, por lo tanto, pierden. Se supone que hay constantes novedades pero no dejan de poner imágenes de Samuel Sánchez y del tirador de esgrima. Me voy.




Imagino que la desmotivación de algunos deportistas –también lo llaman nerviosismo- surge por el hecho de que después de la cita comiencen las vacaciones. Sí, han currado cuatro años para llegar hasta aquí, por eso precisamente han perdido las ganas. Los de la federación de turno deben entender las olimpiadas como una lucha contra las demás: “Si sacamos un diploma nos darán más perras que a los bádminton”. Hay un medallón de porexpán para los que creen que lo importante es participar, y un billete de avión. Y siempre hay alguien mejor que ellos. Casi siempre.

La Villa Olímpica es como un campamento del que muchos se van antes de la Barbacoa de Clausura. Se van con la cara larga porque el entrenador les ha puesto las orejas tiesas. En el parterre escuchan reír a tres borrachos de halterofilia. El taxi, y a su vida de siempre; unos días de jolgorio y a su curro de toda la vida.



No sé qué cuentas habrá hecho el Comité Olímpico pero me suena que han sido bastante optimistas. ¿Es Anti-Español apostar a que se van a quedar en quince? En todo caso, nadie se lo tiene que tomar a mal si digo que al paisanaje le gusta más dormir la siesta y beber sangría que ganar medallas. Además, según oí en la apertura de María Escario, el ochenta por ciento de los deportistas españoles son catalanes. Eso puede darnos esperanzas.

Me vuelvo a sentar en el sofá. Ahora mismo, un japonés llamado Kitajima acaba de ganar los cien braza. Ha dejado el crono en menos de 59 segundos. Más o menos, ha sido el mismo tiempo que he empleado en quejarme de los Juegos. Voy a volver a ver anuncios de coches que no compro.

10.8.08

El rorro del diablo

¿Cuántos no aceptarían vender el alma al diablo si se presentase la ocasión? ¿Quién podría rechazar semejante privilegio?[1]

Anoche me quedé viendo La Semilla del Diablo, película hippy de terror protagonizada por Mia Farrow, guapa hasta que se corta el flequillo; y por John Cassavetes, que lo borda haciendo de San José Negro. La película es bastante humorística, aunque a veces sí que da canguelo; en especial, por el careto de ese doctor Hill –sobre todo porque sus intenciones son buenas.

La criatura no aparece. Durante la concepción se ve la garra de Satán, pero eso pertenece al delirio hippy-onírico: piel de rinoceronte, vello abundante, etc. No vemos al hijo de Rosemary.

Strindberg imaginó a un Satán del lado de los hombres. La concepción del diablo más extendida hoy día, tergiversa el mito de Prometeo y el papel que cumplían los demonios, aquellos que mediaban entre lo humano y lo divino. El demon (se ocupa de lo que se refiere a los sacrificios y ritos de iniciación, a los ensalmos, a la adivinación toda y a la magia[2] dice Sócrates) no estaba, en principio, asociado al mal; pero su presencia no era homologable en la lógica monoteísta, por eso, primero desaparecieron (o se encarnaron en uno) los demonios buenos –para Platón el amor era uno de ellos-, y después se unificó a los malos en Satán: se terminó con el concepto mismo de la tercera vía entre dioses y hombres y se le otorgó a aquél título de divinidad y todo un principado. Algo semejante pasa con el Seol (el Hades romano): “Al principio era un sitio en el que se podía estar, ahora es un infierno”. En el momento en el que hablar de intercesores es hablar de lo sagrado, Satán se vuelve sagrado. Es entonces cuando da miedo. Lo que queda claro, según mi humilde entendimiento, es que las deificaciones traen la ruina a la civilización.

Polanski consigue que nos aterren los vecinos satánicos porque los presenta como a creyentes convencionales, un poco envidiosos, un poco entrometidos y empalagosos. Son patéticos hasta que empiezan a conseguir lo que quieren. Como los del Opus, estos vecinos ayudan a los suyos a progresar en la vida a costa de los demás. Les gusta el lujo y el oropel, se reúnen para cantar versos satánicos, y tienen crucifijos (sólo que dados la vuelta) y cuadros de iglesias (sólo que de iglesias quemadas). Viene a decir que estos brujos son divertidos –por lo estrafalarios- hasta que se meten en tu vida y te meten en su Gran Familia. Eso con respecto a los creyentes.


