26.12.08

Un patético desahogo

Menos mal que hay personas que no se toman en serio lo de la bondad. Una de ellas, la ex bakalera acomplejada que ayer me hizo dar un parte al seguro por un roce mínimo, menos llamativo que la línea negra que llevaba pintada bajo el labio. Ella no atendió cuando le dije, mira tronca, es navidad, ¿por qué no te piras y lo olvidas?


La etnia de las ex bakalaeras ruines es difícil de tragar, no sé si las controláis; desde luego es mucho peor que otra que se llevó una larga temporada y que hoy ha desaparecido casi por completo, la de las ex heavys, éstas, detrás de una capa de inadaptación que, por otra parte, las hacía apetecibles, eran mucho más simpáticas: les ponía el flamenquillo, eran no sé, buenas tías, de esas de Dolores se llamaba Lola. Pero las ex bakalas almacenan más resentimiento; una dureza exasperada que ya sufrí con una ex jefa (que además de ex bakala fue ex teddy girl) imposible de desmontar poniendo cara de bueno, de aquí no ha pasado nada –es la actitud que las sulibeya por completo (“te las das de majo ¿eh?... Pues te vas a joder”).

Por supuesto, no corresponde generalizar: no todas las ex bakalas viven como aquélla, entre episodios de depresión y resentimiento; las habrá que salieron, que disfrutan enchufándose a Amy Winehouse, las hay incluso que no echarán de menos la droga, ni al tipo que trasegaba a su lado batidos de gimnasio y les hablaba de válvulas como prolongación de sus conversaciones acerca de biceps. Creo en la redención de un 80% de las ex bakalaeras, punto más punto menos; lo que pasa que del resto sólo puedo hablar pestes y deseárselas también. Para ser más gráfico: que el labio se les pudra, el rimel se vuelva piedra, en fin, nada como una maldición gitana: “Ojalá acabes como una sartén, con el culo quemao y colgao de un ojo”.

Claro que, si me paran por la calle y me piden explicaciones diré que era todo una licencia, prefiero que piensen que sigo siendo un tío pacífico (¿Se imaginan que hubiera escrito todo esto en serio? ¿Acaso no me tomarían por loco?) Sólo otro retrato pelín satírico contra esa gente a la que se le cruzan las claymore: tuvo una mala nochebuena, pobrecita; recordó cuánto le gusta la farlopa y que poco le satisface su trabajo –y yo estaba allí, al día siguiente, en el momento adecuado y con el parachoques equivocado.

Que conste que no escurro el bulto, es mi responsabilidad y tal. Pringo una vez por todos los golpes nimios que he dado aparcando, es justo. Pago también porque no sé discutir ni plantarme: mi sentido del ridículo me impele a que firme los papeles y me largue.

Dirán que la música electrónica es un arte y que las raves son una cultura; ¿Lo son? Bah, qué tiene que ver, seguramente nunca le gustó el bakalao, es una buena chica que la noche anterior le regaló a sus sobrinos unos Madelman, y siente como nadie el espíritu navideño. Con eso y todo, espero que se pudra su labio subrayado y…


*

Para la vuelta de vacaciones queda pendiente el tema del desastre social que estos divertidos episodios con desconocidos no hacen sino reforzar. Inútil tratar de evaluarse en una misma altura; sólo funciona la egolatría y, en algunos momentos, las maldiciones antes que la razón, antes que la confianza, que no han sabido crear un desahogo tan definitivo como el ojo de la sartén colgando de la alcayata. Para cuando vuelva queda ver si, en efecto, se trata de crear microclimas para asmáticos como el de la estación de Atocha.

16.12.08

El mundo a la mierda y vuelta al principio

Si como dicen, después de todo, la crisis no es sólo económica y hay un declive fundamental de las ganas de vivir del inconsciente colectivo (de las ganas de pervivir, se comprende); cuando la tierra nos arrumbe en el rincón de los desperdicios, una esquina que el hombre (y la mujer, pero sobre todo el hombre) creyó suya –el infeliz–; con todo y con eso, merecerá la pena haber vivido entre la gente.

Al margen de esta emotividad, no somos los mismos que fundaron eternidades, somos, en cierta medida, nuevos y, pese a serlo ahí está esa pulsión, quizá por eso mismo. No vale la pena darle muchas vueltas. Negar la catástrofe; una cosa es que no la sintáis, que no experimentéis la caída –es evidente que ninguno quiere hacerla explícita: aún funciona la historia del hombre que se cae desde lo alto del edificio (“hasta ahora todo va bien”)– negarla y sostened que nada ha cambiado, y yo repetiré con vosotros que la crisis deben pagarla los que la provocaron porque también lo pienso. La han provocado ellos, la sufriremos nosotros y nos matará a todos, uno detrás de otro, como en las viejas cuentas apocalípticas.

