29.9.08

La etapa es sueño

Es la historia de alguien que pierde el último metro a casa. Lleva una bicicleta (que le ha impedido correr para cogerlo). Puede volver sobre sus pasos o montarse y pedalear. Pedalea. No sabe cuál es el camino (no piensen que se trata de una historia urbana, ahora hay metro en los pueblos). Pregunta un tanto avergonzado y le dan vagas ideas de por dónde se llega al suyo. Tan vagas que se pierde. Para en una fábrica de polígono que tiene garita, dos vigilantes y dos perros. Le dicen que esa carretera lleva a Coslada y da la vuelta. Lleva casco aunque va sin más luces que los reflejos de sus pedales. Aún no ha recordado que en las alforjas tiene una camiseta de fútbol, blanca y brillante, que puede ponerse encima de la sudadera negra (no se trata, como ya habrán adivinado, de alguien precavido, ni siquiera de alguien que use mucho la bici).


Cuando regresa a la estación terminal decide intentarlo de nuevo. Se detiene en una gasolinera y le pregunta al dependiente. Éste no evita que su voz se llené de compasión y/o incredulidad: son bastantes kilómetros –le advierte- piénsalo bien –parece decir- ¿Cuántos? ¿Veinte? Pregunta el ciclista. El otro recula: no, veinte no son, pero once o doce, sí. El ciclista le da las gracias y dedica las siguientes seiscientas pedaladas a calcular medias y tiempo, en definitiva, a darse ánimos con la ayuda de la pseudociencia que da haber visto alguna etapa del tour por la tele. Sigue la ruta esperanzado. La bicicleta es un vehículo para vivir alegre -salvo cuando llega la agonía- y por eso canta o más bien recuerda trozos de canciones. Con un verso del Señor Chinarro (por el barranco divisas/ las luces de un pueblo entero) gestiona los siguientes tres kilómetros.


Después de todo, tiene algo de suerte. La noche no es oscura. Por esa carretera apenas pasan coches. Aunque la bicicleta está cascada y los cambios se resisten, no se le sale la cadena.


Se detiene. Ha recordado que lleva la estridente camiseta de fútbol. En un periquete, se la coloca y tira de nuevo, con la seguridad que le da pensar que ha puesto todo de su parte para que los conductores no le asesinen sin querer. Atraviesa desmontes, supera casetas de obras abandonadas, sigue a través de las rotondas el camino de Mejorada, hasta que aparece, difuso primero y después hermoso, el rótulo que anuncia en dos palabras el nombre de su pueblo, de su casa (de ella). Incluso la bicicleta se encabrita (¿estará contenta?) en la raqueta que le acerca hacia allí. Cuarenta respiraciones acompasadas le llevan a un poblado, o el arrabal de un poblado, llamado el Cañaveral, donde unos gitanos están sentados y le ven pasar –alguno incluso le grita algo que no oye. El poblado se termina y vuelve a la flora seca.


Por fin, se acerca a un puente que cruza una carretera que no reconoce. Otra vez la alegría impresa (más emocionante que cualquier libro) y al llegar al final del puente, las luces del pueblo (¿A cuánto? ¿Tres kilómetros?). Cuando toma el desvío, aparecen los síntomas de la gestión municipal: vallas, setos, pasos de cebra.


Antes de alcanzar los primeros chalets llega la peor cuesta, un kilómetro al seis o siete por ciento (de nuevo la pseudociencia). Corona exhausto y se pierde por las urbanizaciones. Ya no importa, Hay carteles. Y el viejo camino –el que puede hacer de memoria- reaparece una hora y cuarto después de que el metro se escapase. Recupera su civilización. La rueda firme hacia él mismo. El reloj, otra vez. Lejos de esa extraña vegetación, de esos espacios oníricos que rodean su pueblo.

27.9.08

Apuntes incomprensibles de lo que ayer hablaban

En el Bosque de la noche, de Djuna Barnes hay una barahúnda de bares metafóricos y de calles negras que al principio me recordaron a Gómez de la Serna y que me costó situar línea a línea (no puedo decir que lo haya logrado completamente). Hay, y por eso vale la pena el esfuerzo, una sublime descripción que dura varias páginas:

Tenía una constante rapacidad por los hechos históricos; era ávida y desordenada de corazón. Con su pasión por ser persona profanaba el sentido mismo de la personalidad (...) Quería ser la razón de todo y no era causa de nada (…) Era maestra de la frase melosa y del abrazo apretadísimo (…) Nadie podía ser un intruso con ella porque no había lugar para la intrusión[1].


He conocido a un par de Jennys Petherbridge que reparten, pródigas, abrazos y frases melosas. Las veo frecuentemente, en la puerta del metro, leo sus comentarios, en fin, es fácil que aparezcan a cada paso, aunque no con tanta precisión como en el libro de Djuna.