Lo saco de aquí.

En cuanto a Adrián, el heredero, es un tipo que ronda los cuarenta tacos, con descendencia, alguien que ocupa un cargo. Más mediocre que malvado, príncipe por capricho de los hombres; el hijo de Satán puede trabajar perfectamente para Halliburton u organizar grandes premios de Fórmula Uno. Si fuera como lo pintan los cristianos, si viviera, el hijo de Satán no dejaría de ser uno más entre un vasto grupo de hijos de puta.

Según la película, Adrián, el diablo encarnado, tendría hoy 42 años. Hay que suponer que ha formado una familia, que ocupa un puesto importante (¿miembro del Comité Olímpico Internacional? ¿Jurado del premio Alfaguara de Novela? ¿Mano derecha del Primer ministro ruso?), y que destaca por su capacidad para el disimulo –el diablo logró convencer a la humanidad de que no existía. En cualquier caso, si su labor fuera extender el mal por la tierra, Satán sería contingente. Estas divinidades no son nada sin los fieles.


[1] Picatostes y otros testos. Borja Delclaux

[2] El Banquete. Platón. Trad. Fernando García Romero.

8.8.08

Un gigante, un sueño

En el Quién es Quién de la Historia, hoy China ha dado el paso al frente que le pedían los cuatro troskos que se juntaban para escuchar discos de Aute en la casa del padre del Lioba. Lo que se ha cocinado en El Nido es el futuro inmediato de la Economía y la Política Mundial. Las mascotas de las Olimpiadas: Jin Jin, Juan Juan, y no me sé más, son clones con doble personalidad. Tienen aspecto de robóticos osos pandas, con las ojeras puestas. Reflejan que por cada occidental hay cinco chinos que cumplen la misma función. El paso hacia adelante de la verdadera clase trabajadora del mundo es presentarse uno por cinco, Juan Juan (x 5), a las ocho de la tarde.

Rosa María Calaf, que se tira allí todo el año, dice que lo de duplicar el nombre es, en China, un gesto cariñoso hacia los niños, como decir Manolito. Aquí en diminutivo, allí en aumentativo. Para ponderarle dicen: Juan eres el doble –los españoles dicen eres el uno (o peor, eres el amo).

Calaf ha hecho varios reportajes sobre la organización de los juegos. En uno iba a una fábrica que tenía que disminuir su ritmo. Decía que otras habían cerrado temporalmente, querían limpiar Pekín de contaminación. El resto del tiempo pasan de Kyoto. Sin embargo, qué saludables para la economía china parecen esos nubarrones tóxicos. Son la vigorexia de la industria.

Haile Gebreselassie, que es el mejor atleta etiope de maratón, decidió que no iba a correr en Pekín para no joderse respirando tanta prosperidad. Ha sido el único que se ha quejado, que yo sepa. La mayoría de los deportistas van allí a ganar la medalla de plomo, el Saturnismo. Así son los deportistas: creemos que se trata de gente sana y en realidad se machacan a la vista del personal. Hurra.



Desde las dos y ocho, he estado viendo la ceremonia inaugural. Han ido de mil en mil, trotando por el estadio, han hecho figuritas y Tai-chi; todo muy espectacular, hasta que se ponía a cantar una niña prodigio o la pareja de blando avec maciza cuando la retransmisión devenía en coñazo. Unos fuegos artificiales que ni en Alicante. Lo que se dice: una explosión de luz y de color, con el mismo tono que el vestíbulo del Restaurante Gran Oleada. Símbolos milenarios hechos festones, y un gran papel en el que han ido pintando un paisaje muy gracioso. Lo dicho, unos seis mil figurantes entre discípulos de Confucio, obreros galácticos y pseudo-karatekas al servicio de la representación de la apertura del gigante asiático al mundo.

Los cuatro troskos debían estar alucinando. Por un lado, está la idea oficial de que China se adapta a los nuevos tiempos y a sus colegas occidentales: un sueño, un mundo. Sin embargo, por las noticias que llegan, se ejerce un control milimétrico sobre esa imagen: exhiben la salud del sentimiento nacional con impudicia, como hacen los americanos y quisieron hacer los burócratas comunistas. El patriotismo encuentra disculpa a la contaminación, a la falta de derechos y se carga cualquier concepción universalista: China se basta para organizar y dominar, tiene derecho a hacer lo que le dé la gana cómo quiera.

