29.5.09

Restauración de valores

Dicen que hablar es barato pero la libertad de expresión es cosa cara. Si uno es arzobispo puede decir lo que le salga del bebe. Si una es Bebe puede decir que estuvo más sobrevalorada que un posavasos de Picasso. Si uno es Ramoneda puede explayarse contra el capital como si acabase de topárselo en los estudios de Gran Vía.

Hay mazo de crítica social, en los medios, cuando aparecen como monedas de cobre los términos avaricia, descontrol, catástrofe. Al inocente le queda el consuelo de que ha descubierto gracias al Zen que es testimonio de lo que pasa. Mientras el maestro estaba haciendo malabares con los bricks de Alipende, unos descontrolados se lo llevaban crudo. Pero la situación está normalizada y en el futuro será restaurada, como ya dijeron.

—Somos medios, la correa de transmisión de lo que pasa y lo que tiene que pasar, es decir, del futuro. Y mientras esperas que entrullen a los pocos chivos de La Crisis, disfrutas de ese acceso a todo.

La globalización es internet. Si no de qué ibas a tener que escuchar los ladridos del pastor. Si se restringe el uso de la red se va a perder otra porción de la libertad de expresión, se quedará en boletín oficial del estado de las cosas, un catálogo de fotos de gente borracha y de divagadores.

¿Puede una época de cambios en la rutina del capitalismo convertirse en una época pre revolucionaria? ¿De verdad habla el Papa con Dios? La respuesta en ambos casos es la misma, pero centrémonos en la segunda. Si os habéis leído La Posibilidad de una Isla, igual que a mí, os llamaría la atención la parte en la que se explica la disolución de la Iglesia católica. Así será probablemente cuando llegue el '68 de la globalización, si llega.

¿En España? No, en España probablemente seguirán las procesiones como guiño hacia los nostálgicos y tradicionales; uno más entre una lista interminable de guiños, tantos que quizá lo que haya un solo gran guiño progresista, los elogios a Guardiola, las frases de Zapatero.


Y como médiums de lo que pasa, hay una idea que aprendí en Regreso al futuro que es que no hay que influir en el devenir, es decir, no es posible hacerlo pero si creyéramos que sabemos interferir, ¿por dónde empezar? Uno dijo el otro día: "¡Habría que matar a ese tipo!" y se refería a un locutor de televisión, pero, ¿por qué a ése, primero? ¿sólo porque le tienes rabia en ese momento? ¡Qué poco serio!

—Primero se tendría que hacer un estudio de mercado sobre qué puede desencadenar una reacción suficiente, realizar exhaustivos expedientes de los candidatos, estudiar la estrategia, asegurar la posterior repercusión por medio de canales suficientes y, para cuando llegue la hora de hacerlo, es posible que el candidato se haya difuminado en la nómina del lobby de su sector, en una cadena autonómica, en un despacho o en un accidente de tráfico. Un atentado no puede ser sólo simbólico, eso lo sabe cualquier magnicida. A lo largo de la vida ha habido muy pocas acciones contra las personas que hayan cambiado el devenir: el asesinato de Germánico, quizá, el de Jesucristo (si lo hubo), Marat o Sade, tal vez Zapata, seguramente no Trostky... Si se te ocurre alguno más, todo tuyo.

Entonces todo el poder para los medios, dijo él desengañado.

El País Semanal, después de su célebre reportaje a favor de las nucleares nos sorprenderá este domingo o el que viene con uno de esos textos de colorines sobre madres que decidieron no abortar y ahora gestionan con su socio una Pyme que vende chufas al campeonato de Valencia de Fórmula uno.

Mientras, prosiguen, entre europeos y católicos a lo largo del mundo, las conversaciones para el reparto de la política en el jugoso período de una crisis de valores.

26.5.09

Tal cual lo dicen

Hace unos años ya, leí en alguna parte lo que era un cool hunter. Los americanos, que nos sacan años de ventaja, que tienen expresiones para definirlo todo, se inventaron este término, que también incluye una minuta porque uno no puede estar buscando cosas y gente guay sin tomarse unos cócteles en ese bar de la calle Argumosa con flores en los manteles, o pasearse por las tiendas de Argensola sin comprarse si quiera un afiche con el careto de Audrey Hepburn. Es obvio que un cool hunter no puede ser un cutre que vive en una casa con suelos de gres y muebles de Tu Mueble en Portazgo, sino un profesional de la publicidad o un chico de familia bien (algo que suele combinarse con pasmosa frecuencia).

Óyeme, y resulta que los cool hunter, o la gente guay, por castellanizar la movida, a pesar de todo siempre van con retraso ¿no te parece? Es decir, ayer en la página de El País y hoy en la de El Mundo anuncian una exposición sobre los quinquis de los '80 y todas esas películas de navajeros, ya sabes. Diseño y merchandising mediante, los quinquis ahora son lo más in, aunque le robaran el bolso a las tías de los guays en su momento o se chutaran en descampados en los que ahora hay lofts. Y todo eso, que ya lleva unos años rondando –casi todos hemos ido a una fiesta donde se han pinchado a Los Chichos, muchos hemos visto Deprisa, deprisa, etc.– te lo devuelven hecho del material del que se nutre el grupo Prisa.

Hace poco me mandaron unas declaraciones de Amador Fernández Savater en las que decía a un periódico extranjero: “El País es la manera que tiene una generación (la generación que ha impuesto la cultura consensual en España) de decirte todas las mañanas eres una mierda”.

Tal cual lo dice.

Mientras el jodido Tentaciones y el super-elitista Babelia, cada uno por su lado, se afanan por desactivar cualquier mensaje que vaya contra los intereses de esa generación, los cazadores de lo cool recopilan toneladas de inconsciencia, para allanar el trabajo del Babelia y otorgar cantidad de temas al puto Tentaciones, uno de los diseñados cánceres de la cultura actual.

