16.3.09

...Y me siento mejor

Yo me imagino a Stravinsky paseando por su pueblo. Y cada persona que se le cruza es, en su oído o en su cabeza, una tuba, un trombón o uno de esas flautas que pegan duro en el tímpano. Si compraba el pan, quien le despachaba era un pan-pan-pan, y si entraba una señora en la panadería era un chim-pon-chim-pon y luego su locura (porque pensar que no estaba un poco perturbado sería una falta de respeto hacia él) era otra distorsión ta-pi-pi-pi-ta-ta o ñi-ñi-ñií.

Yo creo que debía de ser algo así, en el caso de que Stravinsky tuviera ganas de salir a comprar el pan y darse una vuelta, que puede ser que, con ese ruido primordial que tiene, se lo mandase hacer a un camarero.

Me he levantado tarde y he visto que mi blog estaba viejo. Lo malo de los blogs son los de los demás: si desaparecen porque siempre se van los mejores, si no se actualizan, por el mismo motivo por el que las fotos viejas se ven una detrás de otra, porque solas son malas, pero en conjunto, bueno, en conjunto son pasables. Después de tomarme un café (ta-ta-ta-taaá) he decidido que debía ponerme a distraerles la atención.

Hay en esto de los gustos una fórmula que no se reconoce, que tiene que ver con los matices y los pesos. A mí me gusta la música, salir, la montaña, el cine, incluso leer… Lo mismo que a todo el mundo si se toman los elementos de ene en ene. A veces pienso que no me gusta la música realmente, es decir, me pongo en la barrita de search en este programa spotify y siento una desidia que juzgo bastante profunda. Y no es que no me sepa nombres de grupos, y no es que no me hayan entusiasmado muchos a lo largo de estos años, desde La Frontera hasta ese nuevo que mete tanta caña.

Esta mañana no me ha pasado, porque me preguntaba qué tendrían estos de spotify de Stravinsky y he visto que están muy bien surtidos. Pero bueno, es un ejemplo de algo que me pasa a veces, no hay que tomárselo al pie de la letra. Si te digo que también me pasa con lo que leo, estoy reconociendo que muy a menudo me da la impresión de que no tengo ni puta idea de escribir ni de (lo que quiero) escribir. Por eso que el blog se me amorre.

Si sigo el repaso de los ene elementos que me convierten en alguien poco depresivo diré que la montaña me puede gustar más o menos, me puede apetecer cansarme, pero casi nunca echo de menos subir un monte; con lo que no cuenta. Quiero decir, si echo de menos algo es la panceta a la parrilla, un trozo de tira, y si eso cuenta como montaña, valdría, pero creo que no. Y el cine, me gusta, lo malo es que casi todas las películas duran demasiado.

Cuando no me pasaba lo de escribir suficientemente avergonzado y, por tanto, escribía como un descosido y muy mal, solía ponerme la Consagración de la primavera y cuando hervía me imaginaba que estaba siguiendo la música y que cada personaje y cada línea eran un pa-pa-chin o un tururú-tururú o un ti-titititit-tii, y que estaba combinándolo como un médium o un vate; creía en lo irrefrenable de lo primitivo, soy un salvaje y todas esas gracietas que con 30 palos ya no valen (en realidad sólo valen si uno tiene entre diez y catorce años y va al conservatorio y le visten con corbata, que es como empiezan, creo, todos los malditos y muchos de los siniestros). Por fortuna, tengo un cajón profundo. Nunca llevé corbata.

Ahora, si me dieran a elegir lo que quiero hacer, aquello que dejaría fijo como testimonio en este blog, aquello que supere y resuma lo que he hecho, no querría que fuese un caos de voces captadas en la cola del pan, ni querría pasar por un primitivo; no, que ya sé que eso da vergüenza ajena, como las fotos de la adolescencia reverdecen la propia. Si es lo que tiene que suceder y, sobre todo, si puedo elegir, preferiría poner en la barra de búsqueda a Tarquinio Merula y que se me pegue algo de la Ciaccona, versión de Jordi Savall. Mejor pedante que primitivo, aunque si mañana pienso lo contrario no te preocupes que te lo diré. Es sólo una canción, como decían los Leño.

3.3.09

Mucha mierda

Espero que tenga que ver con que el autor de la obra que vimos el otro día se había trabajado poco el texto, porque, como dijo Ana, soy de los que prefiere disculpar la sinvergonzonería antes que la estupidez. Me pregunto ¿qué es mejor, que alguien gane una subvención reciclando cuatro textos que ha escrito después de haberse encajado unas birras, o que el mismo haya dedicado treinta mañanas de biblioteca, a razón de cuatro horas y doscientas páginas de Habermas, y presente un repertorio sin ilación, de clichés sobre sangre, angustia y modernidad? Reconozco que con lo primero suelo acusar menos vergüenza ajena, así que me refugio en esa posibilidad y decido que hay mucho caradura y que el patio está como está porque a nadie le importa una mierda lo que se dice mientras no se diga nada. Que era lo que decía ella, y yo aquí lo copio porque ninguno de los dos vivimos de las subvenciones y podemos… cómo se dice… compartir información, intertextualizar.