Los obreros galácticos han formado una paloma de la Paz y luego ha surgido la bola del Mundo, con unos mendas que corrían a través. Si lo han seguido habrán visto cómo terminaba la bola: completamente roja.

Con ello, no quiero decir que haya que tener miedo a la invasión. Pasaron los tiempos de resistencia. Los imperios se parecen entre sí. Los invadidos acaban pareciéndose a los imperios (antes abandonaban a sus dioses, sus lenguas, su calendario); los conquistadores descubren el negocio de la ostentación y, sin saberlo, empiezan a poner los cimientos de su decadencia, ladrillo a ladrillo, Juan a Juan.

Por lo demás, comienza lo que ha servido de excusa para esa representación de cómo está la geopolítica, los Juegos. Medallitas y medallones, voy a estar entretenido hasta que salga de vacaciones.

7.8.08

Cita de Plauto

Démones

(A Lábrax y Gripo) Está bien, seguidme… (Al público) Espectadores: con mucho gusto os invitaría a cenar, pero no tengo nada que ofreceros; en casa, no tengo restos de ninguna víctima para poder obsequiaros. Además, creo que todos vosotros ya habéis sido invitados a cenar en algún lugar u otro de la ciudad. Pero si queréis aplaudir con fuerza mi comedia, podéis venir todos a hacer una francachela en mí casa, luego… dentro de dieciséis años. (Dirigiéndose a Lábrax y a Gripo.) Vosotros, os quedaréis a cenar aquí, los dos.

De Rudens (Trad. Eudald Solà)



Crítica es verdad y envidia

Por lo demás, he llegado a un extremo de rutina flagrante. Si el otro día hablé de que debía mantener alejada la imaginación, hoy debería decir que sólo la imaginación puede hacernos salir de este atolladero de correcciones e incorrecciones, aquello de lo que habla el último post de Gándara. La preocupación de Santa Teresa de que su literatura muestre siempre “la verdad” es el pequeño motor de esta historia, una vez me he convencido de que redacto bastante bien. Si eso implica darle un viaje a alguien, he de seguir haciéndolo.

En el último comentario, en el post sobre la música, una pariente lejana, mujerconpiernas, pide con cariño que deje que cada uno escriba de lo que le dé la gana y le contesto que lleva razón: si los del Canto del Loco quieren entrar en un garito con zapatillas están en su pleno derecho de expresarlo, faltaría más (por mi parte tengo faltas de ortografía). Creo simplemente que deberíamos hacer una lucha de todos contra todos. Coincidirás conmigo que es más divertido y poco saludable, como fumar o beber, y que también es horizontal. Interpreto que la última frase del comentario iba por ahí: hay que darles caña. Aunque alguno no se la merezca.

Por eso, propongo una reciclada colectiva de libros en la Carrera de San Jerónimo, el viernes a las ocho de la tarde. Aviso que arderían libros fabulosos, pero la planteo como catarsis para las librerías, los académicos y los lectores: ¿Qué tal si juntamos los de los Hermanos Reverte y los que Marías saca, y los Grandes, y los de Dragó y los de Atxaga y los de Montalbán -esos los primeros- y hacemos una hoguera de adjetivos y nombres? Repito que habría bellas historias que desaparecerían –hay que entender que no íbamos a echar todos los ejemplares, sólo unos cuantos, en plan simbólico-. De algún modo, el acto pondría fin a toda una época, y quizá estos talentosos consagrados recobrasen bríos. Yo por mi parte me comprometo a llevar una copia de lo mío para que arda.

Ecológicamente la acción sería un desastre y ése es el principal factor en contra. No digamos si se hiciera con cedés, deuvedés y audio-libros, que dejan nube tóxica. La solución que veo es proponerlo y desconvocarlo por motivos medioambientales. Para que vean que los radicales somos sensibles al cambio climático. Se pierde el aura de Troll si anuncias que los vas a quemar y luego das marcha atrás porque no te los has leído/igual están bien. La catarsis, que no joda el Medio Ambiente, se hace internamente, como meditar u orar.

