24.11.08

Me tostaré pero ataco

Llevo unos cuantos días dándole al tema del Opus Dei. Hablé con un tipo que me contó que gobiernan el mundo, pero yo creo que son bastante mediocres. También es triste que gobiernen en su casa, como decía aquél.

Cada vez que hablaba con alguien del asunto (ha sido una semana y aquí lo prorrogo porque el blog va que ni pintado para enrollarse)… Cuando iba y le decía que a Montalvo le mola el Opus el alguien me daba otros tres nombres o me contaba que en su pueblo había un colegio y que los niños que buscaban mitras por los alrededores eran secuestrados, que con sus globos oculares hacían óbolos a Luzbel y con el resto alimentaban a los numerarios –un tipo de animal decadente al que no da el sol, que se envuelve en corsés de pinchos y mastica con las fauces abiertas… Ya digo que hay mucha leyenda. Pensar que los numerarios son hombrecillos entrañables que hacen el bien y cantan a los pájaros, además de que tiene mucha menos gracia, tampoco se adecua exactamente a lo que todos sabemos de la Obra.

Lo que sabe cualquiera que haya aprendido a gatear sin un Dios es que son cursis, trepas, feos.

Dirás que generalizo y sin embargo, en este caso, puedo demostrarte que no sólo es que lo sean (en un 80%) sino que además su deseo es ser así, precisamente por que su máximo anhelo es parecerse al burro, perdón, al burrito humilde de Barbastro. Dices que parto de premisas falsas, ¿Cómo sé que era así? ¿Acaso lo conocí?

En los tiempos de Youtube éso se sabe en menos de lo que tarda en persignarse un goliardo, si además lees dos líneas de Camino sobran explicaciones:

Aquí cuando se traviste de un Harry Powell[1] avant la lettre:

"Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!"

En la misma línea:

"Donde no hay mortificación, no hay virtud".

Aquí, merendándose la de F.F.:

"Tras la guerra viene la paz. ¿Y qué es la paz? La paz es algo muy relacionado con la guerra ¡La paz es consecuencia de la victoria!"

Sólo he conocido una familia de la que decían “ésos son del Opus”. En efecto, eran asquerosamente cursis y trepas y, una vez que veíamos un partido de fútbol al lado de ellos, el padre le sacudió al hijo una toña del quince porque su cabezón no nos dejaba ver los regates de Amavisca. Gracias al tiempo les he perdido el rastro. Tal vez están en uno de esos castillos con torres afiladas en lo alto, puede que se hayan arrancado los ojos para ver o que pasen día y noche tiñendo sepulcros con viejos botes de tippex, de esos que ya no se ven.



[1] Robert Mitchum en La Noche del Cazador.

12.11.08

Libelos ejemplares

Se llega hasta decir que brilláis en aquellos lugares y por bromas en que el mal gusto excede a toda creencia. Las gentes que se interesan por vos, ya que se encuentran hasta en estos salones, os han hecho el honor de tomar estas palabras por agudezas aprendidas. “El vizconde de Malivert es joven –han dicho-; habrá visto desplegar esas bromas en alguna reunión vulgar, para llamar la atención y hacer brillar el placer en los ojos de algunos hombres groseros”. Pero vuestros amigos han destacado con dolor que os tomabais el trabajo de inventar en aquel sitio vuestras expresiones más indignas. En fin, el escándalo increíble de vuestra pretendida conducta os ha valido una celebridad desgraciada entre lo que París encierra de jóvenes del más bajo tono.[1]

Dice que abandona los antros, que c’est fini; que, a un tris de cumplir los treinta, cree que va siendo hora de que deje de asistir al espectáculo de la grosería –trabajo, trabajo, trabajo- dice que sabe la receta, incluso le encuentra la gracia a levantarse pronto, a aprovechar la jornada; lo dice el martes, ya veremos el fin de semana. Vio brillar los ojos de la risa a alguien y se lanzó -con la diferencia de que no tiene un carácter especial como el vizconde, es más, honestamente, pienso que no ha inventado expresiones ni dignas ni indignas, con suerte inventó un título que, es consciente, le robará alguien más trabajador: Libelos ejemplares.

A veces le preguntamos, creo que con buena intención y todo, por lo que estuvo haciendo durante tres años –convenimos en llamarlo novela- así que le preguntamos por la novela. Por un lado los hay que no creen que la haya terminado (como si eso fuera lo difícil) y luego estamos la inmensa mayoría, es decir tres o cuatro, que la damos por cerrada. Le explicaba a uno el otro día (lo oí pero no le dije nada por los motivos que luego explicaré) que su ilusión es que alguien, una sola persona, encuentre el manuscrito algún día y se la lea del tirón: para que funcione tiene que ser alguien a quien él no conozca -y para que le pueda gustar deberá ser alguien que no conozca muy bien el idioma- apuntó entre risas que el otro no supo cómo tomar.

Leyendo por ahí los métodos de algunos escritores descubrió que los hay que se levantan a las seis de la mañana (o antes) para estar dale que dale. Él en cambio, apura en la cama –tiene un trabajo que se lo permite- hasta las nueve o las diez; no tiene prisa y muy a menudo tampoco tiene tiempo. En resumen, no es algo demasiado vocacional y por supuesto tampoco vital. Para que no desesperara, le conté una frase de Stendhal que había leído por ahí. Algo así: “si mi amigos me hubieran dicho lo fácil que era, habría escrito muchas más novelas”.

