26.12.08

Un patético desahogo

Menos mal que hay personas que no se toman en serio lo de la bondad. Una de ellas, la ex bakalera acomplejada que ayer me hizo dar un parte al seguro por un roce mínimo, menos llamativo que la línea negra que llevaba pintada bajo el labio. Ella no atendió cuando le dije, mira tronca, es navidad, ¿por qué no te piras y lo olvidas?


La etnia de las ex bakalaeras ruines es difícil de tragar, no sé si las controláis; desde luego es mucho peor que otra que se llevó una larga temporada y que hoy ha desaparecido casi por completo, la de las ex heavys, éstas, detrás de una capa de inadaptación que, por otra parte, las hacía apetecibles, eran mucho más simpáticas: les ponía el flamenquillo, eran no sé, buenas tías, de esas de Dolores se llamaba Lola. Pero las ex bakalas almacenan más resentimiento; una dureza exasperada que ya sufrí con una ex jefa (que además de ex bakala fue ex teddy girl) imposible de desmontar poniendo cara de bueno, de aquí no ha pasado nada –es la actitud que las sulibeya por completo (“te las das de majo ¿eh?... Pues te vas a joder”).

Por supuesto, no corresponde generalizar: no todas las ex bakalas viven como aquélla, entre episodios de depresión y resentimiento; las habrá que salieron, que disfrutan enchufándose a Amy Winehouse, las hay incluso que no echarán de menos la droga, ni al tipo que trasegaba a su lado batidos de gimnasio y les hablaba de válvulas como prolongación de sus conversaciones acerca de biceps. Creo en la redención de un 80% de las ex bakalaeras, punto más punto menos; lo que pasa que del resto sólo puedo hablar pestes y deseárselas también. Para ser más gráfico: que el labio se les pudra, el rimel se vuelva piedra, en fin, nada como una maldición gitana: “Ojalá acabes como una sartén, con el culo quemao y colgao de un ojo”.

Claro que, si me paran por la calle y me piden explicaciones diré que era todo una licencia, prefiero que piensen que sigo siendo un tío pacífico (¿Se imaginan que hubiera escrito todo esto en serio? ¿Acaso no me tomarían por loco?) Sólo otro retrato pelín satírico contra esa gente a la que se le cruzan las claymore: tuvo una mala nochebuena, pobrecita; recordó cuánto le gusta la farlopa y que poco le satisface su trabajo –y yo estaba allí, al día siguiente, en el momento adecuado y con el parachoques equivocado.

Que conste que no escurro el bulto, es mi responsabilidad y tal. Pringo una vez por todos los golpes nimios que he dado aparcando, es justo. Pago también porque no sé discutir ni plantarme: mi sentido del ridículo me impele a que firme los papeles y me largue.

Dirán que la música electrónica es un arte y que las raves son una cultura; ¿Lo son? Bah, qué tiene que ver, seguramente nunca le gustó el bakalao, es una buena chica que la noche anterior le regaló a sus sobrinos unos Madelman, y siente como nadie el espíritu navideño. Con eso y todo, espero que se pudra su labio subrayado y…


*

Para la vuelta de vacaciones queda pendiente el tema del desastre social que estos divertidos episodios con desconocidos no hacen sino reforzar. Inútil tratar de evaluarse en una misma altura; sólo funciona la egolatría y, en algunos momentos, las maldiciones antes que la razón, antes que la confianza, que no han sabido crear un desahogo tan definitivo como el ojo de la sartén colgando de la alcayata. Para cuando vuelva queda ver si, en efecto, se trata de crear microclimas para asmáticos como el de la estación de Atocha.

16.12.08

El mundo a la mierda y vuelta al principio

Si como dicen, después de todo, la crisis no es sólo económica y hay un declive fundamental de las ganas de vivir del inconsciente colectivo (de las ganas de pervivir, se comprende); cuando la tierra nos arrumbe en el rincón de los desperdicios, una esquina que el hombre (y la mujer, pero sobre todo el hombre) creyó suya –el infeliz–; con todo y con eso, merecerá la pena haber vivido entre la gente.