Ahora los quinquis son lo más, por su uso del lenguaje, porque están muertos o como si lo estuvieran, porque de los quinquis de ahora ya se ocupan las reformas laborales y las reformas de extranjería, y los jueces, y el populismo punitivo. Porque de aquellos quinquis… como que la culpa la tenía Franco o algo. Y ahora el equivalente trabaja como ayudante del director de recursos humanos en una empresa de coaching.

Mañana, cuando la gente guay deje de encontrarle gracia a ponerse una camisa de lunares y escuchar la de Juan Castillo, volverán a por otra píldora de novedad para vendérsela después a ese periódico y, si dejara alguna vez de haber punkies o jevatas, ten por seguro que serían objeto de mucho más caso, porque lo que vende es lo que está muerto y lo que uno puede llevase a su casa de Portazgo para ponerla como en ese cuadro pop inglés del que ahora no recuerdo el nombre. Aquello que los corrientes compramos un minuto antes de que pase de moda.

“El poder vive de la ocultación. No crea nada, recupera. Si creara el sentido de las palabras no habría poesía, sino únicamente ‘información’ útil. Nunca nadie podría oponerse al lenguaje y todo rechazo le sería exterior, puramente letrista ¿Y qué es la poesía, sino el momento revolucionario del lenguaje, inseparable como tal de los momentos revolucionarios de la historia y la vida personal? El embargo del poder sobre el lenguaje es asimilable a su embargo sobre la totalidad”.

Internacional Situacionanista número 18.

Recogido por Servando Rocha en el artículo ¡Cerremos las escuelas de Bellas Artes! Historia y eclosión de King Mob.

“King Mob. Nosotros, el partido del diablo”

La felguera ediciones, 2007.


“Just what is it that makes today’s homes so different, so appealing”
Richard Hamilton

15.5.09

Quien provoca

Digamos que la corrección política se ha desviado completamente hacia un tipo de izquierda. A cierta izquierda acomodaticia, vale, pero es que la corrección política, al ser de consenso, debe de ser limitada, entendible por gran parte de la población, la misma parte que intenta no entender demasiado las cosas. Que las clases altas siguen tan preocupadas por los pobres que no tienen qué comer como en el XIX, era algo previsible; que hoy el discurso se haya sofisticado y se eche la culpa de esto a “la avaricia de los mercados” es una pírrica conquista de esa cierta izquierda que nombra y deja de preocuparse una vez que se ha encontrado un chivo que satisface a mucha gente a la que le gustaría ser “un poco más de izquierdas” en la medida en que así dejaría de haber avaricia en los mercados. Concretando, en los discursos hay un gran número de tópicos izquierdistas, y ahí es donde aparecen los provocadores.

Los que provocan con gracia tienen la virtud de que, es verdad, echan a la cara de uno tantos tenderetes creados por el consenso y el talante. Un ejemplo, alguien acostumbrado a provocar defenderá a los judíos israelíes, dirá que les estaban atacando, que es la única democracia homologable de la zona, que las mujeres judías pueden separarse, votar, mandarlo a la mierda todo igual que puede hacer un hombre. Dirá que el lobby antisemita nos ha enganchado al carro de los palestinos y se aprovecha del lugar común pobres-buenos, ricos-invasores. Si es hábil, desarrollará esa conversación con tanto ingenio y charme, que el interlocutor sabrá que, aunque bromea, su argumento es a todas luces más sólido que el de uno. Si su víctima no tiene demasiados datos y le pasa como a mí, que no discute bien, se mantendrá en sus trece, pero sintiéndose un gorila, a lo mejor alguien que conserva cierta pureza moral, a lo peor alguien que sólo se mueve por sentimentalismos, carne de rebaño.

Lo malo es que cuesta imaginárselos desarrollando tanto ingenio para desmontar a sus adversarios cuando estos sean sionistas o, por poner otro ejemplo, cuesta imaginarlos defendiendo a la república ante un coronel franquista del Ejército español.

Sé que cometo el error, constante, de asociar valores positivos a las ideologías si digo que los izquierdistas, hasta los más simplones, soportan mejor el diálogo, comprenden mejor argumentos que van en contra de sus creencias; por eso precisamente he comenzado diciendo que la corrección política se ha desviado a la izquierda. Porque al individuo de derechas convencional, en cierta forma, sólo le queda el exabrupto, cerrar filas en torno a la iglesia mientras ésta se sostenga. Les debe costar seguir a una mayoría que ya sólo existe como tal en algunas regiones de Francia y Alemania y en cuatro países católicos que son más islas que un frente; no en vano, la iglesia, a pesar de que está en todo el mundo, es una de las instituciones menos internacionalistas que se conocen, aunque esa es otra historia.

Y es que los provocadores, al final, encuentran que su propia forma de ser tiene más sentido en un escenario progresista, por patético e ingenuo que sea el discurso izquierdoso la mayoría de veces. De hecho, creo que el gran motivo de que esto sea así, en los casos que he conocido (dos o tres), es que ha faltado un freudiano ajuste de cuentas con algún familiar, aunque esa también es otra historia.

Así que mientras hablaba con él, impresionado por su dialéctica, no pude en cambio dejar de sentir lástima. Lo imaginé apocado y reverencial ante un cacique de gafas oscuras. Sólo podía hablar libremente con quienes estaban en su contra. Y supongo que eso es una paradoja triste o algo.