Anoche me tomé algo con los nuevos compañeros de curro, fuimos a un bar y nos pusimos a hablar de Facebook y después de Messenger, blogs, my space, etc. El Cheka decía aquello de donde-se-ponga-un-bar, y yo, que a esas alturas había pasado de la cerveza al tequila y al único ron (tenía que llegar pronto a casa), dije que lo mejor de la gente son sus caras de incomprensión “es algo que nunca podrá verse en Internet –lo más parecido es el silencio bloguero”. Logré que me miraran así durante unos segundos, señalé mi copa con el índice, dije no me hagáis caso, y siguió el tema.


El Lucas contó que hay una teoría sobre Lost in Traslation que dice que lo que le susurra Bill Murray a la churri al final de la película es su dirección de Messenger. El Cheka bufó y luego exclamó que era aberrante suplir la experiencia del mundo con una pantalla y un teclado. El problema es si no tienes experiencia del mundo que suplir. Hoy es más fácil vivir marginado y tener la sensación térmica de que se es un ser social incluso uno hipersocial. Hay quien tiene más de 500 amigos en su facebook. Hay quien tiene más de tres visitas en su blog.

El Lucas –que conoce datos de esa clase- dice que el 97% de los blogs no se han actualizado en los últimos seis meses. La conclusión es que, como sustitutivo de las relaciones, al 97% de la gente, Internet no le sirve. En ese tres por ciento de actualizadores hay muchos que con su pasión por ser persona profanan el sentido de la personalidad. Se conoce que el blog, la página, el my space, les sirve de altar dedicado a su yo –y en virtud de eso, lo utilizan como propaganda para el ligue y el pillar cacho- pero claro, aunque se trate sólo de un tres por ciento, no hay que generalizar: de hecho, creo que hay una mayoría de tímidos que procuran empequeñecer ese santuario. E incluso llegan a sentirse culpables de quemar incienso con fruición.

Hace tiempo se me ocurrió decir que en el campo no se liga y se chotearon. Tampoco se liga en las discotecas (aunque tú creas que sí), dijeron. "¿Ah no?" No, en las discotecas se le roba la novia a alguien, una novia que puede no saber que lo es, de alguien que puede no existir realmente, alguien que en ese momento puede estar enfrente de un teclado acordándose vagamente de la chica que baila para esquivar las miradas de vidrio de siete tipos.

Nadie podía ser un intruso con ella porque no había lugar para la intrusión.



[1] Trad. Ana María de la Fuente

22.9.08

(Insomnio) La palabra vulgar

Tampoco es fácil encontrar algo mejor que dormir, sobre todo si lo intentas. Piensas que te has pasado con la cafeína o que te han faltado canabáceas. Inicias textos que te aburre seguir, ves los errores, muchos más que si los plasmaras.

Me senté en el quicio y escribí que nunca escribiría la palabra vulgar, sólo esa vez, y sin embargo ahora lo repito y no sé muy bien qué significa, no se cuál es la palabra vulgar, que puede ser sonreír, tal día como hoy. Vulgar, puede ser vulgar, o complejo.

Me senté y encendí la luz. Eran las cuatro menos cuarto. No quise mirar los evangelios ni leer otra vez aquello de los siete hermanos que se casan con la misma mujer. Saduceos, que no creéis en la reencarnación: dejadme dormir.

Después comencé un resumen, bastante sincero, de lo que fue mi vida antes de venir a parar aquí, porque otras veces eso me ayudó. Sin detalles: era un tipo con bastantes dificultades de comprensión. Un zoquete. Mi madre dirá que con mucha vida interior. Eso de la vida interior es asimismo vulgar. Digamos que conforme crecí aumenté el recogimiento. En otras palabras, no evolucionaba. No lo digo por impostura: mis notas mejoraron. Quiero decir, si despiertas en los últimos años de la universidad, ya te da igual; salvo que te emplees a fondo en el mecanismo de adulación-hibernación. Es como la canción de Krahe, cuando todo da lo mismo, resulta que no eras tan lelo. Dices un par de frases acertadas en una clase en la que hay quince personas mirando por la ventana y al día siguiente te recibes (como dicen los sudacas). Tu frase: muy bien chaval. Podía habérsete ocurrido seis años antes, cuando mirabas a la puerta.

¿Es eso llorar? Bah, qué va. Era simplemente que no me podía dormir.

Encendí la luz otra vez y cogí el libro de Beevor sobre la Guerra Civil. Sobre Lerroux: Desde entonces, el viejo “emperador del paralelo” buscaría sólo alianzas a su derecha.