Cedo en que no hay que considerar que el crítico es buena persona, ni siquiera buen bloguero. Vapulea a gente sin motivos y no ha ofrecido un producto que se pueda comparar; como mucho un texto tortuoso, la mayor parte del tiempo, paja. Es fácil entender que hay un Por Qué Yo No implícito cada vez que uno dice es que son muchos años de tomarnos el pelo. Tienes que haber estado ahí, harto de aguantar, para poner buena cara a los dos o tres eco-terroristas que van diciendo majaderías acerca de tus novelas o que gritan que van a echar un tordo encima de tu disco.

Ayer pensaba en la otra parte del asunto mientras veía el programa de entrevistas de B. Fíjate las comidas de sable que tiene que hacer sólo porque es del PP (o porque es así, de natural). ¿Es posible envidiarle, por mucha pasta que cobre? No, salvo que seas tan rastrero como él. Queda entonces la crítica, y afinando más, la sátira: ya que hay que aceptar que estén ahí, lo mínimo es reírse un poco de ellos, por higiene, porque son cuatro días.

6.8.08

Mi Buenos Aires, queridos

Qué pasa, colegas.

Cuando llegué a Buenos Aires me pareció que había entrado por una puerta de Madrid que no conocía. Luego vi que los cartoneros seguían yendo en burro y pasé cerca de alguna Villa Miseria; fui al norte y reconocí la pobreza rural que a esas alturas ya tenía para mí algo de mito. Cerca de San Antonio de los Cobres me impresionó que hubiese un pueblo consagrado a la endogamia, el pueblo de los Barbosa -no recuerdo cómo se llamaba exactamente-, estaba junto a unas ruinas de los indios quilmes. San Antonio está en un desierto, a un par de horas de unas grandes salinas. Recuerdo que comí sopa y pollo en un bar en el que había una sola mesa. No hablamos con nadie, nos fuimos sin preguntar por la Plaza Mayor; no había nada más que ver que casas de mineros pobres hechas durante el siglo XX. En Salta me compré un cortaúñas y en Tucumán un despertador que todavía anda por casa; en Córdoba ayudé a estos en un campamento de niños y niñas trabajadoras. Como sabéis, allí hay muchos más que aquí.

Sobre el paisaje no haré buenas descripciones. Tal vez un geólogo, un botánico o un paisajista acierten con los términos; para mí no tiene sentido decir que había robles o no sé qué sulfato en las montañas, no lo tiene que hable de la inmensidad con la que se topó Lope de Aguirre si ya la conocéis. Este domingo estuvimos viendo La Misión. Los guraníes se montaron buenos paraísos en la zona de las tres fronteras. Ahora, con tanto turista, desmerecen, pero sigue siendo la hostia, las cascadas y tal. No estuve en Ciudad del Este, que creo que es de los sitios más peligrosos del mundo. Puerto Iguazú es una de esas ciudades que salen en las novelas de Vargas Llosa, con maderos corruptos, putas honradas y traficantes brasileros. En el albergue tienen puesta la tele todo el día para que los europeos pelen la pava. En el Sur comencé a prepararme la comida para abaratar. Vi cómo se caía un muro de hielo del Perito Moreno (no somos nada, etc.).

Cuando regresé a Buenos Aires, Julito me convenció para que disfrutara a tope de la vida acaudalada. Los últimos días, menos la carne y la comida, todo costaba más. Estaba subiendo la inflación, me dijeron, y se miraban unos a otros preocupados, como cuando se habla del Euribor. Aún así era un chollo en comparación con esto, restaurantes, conciertos, librerías, tiendas, podía hacer lo que me apeteciese: ir al cine, cenar solo, tomar un helado… Me hallé sorteando cartones para comer Entraña en el 22. Salvo al olor de la parrilla, era ajeno a todo al igual que aquí. Había realizado aquel viaje para regresar a la bien parecida clase media: Cuando crees haber terminado con toda esta gente, vienen trescientos más, con sus facturas y los ves allí, en el atrio: los que hacen bolsos, los pasamaneros, los que hacen cofrecillos. Vienen y les pagas. En fin, crees que ya se han acabado y aún siguen viniendo los que tiñen en color de azafrán… Siempre hay una cosa más y alguien más para venir a pedirte dinero[1].