Supongo que estaba de coña, claro. De hecho, ¿alguien ha oído hablar de lo amigos de Stendhal? Sí, Balzac le leyó la Cartuja de Parma y se quedó atónito, ¿quién no? Pero no creo que se refiera a él como un amigo (había mucha diferencia de edad, creo). Stendhal acabó en Italia, imagino que bebiendo discretamente pastís en algún salón. Todos sabemos que en esos salones se hablaba mucho de arte, se oían cuartetos y quintetos (lo normal) y se ensayaría algún poema o una representación para aliviar el tedio, pero de ahí a que fuera algo sencillo hacer El Rojo y el Negro por sextuplicado hay una distancia sideral. Se trata, pues, de una frase muy stendhaliana.

Por ese motivo yo prefiero no darle consejos, porque no sabes si te los va a devolver como una pedrada. Alguien que ha inventado un título tan decente como Libelos ejemplares quizá tenga fuerzas, en la segunda mitad de su vida, para sacar una frase decente, de esas que hace que brillen los ojos de los groseros; y si ando incordiándole, dándole consejos o pidiéndole que se levante antes o, simplemente, que se ponga, puede que la piedra me la lance a mí: estos susceptibles son muy suyos. Suelen llevarte a su terreno.



[1] Armancia. Stendhal.

10.11.08

Flaqueando

Oid, el González Pons, ese tío del PP ¿De qué va? ¿Vosotros lo sabéis? El tío parecía estar mandándole un mensaje cifrado a su madre. Pues no va y dice que lo que chamulla la reina en el libro ése es lo que piensan muchas señoras de 70 años (le faltó decir “muchas viejas cotorras”). Pons me recuerda al protagonista de un cuento de Ignacio Aldecoa que se llama Los Bisoñés de Don Ramón:

Acabó el bachiller con sobresalientes. Acabó su carrera de Derecho con notables y se afilió a un partido político moderado, aburrido, triste y feo. Cuchín daba jabón a su jefe:

—Don Francisco, muy bueno su editorial de hoy. ¡Qué nervio, Don Francisco! Don Francisco, así acaba usted con la oposición en un mes. Don Francisco, esta noche tenemos fiesta en mi casa ¿Podrá usted acudir? Mire, Don Francisco, que la fiesta es en su honor.

Creo que le estaba tocando la moral a su señora madre y en medio se cruzó su partido y el otro. Pons debe pensar que esto es una democracia o algo parecido, y que si la reina dice lo que le sale del papo, él puede hacer lo propio. Después de tanto tiempo no sabe quién manda en casa. Se le ve muy europeito. Yo creo que no encaja con el capilleo y las capeas, pero no voy a ser yo quien lo diga, más que nada porque no quiero acabar pareciéndome a Antonio Burgos.

*

A Barack Obama le pasa como a Zapatero, que se beneficia de que la gente piensa que los flacos somos más honrados. Antes no era así; los flacos, en las novelas de Dostoyevski estaban todos locos –¡místicos!- pero ninguno habría podido ganarse la confianza del pueblo (sólo de los niños, recordar el final de los Karamazov). No es que se lleven los mandatarios orondos pero venimos de un tiempo en el que ha primado la mesura, el justo término medio. Los líderes flacos triunfan en los malos tiempos porque parecen lanzar este mensaje: “eh, yo sé lo que es pasar las de Caín, ¡salgamos juntos de aquí!”

Sin embargo, es una gilipolléz. Creo que ya sabéis por qué… Así que el otro día estaba en el autobús haciendo como que leía, y me tope con esta frase que ya la he soltado en otro sitio en el que también me quiero hacer querer:

Las personalidades admirables en quienes se personifica el sistema son bien conocidas por no ser lo que son; han llegado a ser grandes hombres descendiendo por debajo de la más mínima vida individual, y todos lo saben.[1]

*

Otro escuchimizado celebra aniversario estos días, y en el periódico han hecho una ronda de preguntas a algunos escritores sobre cómo prefieren catarlo, si en la cama o en la mesa. Hay uno de ellos que contesta indignado y se muestra bastante sarcástico: “parece mentira que un periódico como el vuestro se una al proceso de santificación de Bolañez, flaco favor hacéis a la cultura alimentando el mito, sois unos snobs, os odio”.


No le falta razón, al tipo. En fin, yo soy bolañecista a tope, eh, que nadie sospeche de mí porque yo ya me he caído del caballo y me he rebozado por el lodo; pero de todos modos creo que nadie se ha planteado hacer un especial de seis páginas sobre Mújica Laínez o sobre Manuel Puig y nadie en su sano juicio se plantearía hacer un elogio de Vargas Llosa -¡vade retro!

*

Y ya por último, crónica social. Llegó el postergado momento de reencontrarse con los compañeros de cole. La peña ha hecho piña en el facebook y los colaterales nos acercamos a un bar para guiris (¿por qué esta clase de eventos se hacen en bares que son como decorados, como las Cuevas de Luis Candelas y otros peores?); a algunos les he visto de vez en cuando, a otros sin embargo no les volví a ver desde que salí del colegio (que fue como dos o tres años después de que saliera oficialmente). Yo creo que ya sabéis lo que significa este rollo: palmaditas en la espalda, qué gordo, qué calvo, qué guapa, qué decadente, etc.

Yo fui de los decadentes. Venía de otro bar con el morro ardiendo y sólo se me ocurrió ponerme a decir barbaridades, a gritar tonterías a voz en cuello y escucharme lejanamente, apuntando, minucioso, los detalles de la pérdida de papeles más absurda en el momento menos apropiado. No sé si recordáis el comienzo de Ampliación del Campo de Batalla, bueno pues más o menos igual.

Terminé leyendo el Metrópoli en la parada del bus.



[1] La Sociedad del Espectáculo. Guy Debord. No pone de quién es la traducción.