Al margen de esta emotividad, no somos los mismos que fundaron eternidades, somos, en cierta medida, nuevos y, pese a serlo ahí está esa pulsión, quizá por eso mismo. No vale la pena darle muchas vueltas. Negar la catástrofe; una cosa es que no la sintáis, que no experimentéis la caída –es evidente que ninguno quiere hacerla explícita: aún funciona la historia del hombre que se cae desde lo alto del edificio (“hasta ahora todo va bien”)– negarla y sostened que nada ha cambiado, y yo repetiré con vosotros que la crisis deben pagarla los que la provocaron porque también lo pienso. La han provocado ellos, la sufriremos nosotros y nos matará a todos, uno detrás de otro, como en las viejas cuentas apocalípticas.

Frente al cómo sigue la película podéis echar raíces y dividir mejor la basura. Podéis leer cosas más documentadas, más optimistas, mejores. Hallaréis una objeción fundamental y es que no hay nada nuevo. Hay una tarde un poco diferente a las demás, un humor distinto, algo más de bilis. Una porción de nihilismo a favor de la extinción de este nanoproyecto y, cómo no, el enésimo anuncio del fin de las visitas por compromiso.

Y bien, ¿qué pasa? ¿Acaso no era bueno vivir entre la gente? ¿No podemos cantar una vez más el todo va bien? ¿No es Horacio el mejor escritor entre los vivos?

Claro que sí, joder, a nadie le amarga esta crisis; que la paguen ellos, faltaría.

Mirad bien bajo la parra, somos unos cuantos, muchos dispuestos a omitir esas minucias, tú y yo, tú por blanco y yo por teclado, dispuestos a seguir mientras el cuerpo de Miguel Ríos aguante, algo que, visto lo visto, es una eternidad. Casi al nivel de las antiguas eternidades, que ésas sí que eran largas.

11.12.08

El alma de empezar

Hay cosas que no comprendo a la primera, la eleusis es una, los ritos iniciáticos otra, (¿qué hay que comprender? –dirán– además, viene a ser lo mismo). Lo iniciático no es exactamente a lo que me refiero, hay un término alemán que no sé cómo buscar en Google que es el de la novela de aprendizaje (bildungsroman, no era tan difícil) y por ahí va la rutina del inicio (siempre prometedor, si no no sería inicio): el aquí estoy yo, motor de eso que ocurre a veces, a saber, que alguien de una edad indeterminada pero estúpidamente joven (tal vez de espíritu) entregue a la infecciosa curiosidad de los que le quieren un producto a menudo precipitado, errático, torpe, tendencioso, y muchas veces provocador de vergüenzas ajenas, a cambio de un poco de buena voluntad y quizá unos gramos de entusiasmo sin justificación. En una palabra, que alguien se preste a hacer el ridículo (porque Eliade lo dice mejor):

Todo lo que no es ridículo, es caduco. Si tuviera que definir lo efímero diría que es todo lo que es perfecto, toda idea bien expresada y bien delimitada, todo lo que se muestra racional y comprobado (…) Creo que una buena definición de ridículo sería ésta: lo que puede ser retomado y profundizado por otro[1].

Yo siempre he defendido (ejem) la importancia de participar. Por eso, el día que en un curso del paro oí decir que la gente que no sabe hacerlo no debería escribir, estuve a punto de levantarme y… Estuve a punto.

¡Noveles! ¿Acaso es ilícito que nos planteemos hacer sagas, o lo sería si quisiéramos continuar la novela de otro, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho? Los más sofisticados defienden que se puede escribir lo que se quiera y que otra cosa es publicar, es decir: desacralizan el acto reflejo para sacralizar el interior de una imprenta, lo más parecido al útero de las ideas (sic.).

Libertad, claro, pero libertad también para la vergüenza ajena, incluso para la acerba burla: la primera incursión tiene el deber de sospechar que será ridiculizada.

¿Se puede hacer, cada vez, un inicio? ¿Puede situarse uno, constantemente, en el territorio de los aprendices? Dirán: ¿Para qué? mejor es haberse explotado el acné. Para gozar de la indulgencia de uno mismo que es la mejor indulgencia a la que uno puede optar, para tenerse en consideración como una promesa, eterna la preciosa e inmaculada página recién completada, el sueño de la autoestima autosatisfecha, un día tras otro, ¿puede vivirse algo mejor? (recuerdo a una pareja que se abrazaba en el concurso de pintura rápida del retiro mientras miraban los cagarros con que habían estropeado un buen lienzo).