13.4.09

De dónde son los cantantes

Ella dice que prefiere irse de vacaciones a la otra Sonora. Está un poco enamorada de Bolaño, quizá porque fuma en todas las fotos y ella fuma cuando está por ahí, tomándose algo y charlando, luego en casa no soporta el humo, es más, nos da bastante asco el humo, aunque supongo que a Bolaño le dejaría fumar y a mí me enviaría a comprarle cigarrillos y unas tortillas y judías para hacer chile con carne. Creo que por eso quiere que vayamos a la Sonora pacífica y turista que es como no pasar por Sonora, será más bien, de serlo, un paseo por las Aguascalientes y alguna pérdida por el Distrito Federal. Ayer vi unas ofertas de vuelo y no estamos tan boyantes. Le dije, mira, esto nos va a costar un pico, además, si no usamos los bonos del aquapark puede que caduquen, y de momento parece que se lo tomó bien, aunque me temo que antes del verano pillará Los Detectives y volverá con la retahíla –con más motivo– y me mirará bizqueando para imaginar que me parezco de lejos a Bolaño y yo tendré que poner cara de intenso, de simpático, cara de trosko, y puede que en ese momento compremos el billete, órale, y yo dudo de si le daré bien al mescal porque nadie me ha explicado realmente si eso del gusano es verdaderamente psicodélico o si sólo es parafernálico. Espero que las botellas estén a medias.

Yo le propuse que nos fuéramos a Los Andes, le dije que si quiero puedo ponerme intenso y correcto, perspicaz, canalla, observador y elegante. Le dije que soy bastante más guapo que Vargas-Llosa, y eso es tan evidente que tuvo que admitir que podía ser interesante y que la gastronomía no estará nada mal. Por Mario no fumaría, se comportaría como una novia perfectamente formal, exquisita y no aindiada, ligeramente despreciativa hacia él, europea y cosmopolita, se limpiará los brazos con delicadeza y jabón caro. Por eso le dije que no era una mala idea, pero también miré los billetes y entonces dije so y le asegure que no podía pasar otro año sin pasar por las fiestas del pueblo y que, al fin y al cabo, no queda lejos de Gandía, donde podemos ver un espectáculo, tal vez un partido de pretemporada, con suerte del Boavista. Pero me temo que un día de estos iremos al restaurante peruano de Vallecas del que tan bien nos han hablado y ella dirá que esto del ceviche es un descubrimiento y, si me han subido los dos piscos con los que el mesero liquidará la minuta, nos vendremos para aquí mismo y pillaremos los billetes porque sólo se vive una vez, como dijo Aguirre, y aún estamos a tiempo de reconquistarnos.

Un amigo nos dijo que China era El Destino y ella me miró, y yo la miré, y nos confesamos que sólo sabíamos tres cosas de Japón, y ni siquiera sabemos si está permitido fumar en cualquier parte; si la revolución tolera la nicotina o si la nicotina sostiene la revolución. Yo no sé qué actitud tomar porque realmente es otra civilización y otra cultura, como se suele decir. No sé si sabré encontrar a alguien como Tanizaki como compañero de viaje a China porque es otra cosa. Será en todo caso un vago sentimiento de pátina, una evocación de la sombra, un algo que se parece a eso que leímos y dijimos que nos gustó. La idea del amigo, digo, nos pareció bien hasta que entré en la página de vueling para mirar los calendarios tan amenos que ponen y, ¡caramba!, no pensé que te iban a cobrar ese dineral por ir donde viven otros 1.300 millones como tú. Así que le dije que en las terracitas de Lavapiés, unas cañas… A veces te ponen patatas, se pasa bien, suena lo último de Macaco y, bueno, hay algún pesado, pero tenemos la ventaja de que ya los conocemos. No pareció demasiado convencida. Me temo que una noche de viernes habremos vuelto tarde, estaremos cansados y se nos ocurrirá llamar al Gran Oleada VI. Y cuando hayamos devorado el Dim-Sum, con una copa de vino bien agarrada al arroz tres delicias, decidiremos que hay que hacerlo en ese mismo instante, antes de que volvamos a empobrecer; y la tercera será la buena.

3.4.09

Memories of youth

La noche que llegué adonde esperaba la gente de mi instituto y mis colegas, que esencialmente eran la misma gente, con el pantalón untado de mierda desde la cintura hasta el bajo, fue la misma noche en que un transbordador espacial estalló en el cielo y es posible que sin la contaminación de la ciudad lo hubiéramos podido ver –na, qué va– pero yo sólo miraba el pantalón, entre avergonzado y excitado, y por aquel entonces yo escuchaba lo peor del repertorio de los colgados, y aquel frenazo mayúsculo sobre el vaquero era una señal de algo, les decía. Uno o dos años después nos habíamos juntado en casa de uno de ellos a beber vodka con seven up porque lo acabábamos de leer en un libro que nos pasamos unos a otros y que sólo yo perdí. Hacía gran calor. El gran calor sólo se hace en ciertas casas secas como la de Vallecas en la que vive la familia de Julio. No fue la noche en que se murió Lady Di en París, eso fue otro año después y también hacía calor aunque no tanto. Desayunamos bastante fuerte –ojalá huevos y panceta, aunque ahora ya no tiene importancia– y creo que nadie tenía resaca, al menos no contestamos cuando nuestro anfitrión preguntó “¿todo el mundo está bien?” Nadie dijo, “vaya, podría estar mejor –pero estoy bien en comparación a la princesa de Inglaterra, claro– tengo una migraña y siento que acaba de comenzar el final de una época”. No, nadie dijo eso, alguien diría cambia de canal y pon a Ren y Stimpy, aprovechemos que tu madre está abonada a Canal Satélite.