El sábado escuché lo que decía un neofalangista en el congreso del PP de Madrid. La guerra del abuelo, la llama. No sé dónde leí hace poco que cada generación quiere la suya. De eso va el chaval de las Nuevas Generaciones, puede que sea él quien no lo sabe. En fin, prefiero tomarme como algo personal la guerra vieja, cerrarla y catalogarla, que crear la retórica para una nueva (no como ponía en la chupa de aquel punkie: let´s start a war). Me leo y me parezco un reformista, tardo-reformista, concretamente. Tal vez sea mejor -como dice Ana- dejar que todo pete. Veremos cómo el moderno Casado se comporta a la antigua y se cobija en el ejército y en la guardia civil. Con toda su retórica bakalaera, y luego resulta que idolatra a los mártires. A ver quien es el moderno cuando todo se joda.

Me pregunto -ya clarea en la habitación- por qué últimamente no hago entradas homogéneas. Qué sucede para que todo derive. Como en ese instante en el que el cerebro hipervincula y no alcanza puerto (es ésa la frase vulgar que puede desencadenar el sueño).

Pruebo otra vez a cambiar la postura. Está lloviendo tanto que no merece la pena cortar ningún pensamiento, sólo escucho unas gotas en primer plano, las que caen de la caja de la persiana y una cortina (¡ésa es!) un manto de agua que estrena el insomnio, porque el insomnio siempre está de estreno, es una sorpresa desagradable que está durando ya demasiado.

Cuando me levanto es muy tarde. La autopista está cortada. La vía llena de barro. El mundo acaba con el mundo. Me toca narrar minuto de juego y resultado. Y no tengo ganas.



20.9.08

Su semana, gracias

Estoy suscrito a uno de esos servicios que te mandan cada día una frase proverbial. Normalmente no tiene mucha gracia, pero la de hoy sí. Es de un tal Norman Birkett:

No me importa que la gente mire sus relojes cuando estoy hablando pero es excesivo que además los sacudan para asegurarse de que andan.

Bien explicado, ése es el motivo que me llevó a dejar de enviar emails a mis amigos.

No vale la pena seguir con eso.

La semana ha ido bien. Una noche, un tal Samba, una bellísima persona -dicen los vecinos- llegó very very puesto a su casa (a tres letras de la mía). Por lo visto se quería ir a Alicante a currar y su madre le pidió que lo dejase para más adelante. Como es un buen chaval, en lugar de hacer una locura, bajó a la calle y púsose a gritar a voz en cuello que Todos eran unos hijos de puta, unos rumanos, unos capullos. Después les pidió que fueran porque los iba a matar con sus propias manos (“¡Con mis propias manos!”). El chaval tiene fuerza para eso y más. Pasó de los gritos a la acción. Le sacudió un puño a la papelera y luego alzó con una mano el banco que nos puso el ayuntamiento y lo arrojó contra el suelo (se ha cargado la pata de acero).

Al cuarto “hijos de puta” me desperté. Eran las seis. Ya no pude dormir bien. Me imaginaba a un hombrecillo saliendo del portal en el preciso instante en el que el gigante del brote psicótico gritaba furioso “¡Con mis propias manos!”.

Esa historia, de momento, no tiene final.

Por lo demás, en el periódico me toca escribir sobre el tema vasco. Allí no opino y me va bien y le va bien al periódico. Ya hace unos meses que cerró el de mi pueblo, en el que opinaba con demasiada facilidad. Aunque creo que hice un par de columnas bastante buenas. La mejor, que trataba de la censura de la Banda Bassoti por parte del ayuntamiento, no llegó a salir porque para entonces la deuda era ya brutal.

Ahora hago las típicas chorradas que se supone que hacen los periodistas. Releo los periódicos pasados para que no se me escape nada, hablo con conocimiento de causa, bebo a solas, etc. Esta mañana he cogido el ABC –me lo trae mi cuñado porque en su curro lo compran- y he visto que hay un suplemento llamado Alfa y Omega (Semanario Católico de Información). He leído unos cuantos titulares y me he imaginado destilando vitriolo otra vez. Tiempo propicio para un retorno a Dios, La belleza que colma, Nuestra Esperanza no defrauda (no se refieren a Aguirre) Vuelven los valores (se refieren a Sarah Palin.) etc. En la contraportada Ingrid Betancourt exhorta ¿a los jóvenes? a que: “no se avergüencen de creer”. Ya no tengo tiempo, y menos para un retorno a Dios –sigo estancado en Mateo.

También anoche di unas cuantas vueltas en la cama. Tengo que hacer una cosa corta sobre McCain –en plan gracioso- y se me ocurrieron varias cosas que no valen: una, compararlo con el presidente de EE.UU. que sale en Hot Shots 2 (por eso de las heridas de guerra) Otra, reírme de su condición de héroe: ¿lo es por haber sido capturado por los vietnamitas? (¿es un héroe el pequeño Timmy por haberse caído a un pozo?) La tercera, pedirle a la gente que, por corrección política, no le llame títere (como sabéis el hombre no puede mover los brazos desde que se cayó del avión). Luego me puse a buscar frases sobre Alaska en un libro de Jack London para encasquetárselas a Palin, pero no encontré nada que me sirva.