Frente al cómo sigue la película podéis echar raíces y dividir mejor la basura. Podéis leer cosas más documentadas, más optimistas, mejores. Hallaréis una objeción fundamental y es que no hay nada nuevo. Hay una tarde un poco diferente a las demás, un humor distinto, algo más de bilis. Una porción de nihilismo a favor de la extinción de este nanoproyecto y, cómo no, el enésimo anuncio del fin de las visitas por compromiso.

Y bien, ¿qué pasa? ¿Acaso no era bueno vivir entre la gente? ¿No podemos cantar una vez más el todo va bien? ¿No es Horacio el mejor escritor entre los vivos?

Claro que sí, joder, a nadie le amarga esta crisis; que la paguen ellos, faltaría.

Mirad bien bajo la parra, somos unos cuantos, muchos dispuestos a omitir esas minucias, tú y yo, tú por blanco y yo por teclado, dispuestos a seguir mientras el cuerpo de Miguel Ríos aguante, algo que, visto lo visto, es una eternidad. Casi al nivel de las antiguas eternidades, que ésas sí que eran largas.

11.12.08

El alma de empezar

Hay cosas que no comprendo a la primera, la eleusis es una, los ritos iniciáticos otra, (¿qué hay que comprender? –dirán– además, viene a ser lo mismo). Lo iniciático no es exactamente a lo que me refiero, hay un término alemán que no sé cómo buscar en Google que es el de la novela de aprendizaje (bildungsroman, no era tan difícil) y por ahí va la rutina del inicio (siempre prometedor, si no no sería inicio): el aquí estoy yo, motor de eso que ocurre a veces, a saber, que alguien de una edad indeterminada pero estúpidamente joven (tal vez de espíritu) entregue a la infecciosa curiosidad de los que le quieren un producto a menudo precipitado, errático, torpe, tendencioso, y muchas veces provocador de vergüenzas ajenas, a cambio de un poco de buena voluntad y quizá unos gramos de entusiasmo sin justificación. En una palabra, que alguien se preste a hacer el ridículo (porque Eliade lo dice mejor):

Todo lo que no es ridículo, es caduco. Si tuviera que definir lo efímero diría que es todo lo que es perfecto, toda idea bien expresada y bien delimitada, todo lo que se muestra racional y comprobado (…) Creo que una buena definición de ridículo sería ésta: lo que puede ser retomado y profundizado por otro[1].

Yo siempre he defendido (ejem) la importancia de participar. Por eso, el día que en un curso del paro oí decir que la gente que no sabe hacerlo no debería escribir, estuve a punto de levantarme y… Estuve a punto.

¡Noveles! ¿Acaso es ilícito que nos planteemos hacer sagas, o lo sería si quisiéramos continuar la novela de otro, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho? Los más sofisticados defienden que se puede escribir lo que se quiera y que otra cosa es publicar, es decir: desacralizan el acto reflejo para sacralizar el interior de una imprenta, lo más parecido al útero de las ideas (sic.).

Libertad, claro, pero libertad también para la vergüenza ajena, incluso para la acerba burla: la primera incursión tiene el deber de sospechar que será ridiculizada.

¿Se puede hacer, cada vez, un inicio? ¿Puede situarse uno, constantemente, en el territorio de los aprendices? Dirán: ¿Para qué? mejor es haberse explotado el acné. Para gozar de la indulgencia de uno mismo que es la mejor indulgencia a la que uno puede optar, para tenerse en consideración como una promesa, eterna la preciosa e inmaculada página recién completada, el sueño de la autoestima autosatisfecha, un día tras otro, ¿puede vivirse algo mejor? (recuerdo a una pareja que se abrazaba en el concurso de pintura rápida del retiro mientras miraban los cagarros con que habían estropeado un buen lienzo).

Eliade distingue entre el ridículo burgués, prefabricado, salto con red a la extravagancia (se me ocurren varios casos del cine español) y el ridículo completo. Entre estos pone el ejemplo del torpe que tira una taza de chocolate sobre las enaguas de la mujer deseada. Un ridículo imperial, significativo, emocionante.

El otro día estábamos ojeando un cómic contracultural que se llama el Alma de la fiesta. No estaba mal, pero se me ocurrió censurarlo y dije que me parecía ñoño; había dibujos que pretendían ser psicodélicos, flojos, algunas referencias a las drogas sin demasiada chicha, un tono medio-bajo de las historias; un qué se yo de desahogo estereotipado. Ahora no sé si la autora debería haber expuesto más, lanzarse definitivamente en pos de la incomprensión, o si yo quería que se atuviese a lo que está establecido en lugar de hacer esos dibujos, imitación penosa de un cubismo penoso, ridículo.

Sigo sin tenerlo claro, a pesar del puto Eliade.



[1] Mircea Eliade. El vuelo Mágico (recopilación). Trad. V. Cirlot y A. Vega.