La mierda, los vodka-7 en gayobas, la muerte de Lady Di, y quedarme hasta las cinco de la mañana para ver una película de Antena 3 titulada Jugadores de Ventaja con Bruce Boxletner y Lee Marvin, junto a otros ratos en los que era poco más que el flamante vehículo de un destino sin rumbo, los recuerdo tan poco vívidos como la explosión de la nave espacial, aunque de ésta podría ver una recreación en youtube, podría incluso buscar la fecha, pero, a quién le interesa, es posible que no fuera la misma noche y que sea mejor así, abreviando, y juntar todos esos momentos de conciencia en los que, y yo de pequeño lo hacía muy a menudo, dices “de esto me voy a acordar fijo” y resumirlos en un par de objetos: la botella de stolichnaya, el pantalón con mierda y algo de flujo (o quizá completamente empapados, pero puede que esa noche no fuera tan completa), el coche estrellado en el túnel.

La noche aquella paré en el garito que está junto a la plaza de San Ildefonso, que antes era la plaza del grial o puede que me confunda y la de San Ildefonso sea la plaza del madroño..., paramos en el Laboratorio, y conversaba con alguien, o intentaba fregotear el vaquero en el lavabo con trozos de papel higiénico; me quité el chubasquero, o puede que fuera el forro polar marca Trango, lo deposité junto a la ropa de los demás, pedí otro vodka-7 (“lo siento no tenemos seven-up”), pedí otro vodka-sprite, y alguien apostado en la barra decidió que yo era el globo que había que pinchar –antes en argot pinchar un globo era robar a un borracho–, o puede que fuera el tacto de mi sudadera Carhart (esa sudadera que ella conocía y me decía ponte) y, mientras rascaba el tordo amarillento del vaquero, imposible que quedara limpio en las costuras –o también daba pábulo a las teorías acerca de la persecución a Ariel y a su novio árabe–, el móvil dentro del chubasquero, el forro negro Trango, la sudadera que le gustaba, volaron, se fueron, desaparecieron, rumbo a uno del barrio de Empalme con diez pavos sueltos y le sienta bien, vosotros qué decís ¿le sienta bien? Para ti, Rafita, que te has portao.

No me dieron arcadas cuando descubrí que aquel perro había cagado en el sitio escogido para el revolcón de las ocho. Hacía un calor óptimo, grandioso. El chófer también había bebido. En Cabo Cañaveral sólo podía verse la luz de las estrellas. Los astronautas se habían olvidado los naipes y se aburrían. Nadie esperaba que fuera a pasar nada. Y a partir de ahí todo fue un poco más deprisa. Acelerado.

16.3.09

...Y me siento mejor

Yo me imagino a Stravinsky paseando por su pueblo. Y cada persona que se le cruza es, en su oído o en su cabeza, una tuba, un trombón o uno de esas flautas que pegan duro en el tímpano. Si compraba el pan, quien le despachaba era un pan-pan-pan, y si entraba una señora en la panadería era un chim-pon-chim-pon y luego su locura (porque pensar que no estaba un poco perturbado sería una falta de respeto hacia él) era otra distorsión ta-pi-pi-pi-ta-ta o ñi-ñi-ñií.

Yo creo que debía de ser algo así, en el caso de que Stravinsky tuviera ganas de salir a comprar el pan y darse una vuelta, que puede ser que, con ese ruido primordial que tiene, se lo mandase hacer a un camarero.

Me he levantado tarde y he visto que mi blog estaba viejo. Lo malo de los blogs son los de los demás: si desaparecen porque siempre se van los mejores, si no se actualizan, por el mismo motivo por el que las fotos viejas se ven una detrás de otra, porque solas son malas, pero en conjunto, bueno, en conjunto son pasables. Después de tomarme un café (ta-ta-ta-taaá) he decidido que debía ponerme a distraerles la atención.

Hay en esto de los gustos una fórmula que no se reconoce, que tiene que ver con los matices y los pesos. A mí me gusta la música, salir, la montaña, el cine, incluso leer… Lo mismo que a todo el mundo si se toman los elementos de ene en ene. A veces pienso que no me gusta la música realmente, es decir, me pongo en la barrita de search en este programa spotify y siento una desidia que juzgo bastante profunda. Y no es que no me sepa nombres de grupos, y no es que no me hayan entusiasmado muchos a lo largo de estos años, desde La Frontera hasta ese nuevo que mete tanta caña.

Esta mañana no me ha pasado, porque me preguntaba qué tendrían estos de spotify de Stravinsky y he visto que están muy bien surtidos. Pero bueno, es un ejemplo de algo que me pasa a veces, no hay que tomárselo al pie de la letra. Si te digo que también me pasa con lo que leo, estoy reconociendo que muy a menudo me da la impresión de que no tengo ni puta idea de escribir ni de (lo que quiero) escribir. Por eso que el blog se me amorre.

Si sigo el repaso de los ene elementos que me convierten en alguien poco depresivo diré que la montaña me puede gustar más o menos, me puede apetecer cansarme, pero casi nunca echo de menos subir un monte; con lo que no cuenta. Quiero decir, si echo de menos algo es la panceta a la parrilla, un trozo de tira, y si eso cuenta como montaña, valdría, pero creo que no. Y el cine, me gusta, lo malo es que casi todas las películas duran demasiado.

Cuando no me pasaba lo de escribir suficientemente avergonzado y, por tanto, escribía como un descosido y muy mal, solía ponerme la Consagración de la primavera y cuando hervía me imaginaba que estaba siguiendo la música y que cada personaje y cada línea eran un pa-pa-chin o un tururú-tururú o un ti-titititit-tii, y que estaba combinándolo como un médium o un vate; creía en lo irrefrenable de lo primitivo, soy un salvaje y todas esas gracietas que con 30 palos ya no valen (en realidad sólo valen si uno tiene entre diez y catorce años y va al conservatorio y le visten con corbata, que es como empiezan, creo, todos los malditos y muchos de los siniestros). Por fortuna, tengo un cajón profundo. Nunca llevé corbata.