Así ha sido la semana. Comprenderás que no hay motivo para ponerse a mandar emails explicándola.

Es suficiente con que el reloj ande.

17.9.08

Conspiración

En el curro me piden que me documente y termino llenando el navegador de pestañas con teorías de la conspiración. Ayer me enteré de que Sarkozy está ahí puesto por la CIA, de que Facebook es el último invento en la línea de Gran Hermano y, sobre todo, de que la guerra de guante blanco podría ser geofísica y consistiría en apuntar con 180 antenas gigantescas al cielo y enviar ondas de alta o baja frecuencia para que se reflejen sobre el país que más rabia te dé (le dé a EE.UU, claro). Se llama el proyecto HAARP y puedes leer aquí un artículo que lo denuncia y debajo un artículo que rebate el anterior, escrito por un científico aguafiestas o por un agente que se ha dejado barba.

¿Cómo llegué a enterarme de este proyecto, que ya tiene unos años? Porque en la república.es decían que se ha utilizado para engordar al huracán Ike (y enfocarlo sobre los cubanos). Otras maravillas que, supuestamente, pueden conseguirse apuntando con estas superparabólicas a la ionosfera son: sequías eternas, movimiento de placas tectónicas, e incluso, utilizando ondas de baja frecuencia, la manipulación de los cerebros (tal vez esa sea la razón de que ahora mismo me esté apeteciendo una Coca-Cola).

En la redacción les he dicho que lo voy a estudiar y creo que me tiraré todo el fin de semana leyendo cuentos de K. Dick para meterme en la onda. Ellos me han contestado que no quieren saber nada de las teorías de la conspiración en una temporada, porque hace poco sacaron las del 11-S y tienen que dosificar las dosis de realismo paranoico que le dan a la peña (peña que prefiere leer cómo se autogestionan unos advenedizos plantadores de boniatos).

Al hilo del arma: hay un episodio en el libro de Hannah Arendt sobre el auge de la eutanasia en la Alemania de los años 40. Los primeros experimentos con gas antes de la Solución Final fueron aplicados a enfermos mentales alemanes (murieron cincuenta mil entre 1939 y 1941) y la conciencia del “derecho a morir sin dolor” fue extendiéndose, de forma que a los judíos gaseados se les consideraba unos privilegiados (y lo eran en comparación con los judíos torturados). Cuenta Ardendt -citando a un tal Reck-Malleczewen- que una dirigente nazi fue a Baviera para subirle la moral a la población, y esto fue lo que dijo:

"El Führer, en su gran bondad, tiene preparada para todo el pueblo alemán una muerte sin dolor, mediante gases, en el caso de que la guerra no termine con nuestra victoria"

Digo al hilo, pero ¿A quién se le puede echar la culpa de que la atmósfera caiga encima de nosotros? Sólo si se cree en conspiraciones, sólo si se tiene una fe rocosa en las conspiraciones, podríamos suponer que los culpables habituales lo han planificado –y mantenido en relativo secreto-, otra vez.

En cualquier caso, el rayo capaz de generar un diluvio -a brand new génesis- sería, un arma éticamente superior a cualquiera que se haya inventado antes, un arma de una gran bondad. Basaría su poder en darle un simple empujoncito a la naturaleza, y los responsables del número de víctimas serían, en todo caso, las autoridades corruptas que pusieron corcho en los diques o los que permitieron que se construyera sobre placas bamboleantes. En el caso de que fuera científicamente posible, tampoco hay que exagerar sobre sus efectos: los países bien organizados, los gobiernos responsables y asimilados, no tendrían porqué temer los efectos de un aumento de las tormentas o de una larga sequía. En cambio, este rayo podría espabilar a aquellos estados que lo dejan todo al albur de las cosechas y del monzón, a los que todavía no se han enterado de que a los dioses no les preocupa lo más mínimo que ellos estén a gusto en este valle.

Hay que aclarar que el proyecto HAARP existe, tiene su sede en Alaska y su propia página web. No hay trampa ni cartón. Ahora, lo lógico es que sus experimentos atmosféricos no tengan nada que ver con el control de la geofísica, y es necesario suponer que EE.UU. respeta el tratado sobre las técnicas de control del clima que firmó en Río de Janeiro en 1997.

En fin, como no tengo ni idea de ciencia y no sé lo que es un electrojet aureal, lo mejor es que no me preocupe más de teorías absurdas y confíe en la gran bondad de los gobernantes. Yo sólo lo he dicho porque ayer lo leí y me preocupé. Ya ves por qué tontería.