Volví hablando de explotación infantil con cazadora y zapatillas nuevas. Turista, pese a todo, y fabulosamente acrítico, era Buenos Aires y tenía que disfrutar: hacerme fotos en Caminito, mirar fotografías de Gardel, hacer como que la Corrientes no se parece a la Gran Vía. Qué distinto es aquello de Madrid, le dije a quien escuchó. Ahora sé que fue la vida vacacional; había soltado la piedra una temporada y pude pasear por aquellas calles que eran un trasunto de los felices años veinte. Era la versión despreocupada de la era del consumo. Allí fundí mis últimos ahorros, tal vez inconsciente. Lo recuerdo como un gran viaje. Sé que os estaréis divirtiendo. Ya me contaréis.



[1] Aulularia. Plauto. Trad. Eudald Solà.

4.8.08

El escritor cansado y el crítico feroz

Dice Alejandro Gándara en su blog: Como se observa, la experiencia que me espera, quién sabe si para el resto de la vida, consiste en corregirme, en repasar mis propios argumentos, en detectar errores y defectos en simples páginas escritas a partes iguales con ardor y cansancio. En una entrevista que leí en Público, Atxaga recuerda a muchos que lo intentaron y se aburrieron o se cansaron de que los ignoraran. A continuación, reconoce que encajó fatal la crítica que le hizo Ignacio Echeverría cuando escribía en el Babelia, “un crochet a la nasal”. Hay una página entera dedicada al Caso Echeverría. En otra página he leído la crítica de marras, que comienza así: Resulta difícil sobreponerse al estupor que suscita la lectura de esta novela. Cuesta creer que, a estas alturas, se pueda escribir así.

Cuando era pequeño leí Obabakoak y me entusiasmó, luego El Hombre Solo me gustó bastante menos (aunque había algún pasaje guarrindongo) y ésta del Hijo del Acordeonista, que me regalaron y me recomendó un colega, me pareció un poco floja. Cuando la leía me quedé convencido de que yo podía escribir algo como eso. Así que no me cuesta tanto creer que a estas alturas alguien lo haga y no me es difícil sobreponerme al estupor.

Me he reído bastante con la crítica de Echeverría, me ha recordado a las hostias que le pegaban los de Mondo Brutto a sus enemigos. Lo mejor, lo de los osos, y este párrafo en el que se resume todo el bofetón: (…) la novela sólo vale como documento acrítico de la inopia y de la bobería -de la atrofia moral, en definitiva- que no han dejado de consentir y de amparar, hoy lo mismo que ayer, de forma más o menos melindrosa, el desarrollo del terrorismo vasco, reducido aquí a un conflicto de lobos y pastores, un problema de ecología lingüística y sentimental, al margen de toda consideración ideológica. Ciertamente, los chicos de El País no defendían tanto a Alfaguara como a sus lectores buenrollistas del País Vasco y alrededores, quienes iban a alucinar con eso de la atrofia ecologista. Las visiones que se salen de lo consensuado, o las firma Goytisolo, o no sirven, debieron pensar los jefes.

Después de la crítica abortada, el libro salió bien parado porque es un producto digno, que, en efecto, no aporta nada nuevo al conflicto que pretende explicar y que, como demuestra Echeverría, tampoco aporta demasiado a la narrativa moderna; es un libro de escritor cansado –al margen de toda consideración ideológica-, de alguien que vuelve por los tópicos que le dieron alegrías. En cualquier caso, inofensivo y en muchos aspectos, reconciliador.

He perdido la pista del crítico. En Internet hay varias noticias atrasadas, casi todas referentes al caso; apenas he visto nada más que una entrevista que le hacen en La Página Definitiva donde aclara cuál es su lugar (o su no-lugar) en el panorama actual: No estoy seguro de entender plenamente la extensión que das al concepto de “Brunete Mediática”, pero en cualquier caso sirva el dato de que mi enfrentamiento a El País no me perfiló en absoluto como elemento susceptible de ser reclutado por la prensa de derechas. Lejos de eso, ante el ejercicio de una crítica insubordinada, todos los medios de prensa españoles cerraron filas y no dieron alas ni al caso en sí ni a quien lo provocó.

Los dos agentes de la movida, el escritor que repasa cansado sus viejos argumentos y esquiva los golpes, y el crítico feroz que un día despierta en un periódico de pastores, no tienen mucho que echarse en cara el uno al otro. Atxaga descubrió que tenía patente de corso, y eso le dejaría triste pero relajado en cuanto a su futuro en la élite. Todo lo que tenía que reprocharle Echeverría al autor ya lo puso en aquella crítica; gracias a eso alcanzó relevancia aunque, como explica, pronto le cortaron las alas.