Ahora, si me dieran a elegir lo que quiero hacer, aquello que dejaría fijo como testimonio en este blog, aquello que supere y resuma lo que he hecho, no querría que fuese un caos de voces captadas en la cola del pan, ni querría pasar por un primitivo; no, que ya sé que eso da vergüenza ajena, como las fotos de la adolescencia reverdecen la propia. Si es lo que tiene que suceder y, sobre todo, si puedo elegir, preferiría poner en la barra de búsqueda a Tarquinio Merula y que se me pegue algo de la Ciaccona, versión de Jordi Savall. Mejor pedante que primitivo, aunque si mañana pienso lo contrario no te preocupes que te lo diré. Es sólo una canción, como decían los Leño.

3.3.09

Mucha mierda

Espero que tenga que ver con que el autor de la obra que vimos el otro día se había trabajado poco el texto, porque, como dijo Ana, soy de los que prefiere disculpar la sinvergonzonería antes que la estupidez. Me pregunto ¿qué es mejor, que alguien gane una subvención reciclando cuatro textos que ha escrito después de haberse encajado unas birras, o que el mismo haya dedicado treinta mañanas de biblioteca, a razón de cuatro horas y doscientas páginas de Habermas, y presente un repertorio sin ilación, de clichés sobre sangre, angustia y modernidad? Reconozco que con lo primero suelo acusar menos vergüenza ajena, así que me refugio en esa posibilidad y decido que hay mucho caradura y que el patio está como está porque a nadie le importa una mierda lo que se dice mientras no se diga nada. Que era lo que decía ella, y yo aquí lo copio porque ninguno de los dos vivimos de las subvenciones y podemos… cómo se dice… compartir información, intertextualizar.

El triunfo de los egipcios está relacionada con la perversión de las ideas de libertad y democracia, aunque eso es otra historia; así, el idiota es el espectador, que no se levanta y se va cuando comienza la supuesta desnudez en la que se queda el moderno mientras lidia con sus canciones de los Doors –que equivalen a sus demonios– su acné y su sentimiento de soledad en la gran ciudad, y que aplaude, afora, recomienda y se cuelga la medalla de “haber entendido” algo que hay que ser muy idiota para no entender, ya que es de preescolar (con todo el respeto a los preescolares). Si eso es un análisis de la sociedad que te ha tocado vivir que venga Jim Morrison a verlo porque a mí tampoco me la dan, y mira que me gustaba el rock y el sentimiento de soledad en la gran ciudad cuando era un crío con más acné del que tengo ahora.

Desde aquella función en la que alguien llamó violador a Curro Jiménez (al que, al pobre, le tocaba hacer de Don Juan con litros de Dercos en la cabeza) y que acabó como el rosario de la Aurora porque Jiménez saltó de las tablas a las butacas –en la que fue la única demostración de que aún no era tan mayor para vestirse con capa y pololos–, y el convidado de piedra trataba de sujetarle para que no se comiera vivo al gracioso que le había insultado, y Doña Inés, una gran profesional, permanecía en la ventana, tal vez porque en esa apartada orilla se respirara mucho mejor que en la nube de guantazos en la que su inveterado amante repartía y recibía (porque hay que reconocer que, superada la impresión inicial, aquel espectador demostró que tenía un amplio repertorio de humillaciones); desde aquella vez, digo, y hace un taco de años, no he vuelto a ver en el teatro una provocación digna de tal nombre. Si no hubiera cundido entre el público ese poco de respeto a la profesión de artista (en un sentido super-integrador de la palabra), Don Juan, Don Luis Mejía, Don Diego y hasta Don Johnson (si hubiera estado allí) habrían terminado aplastados por una turba, porque la gente de mi instituto era pacifista, pero había alguno con tanta testosterona como para olvidarse pronto de ese punto folklórico y arrancarle la cabeza al actor para colgarla del peine, por muy ídolo de masas que fuera cuando se vestía de bandolero. Ya digo que al final se impuso la paz teatral, que consiste en que el espectador no se queja en el momento, aunque sale y le dice al de al lado “vaya mierda de obra”, a pesar de que, indefectiblemente, los dos hayan estado más de cinco minutos aplaudiendo; porque uno va al teatro a aplaudir, al fin y al cabo, aunque sea a aplaudirse a sí mismo por haberse dejado veinte pavos en una gilipollez. En plan irónico.

Desde esa vez yo no he visto un espectáculo comparable, lo que no quiere decir que no haya visto buenas obras, claro. Aunque las más de las veces han sido trampas con ínfulas como ésa de la que hablaba al principio. Puede que Curro J. se metiese en las calzas por falta de imaginación, porque se acercaba el 1 de noviembre o porque le apeteciera sentir otra vez el frufrú del percal sobre su vientre. Me puedo hacer cargo de lo que motiva a un viejo actor a blandir por última vez una espada de madera. Es mucho más fácil imaginarse eso que suponer que al autor moderno de la primera obra le interesaba algo más que no fuera recaudar molla por un pastiche de textos que se le habían apolillado en el escritorio y de refundiciones de poemas “a la manera de Bukowski”.