15.9.08

Pasodobles para despertar

¿Es éste un caso de mala fe, de mentiroso autoengaño combinado con estupidez ultrajante? ¿O es simplemente el caso del criminal eternamente impenitente (Dostoyevski en una ocasión cuenta que en Siberia, entre docenas de asesinos, violadores y ladrones, nunca conoció a un solo hombre que admitiera haber obrado mal), que no puede soportar enfrentarse con la realidad porque su crimen ha pasado a ser parte de ella? Sin embargo, el caso de Eichmann es diferente al del criminal común, que sólo puede ampararse eficazmente contra la realidad de un mundo no criminal entre los estrechos límites de su banda. Eichmann sólo necesitaba recordar el pasado para sentirse seguro de que no mentía y de que no se estaba engañando a sí mismo, ya que él y el mundo en que vivió habían estado, en otro tiempo, en perfecta armonía.

(Eichmann en Jerusalén. Hannah Arendt. Trad. Carlos Ribalta)

No hace falta ningún resumen. Sólo preguntarse si de verdad existe un mundo no criminal o si la autora sintetiza para llevar a cabo el razonamiento. Confío en que sí que exista un mundo no criminal, de hecho, he de reconocer que quizá sea parecido al nuestro (a pesar de que salga del crimen y de que premie con la impunidad a los verdugos).

Mi generación no tiene traumas. Siempre hemos vivido en democracia. Somos una generación libre y crítica. Y descreídos en muchas cosas.

(Soraya Saéz de Santamaría a El País)

El mundo no criminal, ropa fashion y descreídos en muchas cosas. La pena es que Soraya no dice en qué. Yo voy a empezar, para ejercitarme: no creo en la constitución de 1978, ni en el rey, y lo peor, no creo en la democracia que surge del franquismo. Creo que, a pesar de Barcelona '92, no se ha superado el germen criminal: sólo necesitan recordar el pasado para sentirse seguros (y ahora hablo de militares, policías, políticos... Y del rey, en quien se resume el crimen anterior).

Tal vez ése sea el problema de tu generación: que no tiene traumas.

*

Ya no me acuerdo bien, pero en Opiniones de un Payaso salía gente parecida a los “Sorayos”. Trataba de eso, de cómo vivir -y sacar tajada- en un mundo fundado en el crimen. Resulta que el payaso de la novela también se parecía a Ignatius -debe ser por eso que dijo Tolstoi de que los buenos libros se parecen- , va y viene en el mundo de la democracia cristiana, alemanes fatuos de la misma clase que ayer fue nazi, perdonados -dicen que corregidos-, y de nuevo en el poder tras la enésima adaptación al medio.

No hay expiación, nadie admite haber obrado mal y, lo que es peor, a estas alturas nadie se siente responsable (es difícil saber si algún verdugo, falangista o no, se ha suicidado o se ha impuesto un verdadero castigo a título individual). En cuanto a los que siempre hemos vivido en democracia, apenas hay indicios para suponer que éste sea un mundo criminal, salvo por lo que nos cuentan aquellos que reabren heridas.

*

Esa de Soraya me ha recordado otra canción:

Al bakala se la suda la independencia
al bakala se la suda el estado opresor
El pueblo quiere drogas
el pueblo quiere alcohol
el pueblo quiere sexo, sin pagar mucho mejor

(“ETA deja alguna discoteca” Lendakaris Muertos)

Sé que muchos piensan que el muerto al hoyo y el vivo al rrollo, y también es verdad que a mí no me interesan los espacios sagrados: pueden arrojar mis restos en el contenedor de basura orgánica. Pero me gusta pensar que hay una forma de higienizar la Historia o, al menos, de intentarlo para entretenernos. Para eso, es necesario terminar con la retórica franquista, no hay bandos, no hay guerra fratricida, ni siquiera guerra civi: hay un golpe militar a la mejor experiencia democrática que ha habido en este país, hay una matanza indiscriminada y la manipulación posterior que convierte a los nazis de nuevo en demócrata-cristianos.

Y el resto ya lo sabemos: España descreída, crítica y libre.

8.9.08

Qué te puedo dar

Citación de la consejería de empleo de la Comunidad de Madrid, que se ha puesto seria con las búsquedas activas de empleo. Un colegio en García Noblejas, ocho licenciadas en psicología y pedagogía con media de 6,3; cincuenta parados muestran sus caras de agobio, de pena o de resaca, un conserje se viste de sheriff… Podría ser una película interesante sobre cómo se convierte en profesión incordiar a los demás, pero a los guionistas de cine español no les alcanza la imaginación, ni a mí tampoco. Mi ejemplo es el siguiente: ya sé el curso que quiero hacer, ya tengo un currículo y varios curros por los que no cobro; es decir, mal que bien, aprovecho el tiempo como si currase para una empresa de sanitarios. Sin embargo, me envían a una hora y cuarto de casa (sin pagarme los billetes de metro), para que escuche a estas chicas contarme cosas que ya me contaron hace ocho o nueve años, cuando acabé la carrera; las mismas que en su día me impelieron a solicitar trabajo en el Telepizza –biógrafos- ¡en el Telepi!

