21.1.09

Creedlo porque es cierto

Desde hace un tiempo la comunidad en la que vivo va camino de convertirse en un sitio como Deadwood o en la Taza de oro en las horas posteriores a que llegaran los piratas. Su líder, a quien pueden imaginar incluso elegante, va camino de convertirse en un personaje inimaginable: si alguien lee todo lo que ha hecho desde que llegó a ocupar la posición que ocupa –antes incluso de que llegara, claro; aunque lo que asusta es lo que ha venido desde ese momento– tendría que disponerse a pasarlo mal como quien se prepara a asistir a una de esas películas en las que todo lo malo que puede pasar, pasa: una de ésas en las que el protagonista es raptado y, cuando logra escapar, es detenido por una patrulla que le vuelve a entregar en manos de sus secuestradores.

Pues aquí sucede día tras día. Levantes la piedra que levantes, siempre está la misma serpiente: hoy privatiza el Canal para desguazarlo y venderlo, mañana le quita a la Asociación de ayuda a víctimas de agresiones sexuales la subvención para dársela a una de esas empresas de servicios, que brotan como setas, y que han copiado con descaro el programa de las anteriores. Mires por donde mires ves a esa bestia que ingiere todo lo que funcionaba, se lo da a seis momias que apenas distinguen si hacen el mal para ganar dinero o si ganan dinero para comportarse inmoralmente (fíjense a qué grado de inocencia he de recurrir para explicar lo que ocurre, descendiendo hasta hablar del mal y la inmoralidad... Como un párvulo). Y la máquina sigue, acaso porque se ha propuesto ser bestia más que ningún otro, por pura aplicación o acaso porque su padre y su madre no le dieron todo el amor que etcétera. Ya digo que cuando se habla de ella uno siente la misma impotencia que cuando está a la mitad de una historia de Dickens.

Y luego está su cadena, su delirante órgano de expresión; es anecdótico pero ahí es donde conocemos lo que piensa sobre cualquier asunto, por doméstico o fútil que sea de lo que se hable. Antes de anoche estábamos viendo un reportaje sobre Barack Obama. Un reportaje comprado a algún medio extranjero. Tienen que fiarse, relativamente, de mí, porque no he buscado una copia literal de lo que decía; el caso es que hablaba de la adolescencia de Obama. El momento culminante llegó cuando el protagonista “se interesa por la cultura negra” lo que, para el guionista, consiste en que Obama “juega al baloncesto, comienza a hablar de forma chulesca, y consume drogas como la marihuana o la cocaína”[1].

La cultura negra, según Ella.

Detalles. Nimiedades. Claro. El documental era perfectamente laudatorio, al fin y al cabo se trata de un Presidente norteamericano: un tipo de personaje con los que esta depredadora se ha querido comparar últimamente. Detalles, sí, pero se subraya que Obama comienza a ser bueno cuando termina con la cultura negra; deja de decir "Hey Yo", deja de darle a los cigarros de la risa y se emplea en uno de los bufetes más prestigiosos de Chicago para empezar desde cero.

Seguramente la Señora no sabría ni de qué documental le estoy hablando; a ella le debió pillar en medio de una recepción de emprendedores, no tiene porqué revisar todo lo que ponen en su cadena (lo más tenebroso es que hay demasiada gente que adivina lo que le gusta y cómo tiene que hacerse). El problema lo tenemos yo. Porque sigo mirando y veo fantasmas y pienso que todo es como en funny games y que pase lo que pase voy a caer siempre en sus redes y que será aún peor de lo que me imagino. Me estoy empezando a cagar, esa es la verdad… Aquí donde vivo está muy oscuro. Sólo quería que quedara constancia.



[1] N. del T. “Cuando llegó a la adolescencia comenzó a interesarse por la cultura blanca: maltrató animales, exterminó etnias y esclavizó pueblos enteros y, por supuesto, consumió drogas como la marihuana y la cocaína”

13.1.09

Incoherente

—Mi incoherencia no tiene nada de nuevo. Pienso que hay que adaptar la moral al individuo. Cada uno debe fabricar su propia moral y aplicarla.

—Así es. Para ti, pues, ¿la incoherencia es una virtud?

—Yo no digo que sea exactamente una virtud, sino que sería una equivocación que el que nació indeciso vaya contra su naturaleza y se fuerce a sí mimo a tomar rápidas decisiones. Si lo hace, lo pagará caro y únicamente conseguirá salir perjudicado. Los indecisos deben seguir un camino que se adapte a su propia naturaleza.

Hay quien prefiere las ortigas. Junichiro Tanizaki (Trad. María Luisa Borrás)

9.1.09

Despedida sin remedio a los españoles

Avanzamos por un puro camino de nieve porque, en efecto el camino, antes delimitado incluso pintado, ahora se ha vuelto igual, salvo por los coches que insisten y dejan surco y queman el motor debajo justo de tu ventana. Yo sigo con la mano así así. Subimos me siento y comienzo y vuelvo a sonreír si veo que los del coche no han terminado aún de dibujar el surco. A veces los coches son tan estúpidos como sus dueños y ambos nos reímos hasta que te tienes que ir porque inventaron los metros para días como éste, supongo, cuando nadie tenía que andar más de un cuarto de hora para llegar al curro.