Elecciones

De B.P. Galdós, Fortunata y Jacinta

Allí brillaba espléndidamente esa fraternidad española en cuyo seno se dan mano de amigo el carlista y el republicano, el progresista de cabeza dura y el moderado implacable. Antiguamente, los partidos separados en público, estábanlo también en las relaciones privadas; pero el progreso de las costumbres trajo primero cierta suavidad en las relaciones personales, y, por fin, la suavidad se trocó en blandura. Algunos creen que hemos pasado de un extremado mal a otro, sin detenernos en el medio conveniente, y ven en esta fraternidad una relajación de los caracteres. Esto de que todo el mundo sea amigo particular de todo el mundo es síntoma de que las ideas van siendo tan sólo un pretexto para conquistar o defender el pan. Existe una confabulación tácita (no tan escondida que no se encuentre a poco que se rasque en los políticos), por la cual se establece el turno en el dominio. En esto consiste que no hay aspiración por extraviada que sea, que no se tenga por probable; en esto consiste la inseguridad, única cosa que es constante entre nosotros; la ayuda masónica que se prestan todos los partidos, desde el clerical al anarquista, lo mismo dándose una credencial vergonzante en tiempo de paces que otorgándose perdones e indultos en las guerras y revoluciones. Hay algo de seguros mutuos contra el castigo, razón por la cual se miran los hechos de fuerza como la cosa más natural del mundo. La moral política es como una capa de remiendos, que no se sabe ya cuál es el paño primitivo.

10.2.09

Contradecirse o palmar

“Lo comprendo y deseo continuar”.

Eso pone si quieres entrar en algunos blogs. Dice material explícito, o ni siquiera. Yo me pregunto si no sería mejor que lo dijeran para hablar de la vida (Aplausos). Porque, en serio, ¿no os ha ocurrido que llega un momento en el que todo ha perdido pátina; no es cierto que, en esta sociedad, lo viejo, lo que una vez nos emocionó, no es sino una sombra, y entonces, en el momento de ese recuerdo, es cuando amamos por primera vez aquello que fue?. Burlas, paradojas... mierda (Murmullo). No, no soy tan acabado, ni tan optimista como para decir que con una tostadora y una bañera hasta el borde se soluciona ¡Ojalá! La vida es brega y es comprender. Lo comprendo y deseo continuar.

Deseo, al fin y al cabo. Continúo y olvido; y dejo de lado aquello tan hermoso, y (como por rabia) deja de parecerme bello. De hecho, lo viejo es lo que me parece bosta y la nostalgia una filfa. Lejos cualquier pasado. Por favor, no me cuenten cómo era yo ni lo que dije. Váyanse a la tumba si quieren hablar de recuerdos. Más que un estorbo, el pasado es un atentado contra la vida que vive uno. Olvídense de lo que dije como forma para que lo olvide yo, eso se lo ruego.

Y si exigen que tenga conciencia, requieren que no me contradiga, o que explicite lo que dije y no quedó claro, vayan pensando en las excusas que debería poner, porque mi intención es reparar todos los daños que pueda, pero sin perder un minuto en viejos asuntos que no tuvieron importancia entonces ni la tendrán si se vuelve a evidenciar –por puro gusto– mi ignorancia, mi maldad o mi infame verborrea (Toses).

Y todo esto porque, hace un par de semanas, entregué un texto sumamente descarnado, lo que equivale a bastante tramposo. No fue aquí, pero uso esto como ejercicio de Cartas al regidor (o como se diga). Era la forma de persuadir, creí (creí que convenía persuadir, ya ven). Al final, fue otro intento fallido, sin más importancia. No espero que nadie lo recoja y aguarde el momento en que blandirlo, pero, por si acaso, advierto que no lo reconoceré: yo, sin mi hijo. La responsabilidad, a paseo. Etcétera (Se levanta y se va).

(…)

Berton: Antes quisiera ver cómo interpretan mis declaraciones de hace un rato.

Pregunta: ¿Tiene importancia?

Berton: Para mí, una importancia capital. Ya he dicho que vi cosas que nunca olvidaré. Si la comisión reconoce, incluso con reservas, que mi testimonio es verosímil, y que conviene estudiar el océano –quiero decir, orientando las búsquedas de acuerdo con mis declaraciones–, entonces lo diré todo. Pero si la comisión estima que se trata de un delirio, no diré nada más.

Pregunta: ¿Por qué?

Berton: Porque el contenido de mis alucinaciones es cosa mía, y no tengo porque divulgarlo (…)



Stanislav Lem. Solaris. Trad. Matilde Horne y F.A.

6.2.09

Historieta

Durante aquel curso de doctorado hablamos en dos sesiones de Tala, el libro de Thomas Bernhard. Lo destripo levemente porque no hay otra forma de explicar lo que viene a continuación. A un hombre le invitan a una fiesta; es un energúmeno discreto, o un cascarrabias, o un aguafiestas; por otra parte, la clase al que pertenece no invita a comportarse de otra manera. Hipocresía, qué dirán, etc. Hay un punto del libro en el que el viejo se adormila en el sillón de orejas en el que está desde el principio y cuando se despierta (o mejor, cuando se levanta de su sillón), reingresa en ese mundo contra el que echaba pestes, se sienta a la mesa, habla con sus anfitriones, opina sobre el teatro vienés y creo recordar que incuso ensalza una de las carpas que sirven en la cena.


El hecho es que por aquella época, yo era tan descerebrado como para trasnochar –beber– y después ir a clase (hay que decir que la asistencia era bastante obligatoria). En la primera clase yo no me había leído el libro. Estaba de resaca y creo que no sólo no atendí, sino es posible que también me durmiera (no profundamente, pero si uno de aquellas cabezadas que los profesores rara vez saben cómo reprochar. Una cosa es una conversación, pero, ¿qué clase de complejo puede llevar a un profesor a montar un pollo a alguien que necesita dormir?). En esa sesión no conocía a nadie, ni hablaba con nadie, con lo cual no pedí los apuntes, que de bien poco me hubieran valido, ya que la cosa no terminaba con un examen sino con una glosa de un folio sobre una de las conferencias que organizaba el departamento[1].