Lo sé, no hay distinciones, más vale que vayan dos listillos por sesión, de esos que tienen ideas novedosas, futuristas o vanguardistas; es mejor que se cuelen algunos diletantes con tal de que todo el mundo se empape de que tiene al alcance de la mano las técnicas adecuadas. ¿Qué son dos escépticos por cada cincuenta? Sigue la lógica del igualitarismo: “Tú, cínico, siéntate o se acabó lo que se daba”. ¿Se acabó? No está muy claro pero, por si las moscas, allá que vamos, hora y media de ida a un colegio de los Salesianos (¿esa bandera que hay junto a la de la Comunidad de Madrid es la puta bandera del Vaticano? Amarilla y Blanca, yo diría que sí. ¿Qué pinta ahí? ¿qué pintamos en un colegio de los Salesianos?). Hora y media después de vuelta a casa, tras haber firmado en el registro ante el atento ojo de la pedagoga que ejerce de agente de la condicional.

La vez anterior, la del Telepi, había una moza en una mesa, te citaba y tú le contabas que siempre quisiste ser astronauta pero que cualquier curro cerca de keli te parecería bien. Archivaban tus deseos en una papelera de reciclaje con nombre grandilocuente y se olvidaban de que existías. La crisis les ha puesto las pilas, o al menos eso es lo que quieren hacer creer.

No conté aquí (paradójicamente no tengo tiempo) que me mandaron hace una semana a la Poveda a pasar un proceso de selección con un tipo muy majete que me confirmó que lo mío no eran los utillajes industriales. “Yo sello y tú tranquilo” me dijo, y un coro seráfico sonó en mis oídos, orejas que por cierto no me había lavado con el fin de ensuciar lo más posible mi aspecto.

Ya van dos ratos perdidos y me temo que desde aquí hasta el final serán unos cuantos más. Siempre que me encuentre a gerentes medio normales que capten la completa desidia que obtendrían de mí en el caso de que me contrataran, estaré tranquilo. Espero que no sean más que eso, ratos, lo suficientemente cortos para que no supongan un corte prolongado en mi actividad. De momento, y para desconcertar a la muchacha del servicio de la Comunidad, en la pregunta de qué creo que puedo aportar en mi puesto de trabajo he contestado que aportaría una modesta dosis de Plusvalía. Supongo que si tiene sentido del humor se lo habrá tomado a cachondeo. ¿Qué querían que pusiera? ¿Entusiasmo? El que se hubiera reído entonces sería yo, por no llorar.

5.9.08

De la Alaska menos mala

Alaska es una tierra inhóspita, lo sé porque lo decía Jack London. La supervivencia implica disparar a ciegas y al bulto: tiene algo de rifa. Es un poco snob dejar de luchar por sobrevivir, cortarse las trompas y eso. Pongámonos en el caso de una mujer que se queda encerrada durante un invierno entero junto a su familia, lejos de la civilización, bajo toneladas de hielo, en un minúsculo y oscuro refugio. El recién nacido se convierte entonces en un gran acierto. Todos juegan un papel en este asunto de la supervivencia: unos, el principal, otros, el de coadyuvantes. No hace falta echarle demasiada imaginación para saber qué ocurre: mejor tener más hijos y que los que ya están crecidos no se mueran de hambre. Con esto no quiero decir que la madre no quiera al recuerdo de ese hijo. A lo que pasa en el ínterin se le llama selección natural.

Alaska era durísima. Y luego dejó de serlo tanto, según vimos en la serie de televisión. En cada capítulo había algo que celebrar. Que yo recuerde no salía ningún cazador que se quedase congelado, ni juicios sumarísimos entre buscadores de oro que acababan con un hombre colgado de una horca. Había programas de radio, disputas vecinales, filosofía, etc.

La vieja Alaska no es un lugar, era el círculo helado del infierno.

Después de las narraciones de London, se convirtió en la última reserva de petróleo virgen. Es el paraíso financiero inexplotable, el último pudor del imperio. Entrar con los bulldozers en Alaska sería como pintar un grafitti en la capilla sixtina: es feo pero se puede hacer. Siempre cabe la posibilidad de joder las cosas de una vez.

Para las naciones, sobrevivir es tener esa clase de hijos bastardos que van un paso más allá que el padre bastardo, dos pasos más lejos que el antecesor, y así sucesivamente. McCain hará de Bush un filántropo. Sus hijos se preguntarán por qué el abuelo no quiso develar la desnudez de esos lúbricos pozos. Supondrán que se trataría de un profundo error del siglo. Quizá el viejo Bush W. fuese una especie de supersticioso. Un excéntrico. Pudo actuar bajo el influjo de un brujo o una bruja ecologista. Eso dirán, dirán.

La tensión última, según vemos, es saber si Saturno devorará a sus hijos para entrar en calor o si se impondrá la sangre nueva y se destruirán todos los paisajes que coleccionaba papá, una vez que el viejo esté en el hoyo.