El triunfo de los egipcios está relacionada con la perversión de las ideas de libertad y democracia, aunque eso es otra historia; así, el idiota es el espectador, que no se levanta y se va cuando comienza la supuesta desnudez en la que se queda el moderno mientras lidia con sus canciones de los Doors –que equivalen a sus demonios– su acné y su sentimiento de soledad en la gran ciudad, y que aplaude, afora, recomienda y se cuelga la medalla de “haber entendido” algo que hay que ser muy idiota para no entender, ya que es de preescolar (con todo el respeto a los preescolares). Si eso es un análisis de la sociedad que te ha tocado vivir que venga Jim Morrison a verlo porque a mí tampoco me la dan, y mira que me gustaba el rock y el sentimiento de soledad en la gran ciudad cuando era un crío con más acné del que tengo ahora.

Desde aquella función en la que alguien llamó violador a Curro Jiménez (al que, al pobre, le tocaba hacer de Don Juan con litros de Dercos en la cabeza) y que acabó como el rosario de la Aurora porque Jiménez saltó de las tablas a las butacas –en la que fue la única demostración de que aún no era tan mayor para vestirse con capa y pololos–, y el convidado de piedra trataba de sujetarle para que no se comiera vivo al gracioso que le había insultado, y Doña Inés, una gran profesional, permanecía en la ventana, tal vez porque en esa apartada orilla se respirara mucho mejor que en la nube de guantazos en la que su inveterado amante repartía y recibía (porque hay que reconocer que, superada la impresión inicial, aquel espectador demostró que tenía un amplio repertorio de humillaciones); desde aquella vez, digo, y hace un taco de años, no he vuelto a ver en el teatro una provocación digna de tal nombre. Si no hubiera cundido entre el público ese poco de respeto a la profesión de artista (en un sentido super-integrador de la palabra), Don Juan, Don Luis Mejía, Don Diego y hasta Don Johnson (si hubiera estado allí) habrían terminado aplastados por una turba, porque la gente de mi instituto era pacifista, pero había alguno con tanta testosterona como para olvidarse pronto de ese punto folklórico y arrancarle la cabeza al actor para colgarla del peine, por muy ídolo de masas que fuera cuando se vestía de bandolero. Ya digo que al final se impuso la paz teatral, que consiste en que el espectador no se queja en el momento, aunque sale y le dice al de al lado “vaya mierda de obra”, a pesar de que, indefectiblemente, los dos hayan estado más de cinco minutos aplaudiendo; porque uno va al teatro a aplaudir, al fin y al cabo, aunque sea a aplaudirse a sí mismo por haberse dejado veinte pavos en una gilipollez. En plan irónico.

Desde esa vez yo no he visto un espectáculo comparable, lo que no quiere decir que no haya visto buenas obras, claro. Aunque las más de las veces han sido trampas con ínfulas como ésa de la que hablaba al principio. Puede que Curro J. se metiese en las calzas por falta de imaginación, porque se acercaba el 1 de noviembre o porque le apeteciera sentir otra vez el frufrú del percal sobre su vientre. Me puedo hacer cargo de lo que motiva a un viejo actor a blandir por última vez una espada de madera. Es mucho más fácil imaginarse eso que suponer que al autor moderno de la primera obra le interesaba algo más que no fuera recaudar molla por un pastiche de textos que se le habían apolillado en el escritorio y de refundiciones de poemas “a la manera de Bukowski”.

Elecciones

De B.P. Galdós, Fortunata y Jacinta

Allí brillaba espléndidamente esa fraternidad española en cuyo seno se dan mano de amigo el carlista y el republicano, el progresista de cabeza dura y el moderado implacable. Antiguamente, los partidos separados en público, estábanlo también en las relaciones privadas; pero el progreso de las costumbres trajo primero cierta suavidad en las relaciones personales, y, por fin, la suavidad se trocó en blandura. Algunos creen que hemos pasado de un extremado mal a otro, sin detenernos en el medio conveniente, y ven en esta fraternidad una relajación de los caracteres. Esto de que todo el mundo sea amigo particular de todo el mundo es síntoma de que las ideas van siendo tan sólo un pretexto para conquistar o defender el pan. Existe una confabulación tácita (no tan escondida que no se encuentre a poco que se rasque en los políticos), por la cual se establece el turno en el dominio. En esto consiste que no hay aspiración por extraviada que sea, que no se tenga por probable; en esto consiste la inseguridad, única cosa que es constante entre nosotros; la ayuda masónica que se prestan todos los partidos, desde el clerical al anarquista, lo mismo dándose una credencial vergonzante en tiempo de paces que otorgándose perdones e indultos en las guerras y revoluciones. Hay algo de seguros mutuos contra el castigo, razón por la cual se miran los hechos de fuerza como la cosa más natural del mundo. La moral política es como una capa de remiendos, que no se sabe ya cuál es el paño primitivo.