En realidad, el caso sigue abierto. Por el bien de la literatura babélica -a la que buena falta le hacen esta clase de luchas- deberían encontrarse alguna vez, con o sin guantes, y explicarse el uno al otro qué posición es peor, si la de cansado o la de ignorado. En definitiva, quedó claro que el crítico tenía las de perder aunque también bastante ingenio para despacharse a gusto con un libro que le había causado tanto estupor y contra una manera de abordar El Conflicto excesivamente maniqueista. Después de la entrevista de Público, se confirma que Atxaga está cansado de todo, incluso de su tema estrella. La próxima novela creo que transcurre en el Congo.

3.8.08

Por el camino que lleva a Moria

Clavó en mis entrañas
las flechas de su aljaba.
He sido la risa de todo mi pueblo,
su cantinela de todos los días.
Me hartó de amarguras,
me embriagó de ajenjo.

Ralló con guijarros mis dientes,
me cubrió de polvo.
Privaste mi espíritu de paz;
me olvidé de la dicha
y me dije: “¡Pereció mi apoyo
y mi esperanza en Yahvé” [1]

Prosigue la monótona lectura, con algún buen momento como ése. Según la concepción sagrada del espacio de los yahvistas el desierto era el lugar en el que moraban los demonios. Dios hizo vagar a Moisés y a Aarón con toda la tropa para expulgarse antes de entrar en la tierra prometida. Allí se quedaron los baales, pero la amenaza de que en un desierto termine la alianza aún pesa sobre Israel. El desierto es infierno y destino. A Jeremías le hizo decir: no hay Dios.

Estoy deseando que aparezca Jesús de una vez por todas. Lo imagino como la llegada de Frodo, Sam y Gollum a Mordor. De momento están en Moria. La compañía está a punto de pelearse: ¿hay un elegido o cualquiera puede colgarse el anillo? La parte de los profetas avanza o retrocede en el pensamiento conservador de que hacen falta héroes, ungidos o, como mínimo, portadores que sufran por nosotros. Alguien que nos pague la cuenta en el bar. El nuevo tipo de héroe que aparece en el Antiguo Testamento es el que reza eso de “He sido la risa de todo mi pueblo, su cantinela de todos los días”.

El Rey será Aragorn, pero el Héroe, el único, es Frodo Bolsón: lleva al apóstol y se encuentra la tentación en el camino. Él es quien sufre la risa de los demás y quien pierde la paz. Lo que dice la Biblia y el Señor de los Anillos es que siempre hay uno y que la de ése es la misión más jodida. Para que el rollo patriarcal funcione, mejor que presentar a un Aquiles, es que el representante sea debilucho y supersensible. Si lo piensas, la idea es más perversa: la salvación puede obtenerse viendo la película de Mel Gibson, basta con que te dé un poco de pena el actor al que brean con cáñamos. A partir del Nuevo Testamento, el hombre se pone en la butaca del Director (el artista antes conocido como Yahvé). Falta el Evangelio Según Frodo Bolsón para superar esa visión omnisciente, grupal, supuestamente objetiva; faltaría para hacerse cargo del cuadro completo. Saramago escribió uno según Jesucristo que no he leído.

Son temas demasiado amplios para meterse, ¿es Jesucristo más poderoso que Frodo? ¿De cuál de las doce tribus proceden los Orcos? ¿A qué se debe tanto delirio? ¿Debería poner en la cabecera del blog que Todo Está Relacionado? Preguntas y desconocimiento.

Comencé hablando del desierto por el que volaban sueltos los demonios. Para muchos es importante que cada uno lo pase: porque ahí falta el pasado, la nostalgia se muere y todo se plantea otra vez y la que mira atrás se convierte en sal gorda. Dicen que es posible encontrar la sabiduría en el desierto, lo dicen los amigos de Job. ¿Tú con quién vas, con los que creen que hay que pasar la travesía con factor ochenta y uno solo, o con los que van con el bueno de la película? Unos parecen iluminados y otros parecen alienados. En realidad ahora ya no importa mucho, con la Wikipedia y todo eso, la sabiduría está mucho menos dramatizada, y los justos tienen el estado de derecho. Nadie tiene que meditar encima de una duna. Eso son ganas de ganeta, decía mi abuela.



[1] Lamentaciones.