En Alaska, la naturaleza era generosa y te mataba. Hoy, el hombre le perdona la vida.

Cosa drástica, era en Alaska. Podían estar sobre un pozo que en Nueva York les hubiera dado millones (aunque estuviese sin explotar) y, sin embargo, más de uno tuvo que hacer al niño a la cazuela para sobrevivir. No era nada agradable. No se habían inventado las fiestas conmemorativas.

Dirán que nunca pasó y tal vez sólo sea eso, ficción. Tan verosímil como que toda la inmensidad termine agostada o hundida.

3.9.08

Nuevo empleo, entrada cien

Entre los micropropósitos de enmienda que brindo este año, tal vez el primero sea reconocer la inutilidad del tiempo empleado, plantear una discreta y lenta salida, en una palabra, desaparecer. No obstante, la propuesta es conseguirlo de un modo maximalista, seguramente ruidoso; de modo que, de una vez por todas, mis intenciones se colijan del texto y no sean necesarias las explicaciones, ni mucho menos las excusas.

De acuerdo, traté de que se rieran, intenté hablar, y después (después de todo) nada había cambiado salvo yo.

La despiadada alegría honrada de un fanático en plena atrocidad conserva no se sabe qué brillo lúgubremente venerable.[1]

Rutina, alegría u honradez, lo cierto es que no comprendía una semana sin un reflejo de la decadencia del alma (de la mía, de la suya, de la de todos). Podría haber utilizado como cobayas a los pobres de África o a las prostitutas hindúes, no obstante, la decadencia bien entendida comienza por uno mismo (convendrán en que es más elegante que echar balones fuera).

Quise, y aún trato, de defender la venerabilidad de lo inútil y de acusar a lo útil, tantas veces subterfugio, tantas veces vacío. Me pregunté si el último blasón no sería que pensasen: ¿de qué está hablando este tío? Por eso el maximalismo ¿Es explorar el abismo? Es parafrasear al personaje más recurrente en los blogs del mundo entero, el eterno Bartleby: preferiría no tener que explicarme. Atravesarlo con un discurso deleznable, levantar teorías que por fuerza tendrán que ser efímeras. Burlarse de que todo esté perdido. Inmóvil en un movedizo légamo, con tal de que el razonamiento dure más.

Por el contrario, me incluyo en la gacetilla para hacer reportajes sobre Memoria Histórica. García Márquez dice que sufre como un perro cuando lee los periódicos. Imaginen a uno que se levantase cada mañana pensando: “Quiero que Gabo lo pase mal con mis textos. Estoy decidido a defraudar uno tras otro a todos los maestros de este mundo”. No deja de ser un sacrificio punk hacerlo a expensas del propio ego: un ejercicio atroz y venerable.

El micropropósito de ocultarse en la niebla choca con este nuevo empleo de plumilla, de comunicador. Por un lado está el abismo, por otro, la posibilidad de roer un pan negro. Dejo esta fosa y camino hacia la luz de la verdad. No obstante aún mantengo que quiero seguir borrando lo que escribí antes y sólo conozco este lugar para hacerlo, aunque sea de forma intermitente, o bien, provisional.

Es posible que haya que explicar que este texto trata de la tensión entre la decadencia y el entusiasmo, motor de tipos dispuestos a abjurar hasta de las propias renuncias en cuanto se presente alguien con las llaves de un Jeep. Les iré contando en qué cae el nuevo macropropósito de ser periodista. Lo haré hasta el día en que tenga que renunciar al sarcasmo, a la decadencia y a la sombra. Si se hace la luz en mi cartilla, probablemente.



[1] Los Miserables. Víctor Hugo. Trad. de Aurora Alemany.

1.9.08

Entre cocaleros

En un camping de Conil, como veréis, en el epicentro del mundanal ruido, arena y viento de Levante, con una tienda minúscula para los dos, y aquello era la parte asalvajada del viaje; cenaríamos pasta a la carbonara, tal vez comprásemos una litrona y, con una frontal, acabaríamos yo el tomo, ella la novela. Cada cuál se siente impelido a compartir su música –para eso han pagado por meter el coche- y si no es su Radio Olé, es una mistificación flamenco dancehall o una mezcla de canciones de veranos pasados (Hey Boy, Hey Girl). Cuando pasas la zona de bungalows ya no hay civismo, deberíamos estar advertidos, uno sólo se acuerda del civismo y de la discreción cuando la echa de menos, sólo recuerda que la gente es lo peor cuando está rodeado.