Hoy me levanto y nieva, ladra el perro, escribo (lo que puedo) sobre Gaza, me pongo a hacer una fabada, ahora me levanto para hacerme un té. Veo que nadie ha dejado de intentarlo a pesar de la nieve y me siento vagamente culpable por un texto que he enviado antes de tiempo, fuera de plazo.

El teclado sugiere que ya he comido Fabada, ya me he tomado el té y, al margen de hacer el baño –cierto termómetro de mi grado de civilización y respeto hacia mí, hacia nosotros– la tarde aparece como un vergel de oportunidades en el que esto es probablemente no sólo prescindible sino discutible, algo parecido a hablar con una antigua novia y ya no digamos quedar. No será como antes (y eso que antes no era muy bueno).

Está nevando de nuevo. No les he dicho que hace unas horas habrá pasado un quitanieves ni que el perro sigue con sus ladridos, puede que lo sospecharan o que oyeran a otro perro, no importa.

También me meto en algunos blogs para ver si están tan secos como el mío y veo que no:

Me encantan las entradas que dicen que abandonan, son, sin duda, mis favoritas. Prefiero cuando quien sea dice que se ha dado cuenta de que todo se hace por ego, lo que –se trata de gente que tiene más de cien entradas– es de una hipocresía deliciosa (¿cuando comienza el ego a ser ego y deja de ser lo que la gente tiene que saber de uno mismo?). En la que he encontrado, entre muchos tópicos, había una frase que empezaba (y terminaba, porque no hace falta decir más) así: Los españoles no tenemos remedio.
¡Cómo he salivado al verlo…! En fin, casi tres años dando vueltas a las páginas personales de la gente son bastantes para ver muchos lugares comunes, prácticamente todos; pero que en la última entrada, crepuscular, melancólica, de día de nieve, una se eleve por encima de la vergüenza propia y concluya que lo que pasa es que con los españoles no hay manera, eso es de Premio (nacional, por supuesto).

Debería haber escrito diciendo que era mi entrada (suya) favorita, pero yo también paso de hacer comentarios en los blogs. A cambio me he puesto a mirar otro rato por la ventana. Con los índices apuntando a la nariz y los pulgares juntos y oblicuos –no sé si saben la postura. Hacía muchos años que no nevaba así, y ésa era toda la reflexión de que era capaz.

Bueno, no sólo, también creo que los españoles somos la pera. Y que debería ponerme a hacer otra cosa que no sea satisfacer el ego. O que debería satisfacerlo, que para eso tengo un blog, o dejarlo indemne dando un buen portazo (Pero para eso no estoy listo porque será un portazo preparado, no me conformaré con un gracias por venir y unas cuantas reconvenciones, además, un portazo se tiene que dar un día de lluvia, no uno de nieve, hay mucha diferencia; la heráldica de la despedida estrepitosa merece un poco más de planificación y alguna amenaza previa).

1.1.09

Se terminó el confeti

Hablaba ayer con alguien de huelgas generales, grupos de poder, sindicatos. Después de beberme la última copa, me impuse –yo es que soy muy veleta– que probablemente no la habrá, no se moverán un metro. Brindamos porque no pasará nada y, en medio de la casa okupa que será desalojada, asumí que era momento de marcharse. (Me despedí –creo que lo hice–, balbucee unos abrazos y juntos llegamos hasta el vagón). En cualquier caso esta mañana estaba dormido, confiaba que ella me sacaría de la estación por una triste valla, como así fue, pero puedo ver las caras descompuestas de decenas a mi alrededor, un siete en la metafórica americana, mirando al cielo del metro, al fluorescente que parpadea, entreteniendo la vista en la chica del chuzo que duerme sobre el hombro de enfrente. Y las reales ganas de vomitar.

Se calza el traje de todas las nocheviejas para, a continuación, enchufarse una copita de champán y pintarse en el baño del tugurio-cuartel. “Salir de marcha” es parecido a hacer la mili, hasta que un día, como en el juego de las sillas, se empareja, Ford Focus, Partido Popular, Casa Coche Crédito, Hijos y horcas; sólo esta última imaginaria, aunque no siempre, porque algunas veces, ya saben... Cuaj (onomatopeya de cuello crujido).

Retorno al principio de cada año; quedan fuerzas para celebrar que, en efecto, se termina el vapor, que nos vamos quedando afónicos, poniendo viejos. De vuelta a cinco besos más multiplicados por cada mejilla conocida y a no saber bien qué decir a uno de cada cuatro.

Ayer, en lo que consideré más álgido, alguien me dijo que abriera la botella como los campeones. Nunca lo había hecho antes así que contesté ¿Por qué no? Agité el champán como un poseso, y más o menos con la misma cara rocié a quince, veinte personas, las que estaban cerca ¿Un idiota o alguien super divertido?

Fue antes de que me pusiera a hablar de laboral, sindicatos, criminales. Del otro final de la otra fiesta.