2.8.08

Reproducción aleatoria

Los puristas dicen que nada como un disco, respeto sus ideas, pero para largas sesiones como las que vivía en la Compañía, prefiero la reproducción aleatoria. Antes escribía con música, de hecho, mi única novela (un intento fallido, por supuesto), fue hecha bajo la influencia del Hachis y de la Consagración de la Primavera, mayormente, aunque a veces también ponía ese disco de Música de la Antigüedad griega que produjo Gregorio Paniagua. Hoy he dejado esas costumbres, ya saben, para centrarme un poco más, aunque en el caso de esta entrada me permito la reproducción aleatoria, en algo se tiene que notar que estamos de vacaciones. Como dice ahora mismo el piano de Michael Camilo ¡por qué no!

La reproducción aleatoria es uno de esos inventos de la era, pero todavía lo es más el P2P, de donde hoy tomo la música. Comprendo que se diga que ha restado romanticismo a la idea que teníamos de la cultura; para mí ese es un inconveniente menor, demasiado etéreo para que sea realmente apreciable. Es cierto que tocar el soporte, apreciar su arte final y todo eso puede producir una honda satisfacción, pero por cada vez que sucedía eso –por cada vez que se saltaban los cachos de hierro y cromo- había más de una en la que la portada te daba igual porque el disco que habías comprado era una mierda cara. Pasa algo parecido con el goce de descubrir grupos, estaba bien hacerlo y que te saliese redondo, en el mejor de los casos era una inversión. Sin embargo ahora hablamos de que por unos sesenta o setenta euros al mes (contando con el precio de la banda ancha, el uso del ordenador, etc.) puedes conocer muchos más grupos. Pago bastante más dinero del que podría destinar a la música pero al menos tengo la posibilidad de explorar toda la oferta y de no conformarme con los cuatro grupos que aparecen en la radio o en la tele. Alucina el descaro de la SGAE y sus ayudantes, la verdad. Más si se tiene en cuenta que se les paga el diezmo.

El otro día, en un Colorines atrasado, leí la historia del Canto del Loco: “No son un producto”. El título me pareció esclarecedor, aunque el artículo estaba destinado a hablar de la madurez del pavo, que es el grupo: consiste básicamente en que ya no sale tanto, tiene novia desde hace un año, es capaz de conmoverse cuando ve en las noticias a la chica de la burbuja, sus seguidores han crecido con él (sic.) y ha pasado de cantar a la quemazón de la madre de José a la crítica social de su nuevo single: Eres Tonto. El reportaje contaba cómo el grupo había convencido a los de la casa de discos de que apostaran por ellos en el lejano 2000. Fue así: el concierto para los capitostes de Ariola estaba siendo una murga, sobre todo porque ninguno sabía tocar, pero entonces a los muchachos se les ocurrió descubrir una camiseta que ponía I Love Ariola: “Nos dimos cuenta de que tanto descaro iba a petar en los Cuarenta” dice el manager del grupo en el Semanal. La deprimente historia sirve para ilustrar qué es eso que alguna vez se llamó la música comercial. Músicos patéticos, muchas veces pijos, que en el mejor de los casos copian estribillos de Los Beatles y en el peor de Maddona.

Mis cedés están apilados en desorden en las estanterías del salón. Tengo jodido el tocadiscos y el altavoz izquierdo. Llevo unos veinte en el coche, y alguna mañana pongo uno en casa, aunque sólo se oiga por un bafle. A estas alturas el noventa por ciento de los discos apilados son un engorro, si quisiera organizarlos tendría que comprar doce o trece carpetas cuádruples, supongo, la verdad es que ya no me lo planteo. La música que alguna vez escuché o que tuve el propósito de escuchar crece como las uñas de los pies. Si no se es obsesivo, los soportes físicos están muertos. Por otro lado, estamos abocados a encontrarnos con determinadas canciones y nadie nos puede racanear ese beneficio. Ocurre con Les Yeux Noirs de Coco Briaval o con las trompetas de Everytime I See My Baby de los Delfonics o con Chain Gang de Sam Cooke, temas que viven gracias a Internet o por algún locutor perdido. Pensar que Ramoncín quiera vivir de Cooke, es sencillamente repulsivo, y no se me ocurre qué le puede deber el negro que compuso Chain Gang a la mejor canción que Ramoncín escribió cuando todavía no se dedicaba a poner demandas contra el honor. Nada como el P2P para huir de los mediocres.