Pasó la semana y me leí Tala, y me gustó mucho. A la siguiente clase fui y estaba como nuevo o, al menos, así lo recuerdo ahora. Yo solía hablar en clase, en fin, no creo que fuera uno de esos insoportables que te cuentan su vida a la primera que el profesor les da cuartelillo, pero tampoco he sido tímido si sentía que tenía que soltar mi pedrada. Así que levanté la mano, como suele hacerse en esos casos, y expuse lo que a mí me parecía, es decir: que cuando se levanta del sofá, el protagonista de la novela resucita. Lo que es decir bastante poco. Y lo que, probablemente, había oído en la clase de la semana anterior.


No creo que lo sepa nunca (tal vez si me topara alguna vez con la profesora, podría preguntarle, porque imagino que debe decir lo mismo cada vez que habla de Tala. Aunque para eso si soy tímido), pero ahora veo su cara, que me mira y está pensando: “Este chaval es idiota ¿o qué?”, y oigo el silencio sepulcral de la gente, un silencio de esos que sólo provoca la vergüenza ajena; y estoy bastante convencido de que así fue: morí en una clase y cuando resucité ya estaba todo dicho.


La moraleja es que echo de menos la universidad.



[1] Elegí hacerla sobre una conferencia que ponía por las nubes una novela de Mañas. No he leído nada de Mañas y no creo que tenga tiempo de hacerlo.

21.1.09

Creedlo porque es cierto

Desde hace un tiempo la comunidad en la que vivo va camino de convertirse en un sitio como Deadwood o en la Taza de oro en las horas posteriores a que llegaran los piratas. Su líder, a quien pueden imaginar incluso elegante, va camino de convertirse en un personaje inimaginable: si alguien lee todo lo que ha hecho desde que llegó a ocupar la posición que ocupa –antes incluso de que llegara, claro; aunque lo que asusta es lo que ha venido desde ese momento– tendría que disponerse a pasarlo mal como quien se prepara a asistir a una de esas películas en las que todo lo malo que puede pasar, pasa: una de ésas en las que el protagonista es raptado y, cuando logra escapar, es detenido por una patrulla que le vuelve a entregar en manos de sus secuestradores.

Pues aquí sucede día tras día. Levantes la piedra que levantes, siempre está la misma serpiente: hoy privatiza el Canal para desguazarlo y venderlo, mañana le quita a la Asociación de ayuda a víctimas de agresiones sexuales la subvención para dársela a una de esas empresas de servicios, que brotan como setas, y que han copiado con descaro el programa de las anteriores. Mires por donde mires ves a esa bestia que ingiere todo lo que funcionaba, se lo da a seis momias que apenas distinguen si hacen el mal para ganar dinero o si ganan dinero para comportarse inmoralmente (fíjense a qué grado de inocencia he de recurrir para explicar lo que ocurre, descendiendo hasta hablar del mal y la inmoralidad... Como un párvulo). Y la máquina sigue, acaso porque se ha propuesto ser bestia más que ningún otro, por pura aplicación o acaso porque su padre y su madre no le dieron todo el amor que etcétera. Ya digo que cuando se habla de ella uno siente la misma impotencia que cuando está a la mitad de una historia de Dickens.

Y luego está su cadena, su delirante órgano de expresión; es anecdótico pero ahí es donde conocemos lo que piensa sobre cualquier asunto, por doméstico o fútil que sea de lo que se hable. Antes de anoche estábamos viendo un reportaje sobre Barack Obama. Un reportaje comprado a algún medio extranjero. Tienen que fiarse, relativamente, de mí, porque no he buscado una copia literal de lo que decía; el caso es que hablaba de la adolescencia de Obama. El momento culminante llegó cuando el protagonista “se interesa por la cultura negra” lo que, para el guionista, consiste en que Obama “juega al baloncesto, comienza a hablar de forma chulesca, y consume drogas como la marihuana o la cocaína”[1].

La cultura negra, según Ella.

Detalles. Nimiedades. Claro. El documental era perfectamente laudatorio, al fin y al cabo se trata de un Presidente norteamericano: un tipo de personaje con los que esta depredadora se ha querido comparar últimamente. Detalles, sí, pero se subraya que Obama comienza a ser bueno cuando termina con la cultura negra; deja de decir "Hey Yo", deja de darle a los cigarros de la risa y se emplea en uno de los bufetes más prestigiosos de Chicago para empezar desde cero.

Seguramente la Señora no sabría ni de qué documental le estoy hablando; a ella le debió pillar en medio de una recepción de emprendedores, no tiene porqué revisar todo lo que ponen en su cadena (lo más tenebroso es que hay demasiada gente que adivina lo que le gusta y cómo tiene que hacerse). El problema lo tenemos yo. Porque sigo mirando y veo fantasmas y pienso que todo es como en funny games y que pase lo que pase voy a caer siempre en sus redes y que será aún peor de lo que me imagino. Me estoy empezando a cagar, esa es la verdad… Aquí donde vivo está muy oscuro. Sólo quería que quedara constancia.



[1] N. del T. “Cuando llegó a la adolescencia comenzó a interesarse por la cultura blanca: maltrató animales, exterminó etnias y esclavizó pueblos enteros y, por supuesto, consumió drogas como la marihuana y la cocaína”

13.1.09

Incoherente

—Mi incoherencia no tiene nada de nuevo. Pienso que hay que adaptar la moral al individuo. Cada uno debe fabricar su propia moral y aplicarla.

—Así es. Para ti, pues, ¿la incoherencia es una virtud?

—Yo no digo que sea exactamente una virtud, sino que sería una equivocación que el que nació indeciso vaya contra su naturaleza y se fuerce a sí mimo a tomar rápidas decisiones. Si lo hace, lo pagará caro y únicamente conseguirá salir perjudicado. Los indecisos deben seguir un camino que se adapte a su propia naturaleza.