El tema es que el segundo día llegaron unos bandarras de Madrid. Tres tipos, un radiocassete, tres gramos de Coca y una piedra de Hachis. Nos habíamos puesto en medio de una parcela en la que aún había espacio –puta tienda individual- y se colocaron detrás, en un iglú y una canadiense, y pusieron su aparato a funcionar, y repitieron el mismo disco varias veces (Here we go!). Aquello no era nada porque en cualquier lugar había música sonando y llegaba de tres en tres al oído de cualquiera que estuviese acampado, ya lo he dicho: lolailos, el Arrebato, y clones de Andy y Lucas pinchando a los auténticos Andy y Lucas. Una jodida tortura en la que sólo faltaba algún okupa poniendo canciones de Alaska.

A partir de las doce se exige silencio. Se apagan los cacharros. El lavabo deja de oler a perfume. Muchos se han ido a pelar la pava a una carpa a pie de playa. La primera noche los bandarras se quedan, como ellos dicen, “pintando”. Charlan.

A la una y media comienza este diálogo:

VOZ ESTRIDENTE (desde el iglú)
JODER, no me puedo dormir. Me he tumbado y es como si estuviese en un puto barco. Vamos a tomarnos un chupito, de Whisky o de ron, me la suda. Vamos.

VOZ DE LA RAZÓN (desde la canadiense)
Me estaba durmiendo, CABRÓN.

VOZ SECUAZ (desde el iglú)
HI HI HI HI

VOZ ESTRIDENTE
No me jodas, ¿cómo eres tan hijo de puta? Vamos a ponernos otras Claymore (sic.) QUE NO ME PUEDO DORMIR. Me he tumbado y es como si estuviese en un puto barco.

VOZ SECUAZ
Dice que es como si estuviera en un barco.

VOZ ESTRIDENTE
Vamos a tomarnos un chupito, NO SEAS MARICÓN.

VOZ DE LA RAZÓN
Yo no quiero pintar ahora. Hazte uno y duérmete.

VOZ ESTRIDENTE
Yo quiero que nos lo fumemos ahí fuera, LOS TRES JUNTOS. ¡AHHHHHHH!

VOZ DE LA RAZÓN
Vamos a dormir que si no en la playa vamos a estar muertos.

VOZ ESTRIDENTE
Me importa una mierda la puta playa yo he venido aquí de vacaciones. Aunque sea uno de whisky. Vamos.

VOZ SECUAZ
Se ha intentado dormir y estaba como mareado.

VOZ DE LA RAZÓN
(Murmullo inaudible)

VOZ ESTRIDENTE (con voz de hiena)
¡AHHHHHHH!

El diálogo se repite durante media hora. Supongo que en uno de los bucles me quedo dormido y lo integro en el sueño. Me vuelvo a despertar un par de veces; ya no los maldigo porque están dormidos (ojalá muertos, pienso).

Por la mañana, ella propone que nos cambiemos de sitio. En un alarde fatalista opino que no con razones optimistas: esta noche saldrán por ahí. Ojalá no vuelvan, dice. Pasa el día con viento de Levante. Nos vamos de la playa antes de tiempo. Cenamos la pasta, escuchamos, se pintan para irse. Vuelven antes de que amanezca:

VOZ CANTANTE (antes, voz de la razón)
HA HA HA (imitando a alguien) Me cago en todo, voy a llamar al vigilante.

VOZ SECUAZ
...El subnormal…

VIGILANTE DEL CAMPING
¡VOSOTROS, COMO TENGA QUE VOLVER OS PONGO EN LA CALLE!

VOZ CANTANTE
(…) Debería haberle abierto la cabeza.

VOZ ESTRIDENTE
JA JA JA

VOZ SECUAZ
HI HI HI

VOZ ESTRIDENTE
¿Nos enchufamos la última claymore antes de ir a dormir?

VOZ CANTANTE
Joder que sí. Pásame un filter que me voy a hacer uno. (Inaudible) El pibito y la pibita de al lado (…) Son las seis y media (…) Y ¿te has fijado en una cosa?

VOZ SECUAZ
¿En qué?

VOZ CANTANTE
Que mañana se acabó el Levante.

VOZ ESTRIDENTE
¡AHHHHHHH! Así me gusta, joder, ¡vamos a estar DE PUTA MADRE on the beach!

VOZ CANTANTE
Héctor. Héctor. Héctor. Héctor. Héctor. Héctor. Héctor. HÉCTOR. ¿Me oyes, Héctor?

VOZ ESTRIDENTE
¿Qué?

VOZ CANTANTE
¿Nos hacemos uno antes de dormirnos?

Otra vez resumo. Total, un hora hablando, y el vigilante no vuelve (ha gritado para que le escuchásemos los ciudadanos honrados y ya no va a hacer nada más). Puede que no consigamos dormir. Pero sí. Otra hora. Cuando nos despertamos, al parecer, cada uno por su cuenta pensamos en robarle las sillas de camping. Nos echamos para atrás porque debemos ser buena gente o porque somos buenos cobardes. Luego nos reímos y prometemos que no vamos a volver nunca más a un camping de la costa. A la maldita naturaleza.