En el Quién es Quién de la Historia, hoy China ha dado el paso al frente que le pedían los cuatro troskos que se juntaban para escuchar discos de Aute en la casa del padre del Lioba. Lo que se ha cocinado en El Nido es el futuro inmediato de la Economía y la Política Mundial. Las mascotas de las Olimpiadas: Jin Jin, Juan Juan, y no me sé más, son clones con doble personalidad. Tienen aspecto de robóticos osos pandas, con las ojeras puestas. Reflejan que por cada occidental hay cinco chinos que cumplen la misma función. El paso hacia adelante de la verdadera clase trabajadora del mundo es presentarse uno por cinco, Juan Juan (x 5), a las ocho de la tarde.
Rosa María Calaf, que se tira allí todo el año, dice que lo de duplicar el nombre es, en China, un gesto cariñoso hacia los niños, como decir Manolito. Aquí en diminutivo, allí en aumentativo. Para ponderarle dicen: Juan eres el doble –los españoles dicen eres el uno (o peor, eres el amo).
Calaf ha hecho varios reportajes sobre la organización de los juegos. En uno iba a una fábrica que tenía que disminuir su ritmo. Decía que otras habían cerrado temporalmente, querían limpiar Pekín de contaminación. El resto del tiempo pasan de Kyoto. Sin embargo, qué saludables para la economía china parecen esos nubarrones tóxicos. Son la vigorexia de la industria.
Haile Gebreselassie, que es el mejor atleta etiope de maratón, decidió que no iba a correr en Pekín para no joderse respirando tanta prosperidad. Ha sido el único que se ha quejado, que yo sepa. La mayoría de los deportistas van allí a ganar la medalla de plomo, el Saturnismo. Así son los deportistas: creemos que se trata de gente sana y en realidad se machacan a la vista del personal. Hurra.
Desde las dos y ocho, he estado viendo la ceremonia inaugural. Han ido de mil en mil, trotando por el estadio, han hecho figuritas y Tai-chi; todo muy espectacular, hasta que se ponía a cantar una niña prodigio o la pareja de blando avec maciza cuando la retransmisión devenía en coñazo. Unos fuegos artificiales que ni en Alicante. Lo que se dice: una explosión de luz y de color, con el mismo tono que el vestíbulo del Restaurante Gran Oleada. Símbolos milenarios hechos festones, y un gran papel en el que han ido pintando un paisaje muy gracioso. Lo dicho, unos seis mil figurantes entre discípulos de Confucio, obreros galácticos y pseudo-karatekas al servicio de la representación de la apertura del gigante asiático al mundo.
Los cuatro troskos debían estar alucinando. Por un lado, está la idea oficial de que China se adapta a los nuevos tiempos y a sus colegas occidentales: un sueño, un mundo. Sin embargo, por las noticias que llegan, se ejerce un control milimétrico sobre esa imagen: exhiben la salud del sentimiento nacional con impudicia, como hacen los americanos y quisieron hacer los burócratas comunistas. El patriotismo encuentra disculpa a la contaminación, a la falta de derechos y se carga cualquier concepción universalista: China se basta para organizar y dominar, tiene derecho a hacer lo que le dé la gana cómo quiera.
Los obreros galácticos han formado una paloma de la Paz y luego ha surgido la bola del Mundo, con unos mendas que corrían a través. Si lo han seguido habrán visto cómo terminaba la bola: completamente roja.
Con ello, no quiero decir que haya que tener miedo a la invasión. Pasaron los tiempos de resistencia. Los imperios se parecen entre sí. Los invadidos acaban pareciéndose a los imperios (antes abandonaban a sus dioses, sus lenguas, su calendario); los conquistadores descubren el negocio de la ostentación y, sin saberlo, empiezan a poner los cimientos de su decadencia, ladrillo a ladrillo, Juan a Juan.
Por lo demás, comienza lo que ha servido de excusa para esa representación de cómo está la geopolítica, los Juegos. Medallitas y medallones, voy a estar entretenido hasta que salga de vacaciones.