1.8.08

De nuevo el fin del mundo

Me había llegado la carta en la que me conceden el paro. La firma la directora provincial, que se llama Piedad. Con su gracia y con la del calor sigo en el proceso de leer la Biblia. He llegado a los profetas. Me entero de que están vigentes cuando leo la noticia de que en un pueblo colombiano ¿al pie de las montañas? ha llovido sangre. Ni a la peña ni a Jhony Milton Córdoba les cupo duda y, por si había alguna, una bacterióloga del pueblo de al lado certificó que aquello no era Orlando. Al margen de los vampiros y de esos siniestros que van al Dreams, nadie puede estar contento. ¿No dijo algo sobre el tema ese Isaías o el mismo Jeremías? ¿Está llegando al río? ¿Lo había pronosticado Chomsky?

Gracias a Piedad puedo averiguarlo aquí sentado. Internet me informará, no me cabe duda. Ayer fue la lluvia de sangre, hoy un polaco aconseja los orgasmos, tal vez el ocho del ocho del ocho un grupo de dulcinistas pongan un petardo en la ceremonia de inauguración, como soñé el otro día. En las casas de apuestas inglesas se acepta que pronostiques el fin del mundo; si se acaba el ocho de agosto pagan ocho euros por cada uno que te juegues (es un tema que no interesa mucho porque apenas da ganancia). Hace poco hablaba con Ana de que esta época se parece al de la Edad Media y antes de ayer, en el pueblo, se lo repetía al novio de mi prima mientras nos tomábamos un palito de ron.

Los okupas dicen que también lo piensan, pero les pierde la ñoñería: “queremos el cielo” se serigrafían. El cielo, está bien. Pero eso no es de lo que hablamos; no tenemos el mismo concepto de Edad Media, esos okupas y yo. Hay que reconocer, sin embargo, que se ocupan de la huerta y que consumen, y follan entre ellos, con conciencia frailuna, lo que, visto lo visto, es un loable empeño terrenal. Sus deslices ñoños con respecto a lo que hacen son hasta divertidos, tanto como entretenidas las sesiones de flamenquito o de malabares, o un corro de canutos; me conviene no juzgarlos con demasiada crudeza. Qué es eso de acusar a alguien de ñoño. Tendrían que verme jugando con las sobrinas o hablando de Los Ídolos. Si ellos quieren esperar el fin de todo esto estableciendo relaciones con “el barrio”, por mí de puta madre. Yo tengo el beneplácito de Piedad y puedo hacerlo también.

Iba por la Edad Media con un Procesador Intel Pentium M, recabando las noticias del advenimiento. Ellos lo llamaban cambio climático o crisis de la energía pero había terceros que persistían en hablar de castigo divino como si no hubiese una noción más concreta, a punto de ser tecnológica. Recorría la percepción periódica de que todo se va al garete. Llueve sangre, se escriben malos versos, se forman grupos por doquier y unas autoridades -casi tecnológicas- eligen fechas que tal vez son un oscuro homenaje a Hitler, para inaugurar los juegos olímpicos.

¿Qué me diferencia de Jeremías, si yo también denuncio, me lamento, anticipo, informo, profetizo y soy ignorado? En primer lugar el medio, como dijo McLuhan. Y después, que a mi me importa todo demasiado poco, la verdad. Si los dioses o los hombres decidieran suicidar al mundo más rápidamente, nosotros no lo íbamos a ver, o lo íbamos a ver diciendo ya te lo dije, lo que es un consuelo -por lo menos no te has hecho ilusiones-, piensas.

Ya veo que algunos mueven la cabeza de uno a otro lado y opinan, este chico es un pasota, no se da cuenta de que, aunque sea un reintento, la humanidad debe actuar a plena conciencia, de que se cometerán nuevos errores pero no serán los mismos que aquellas veces. Otros la mueven y dicen: está tarado ¿no se compara con el gran Jeremías? Y todo porque ha leído una noticia en El Caso.

Lo quieran o no lo quieran, los blogueros cumplen gratis la misma función por la que cobraban los juglares y los predicadores de la Edad Media: toman una noticia o una historieta del fondo común de la cultura y le ponen los acordes que han podido aprender. Yo la cumplo con más o menos empeño y me permito gracias. Eso no quiere decir que cuando llueva de verdad no me vaya a poner serio. Seguro que me pongo.