Eliade distingue entre el ridículo burgués, prefabricado, salto con red a la extravagancia (se me ocurren varios casos del cine español) y el ridículo completo. Entre estos pone el ejemplo del torpe que tira una taza de chocolate sobre las enaguas de la mujer deseada. Un ridículo imperial, significativo, emocionante.

El otro día estábamos ojeando un cómic contracultural que se llama el Alma de la fiesta. No estaba mal, pero se me ocurrió censurarlo y dije que me parecía ñoño; había dibujos que pretendían ser psicodélicos, flojos, algunas referencias a las drogas sin demasiada chicha, un tono medio-bajo de las historias; un qué se yo de desahogo estereotipado. Ahora no sé si la autora debería haber expuesto más, lanzarse definitivamente en pos de la incomprensión, o si yo quería que se atuviese a lo que está establecido en lugar de hacer esos dibujos, imitación penosa de un cubismo penoso, ridículo.

Sigo sin tenerlo claro, a pesar del puto Eliade.



[1] Mircea Eliade. El vuelo Mágico (recopilación). Trad. V. Cirlot y A. Vega.

24.11.08

Me tostaré pero ataco

Llevo unos cuantos días dándole al tema del Opus Dei. Hablé con un tipo que me contó que gobiernan el mundo, pero yo creo que son bastante mediocres. También es triste que gobiernen en su casa, como decía aquél.

Cada vez que hablaba con alguien del asunto (ha sido una semana y aquí lo prorrogo porque el blog va que ni pintado para enrollarse)… Cuando iba y le decía que a Montalvo le mola el Opus el alguien me daba otros tres nombres o me contaba que en su pueblo había un colegio y que los niños que buscaban mitras por los alrededores eran secuestrados, que con sus globos oculares hacían óbolos a Luzbel y con el resto alimentaban a los numerarios –un tipo de animal decadente al que no da el sol, que se envuelve en corsés de pinchos y mastica con las fauces abiertas… Ya digo que hay mucha leyenda. Pensar que los numerarios son hombrecillos entrañables que hacen el bien y cantan a los pájaros, además de que tiene mucha menos gracia, tampoco se adecua exactamente a lo que todos sabemos de la Obra.

Lo que sabe cualquiera que haya aprendido a gatear sin un Dios es que son cursis, trepas, feos.

Dirás que generalizo y sin embargo, en este caso, puedo demostrarte que no sólo es que lo sean (en un 80%) sino que además su deseo es ser así, precisamente por que su máximo anhelo es parecerse al burro, perdón, al burrito humilde de Barbastro. Dices que parto de premisas falsas, ¿Cómo sé que era así? ¿Acaso lo conocí?

En los tiempos de Youtube éso se sabe en menos de lo que tarda en persignarse un goliardo, si además lees dos líneas de Camino sobran explicaciones:

Aquí cuando se traviste de un Harry Powell[1] avant la lettre:

"Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!"

En la misma línea:

"Donde no hay mortificación, no hay virtud".

Aquí, merendándose la de F.F.:

"Tras la guerra viene la paz. ¿Y qué es la paz? La paz es algo muy relacionado con la guerra ¡La paz es consecuencia de la victoria!"

Sólo he conocido una familia de la que decían “ésos son del Opus”. En efecto, eran asquerosamente cursis y trepas y, una vez que veíamos un partido de fútbol al lado de ellos, el padre le sacudió al hijo una toña del quince porque su cabezón no nos dejaba ver los regates de Amavisca. Gracias al tiempo les he perdido el rastro. Tal vez están en uno de esos castillos con torres afiladas en lo alto, puede que se hayan arrancado los ojos para ver o que pasen día y noche tiñendo sepulcros con viejos botes de tippex, de esos que ya no se ven.



[1] Robert Mitchum en La Noche del Cazador.