Hay quien prefiere las ortigas. Junichiro Tanizaki (Trad. María Luisa Borrás)

9.1.09

Despedida sin remedio a los españoles

Avanzamos por un puro camino de nieve porque, en efecto el camino, antes delimitado incluso pintado, ahora se ha vuelto igual, salvo por los coches que insisten y dejan surco y queman el motor debajo justo de tu ventana. Yo sigo con la mano así así. Subimos me siento y comienzo y vuelvo a sonreír si veo que los del coche no han terminado aún de dibujar el surco. A veces los coches son tan estúpidos como sus dueños y ambos nos reímos hasta que te tienes que ir porque inventaron los metros para días como éste, supongo, cuando nadie tenía que andar más de un cuarto de hora para llegar al curro.

Hoy me levanto y nieva, ladra el perro, escribo (lo que puedo) sobre Gaza, me pongo a hacer una fabada, ahora me levanto para hacerme un té. Veo que nadie ha dejado de intentarlo a pesar de la nieve y me siento vagamente culpable por un texto que he enviado antes de tiempo, fuera de plazo.

El teclado sugiere que ya he comido Fabada, ya me he tomado el té y, al margen de hacer el baño –cierto termómetro de mi grado de civilización y respeto hacia mí, hacia nosotros– la tarde aparece como un vergel de oportunidades en el que esto es probablemente no sólo prescindible sino discutible, algo parecido a hablar con una antigua novia y ya no digamos quedar. No será como antes (y eso que antes no era muy bueno).

Está nevando de nuevo. No les he dicho que hace unas horas habrá pasado un quitanieves ni que el perro sigue con sus ladridos, puede que lo sospecharan o que oyeran a otro perro, no importa.

También me meto en algunos blogs para ver si están tan secos como el mío y veo que no:

Me encantan las entradas que dicen que abandonan, son, sin duda, mis favoritas. Prefiero cuando quien sea dice que se ha dado cuenta de que todo se hace por ego, lo que –se trata de gente que tiene más de cien entradas– es de una hipocresía deliciosa (¿cuando comienza el ego a ser ego y deja de ser lo que la gente tiene que saber de uno mismo?). En la que he encontrado, entre muchos tópicos, había una frase que empezaba (y terminaba, porque no hace falta decir más) así: Los españoles no tenemos remedio.
¡Cómo he salivado al verlo…! En fin, casi tres años dando vueltas a las páginas personales de la gente son bastantes para ver muchos lugares comunes, prácticamente todos; pero que en la última entrada, crepuscular, melancólica, de día de nieve, una se eleve por encima de la vergüenza propia y concluya que lo que pasa es que con los españoles no hay manera, eso es de Premio (nacional, por supuesto).

Debería haber escrito diciendo que era mi entrada (suya) favorita, pero yo también paso de hacer comentarios en los blogs. A cambio me he puesto a mirar otro rato por la ventana. Con los índices apuntando a la nariz y los pulgares juntos y oblicuos –no sé si saben la postura. Hacía muchos años que no nevaba así, y ésa era toda la reflexión de que era capaz.

Bueno, no sólo, también creo que los españoles somos la pera. Y que debería ponerme a hacer otra cosa que no sea satisfacer el ego. O que debería satisfacerlo, que para eso tengo un blog, o dejarlo indemne dando un buen portazo (Pero para eso no estoy listo porque será un portazo preparado, no me conformaré con un gracias por venir y unas cuantas reconvenciones, además, un portazo se tiene que dar un día de lluvia, no uno de nieve, hay mucha diferencia; la heráldica de la despedida estrepitosa merece un poco más de planificación y alguna amenaza previa).

1.1.09

Se terminó el confeti

Hablaba ayer con alguien de huelgas generales, grupos de poder, sindicatos. Después de beberme la última copa, me impuse –yo es que soy muy veleta– que probablemente no la habrá, no se moverán un metro. Brindamos porque no pasará nada y, en medio de la casa okupa que será desalojada, asumí que era momento de marcharse. (Me despedí –creo que lo hice–, balbucee unos abrazos y juntos llegamos hasta el vagón). En cualquier caso esta mañana estaba dormido, confiaba que ella me sacaría de la estación por una triste valla, como así fue, pero puedo ver las caras descompuestas de decenas a mi alrededor, un siete en la metafórica americana, mirando al cielo del metro, al fluorescente que parpadea, entreteniendo la vista en la chica del chuzo que duerme sobre el hombro de enfrente. Y las reales ganas de vomitar.

Se calza el traje de todas las nocheviejas para, a continuación, enchufarse una copita de champán y pintarse en el baño del tugurio-cuartel. “Salir de marcha” es parecido a hacer la mili, hasta que un día, como en el juego de las sillas, se empareja, Ford Focus, Partido Popular, Casa Coche Crédito, Hijos y horcas; sólo esta última imaginaria, aunque no siempre, porque algunas veces, ya saben... Cuaj (onomatopeya de cuello crujido).

Retorno al principio de cada año; quedan fuerzas para celebrar que, en efecto, se termina el vapor, que nos vamos quedando afónicos, poniendo viejos. De vuelta a cinco besos más multiplicados por cada mejilla conocida y a no saber bien qué decir a uno de cada cuatro.

Ayer, en lo que consideré más álgido, alguien me dijo que abriera la botella como los campeones. Nunca lo había hecho antes así que contesté ¿Por qué no? Agité el champán como un poseso, y más o menos con la misma cara rocié a quince, veinte personas, las que estaban cerca ¿Un idiota o alguien super divertido?

Fue antes de que me pusiera a hablar de laboral, sindicatos, criminales. Del otro final de la otra fiesta.