12.11.08

Libelos ejemplares

Se llega hasta decir que brilláis en aquellos lugares y por bromas en que el mal gusto excede a toda creencia. Las gentes que se interesan por vos, ya que se encuentran hasta en estos salones, os han hecho el honor de tomar estas palabras por agudezas aprendidas. “El vizconde de Malivert es joven –han dicho-; habrá visto desplegar esas bromas en alguna reunión vulgar, para llamar la atención y hacer brillar el placer en los ojos de algunos hombres groseros”. Pero vuestros amigos han destacado con dolor que os tomabais el trabajo de inventar en aquel sitio vuestras expresiones más indignas. En fin, el escándalo increíble de vuestra pretendida conducta os ha valido una celebridad desgraciada entre lo que París encierra de jóvenes del más bajo tono.[1]

Dice que abandona los antros, que c’est fini; que, a un tris de cumplir los treinta, cree que va siendo hora de que deje de asistir al espectáculo de la grosería –trabajo, trabajo, trabajo- dice que sabe la receta, incluso le encuentra la gracia a levantarse pronto, a aprovechar la jornada; lo dice el martes, ya veremos el fin de semana. Vio brillar los ojos de la risa a alguien y se lanzó -con la diferencia de que no tiene un carácter especial como el vizconde, es más, honestamente, pienso que no ha inventado expresiones ni dignas ni indignas, con suerte inventó un título que, es consciente, le robará alguien más trabajador: Libelos ejemplares.

A veces le preguntamos, creo que con buena intención y todo, por lo que estuvo haciendo durante tres años –convenimos en llamarlo novela- así que le preguntamos por la novela. Por un lado los hay que no creen que la haya terminado (como si eso fuera lo difícil) y luego estamos la inmensa mayoría, es decir tres o cuatro, que la damos por cerrada. Le explicaba a uno el otro día (lo oí pero no le dije nada por los motivos que luego explicaré) que su ilusión es que alguien, una sola persona, encuentre el manuscrito algún día y se la lea del tirón: para que funcione tiene que ser alguien a quien él no conozca -y para que le pueda gustar deberá ser alguien que no conozca muy bien el idioma- apuntó entre risas que el otro no supo cómo tomar.

Leyendo por ahí los métodos de algunos escritores descubrió que los hay que se levantan a las seis de la mañana (o antes) para estar dale que dale. Él en cambio, apura en la cama –tiene un trabajo que se lo permite- hasta las nueve o las diez; no tiene prisa y muy a menudo tampoco tiene tiempo. En resumen, no es algo demasiado vocacional y por supuesto tampoco vital. Para que no desesperara, le conté una frase de Stendhal que había leído por ahí. Algo así: “si mi amigos me hubieran dicho lo fácil que era, habría escrito muchas más novelas”.

Supongo que estaba de coña, claro. De hecho, ¿alguien ha oído hablar de lo amigos de Stendhal? Sí, Balzac le leyó la Cartuja de Parma y se quedó atónito, ¿quién no? Pero no creo que se refiera a él como un amigo (había mucha diferencia de edad, creo). Stendhal acabó en Italia, imagino que bebiendo discretamente pastís en algún salón. Todos sabemos que en esos salones se hablaba mucho de arte, se oían cuartetos y quintetos (lo normal) y se ensayaría algún poema o una representación para aliviar el tedio, pero de ahí a que fuera algo sencillo hacer El Rojo y el Negro por sextuplicado hay una distancia sideral. Se trata, pues, de una frase muy stendhaliana.

Por ese motivo yo prefiero no darle consejos, porque no sabes si te los va a devolver como una pedrada. Alguien que ha inventado un título tan decente como Libelos ejemplares quizá tenga fuerzas, en la segunda mitad de su vida, para sacar una frase decente, de esas que hace que brillen los ojos de los groseros; y si ando incordiándole, dándole consejos o pidiéndole que se levante antes o, simplemente, que se ponga, puede que la piedra me la lance a mí: estos susceptibles son muy suyos. Suelen llevarte a su terreno.



[1] Armancia. Stendhal.

10.11.08

Flaqueando

Oid, el González Pons, ese tío del PP ¿De qué va? ¿Vosotros lo sabéis? El tío parecía estar mandándole un mensaje cifrado a su madre. Pues no va y dice que lo que chamulla la reina en el libro ése es lo que piensan muchas señoras de 70 años (le faltó decir “muchas viejas cotorras”). Pons me recuerda al protagonista de un cuento de Ignacio Aldecoa que se llama Los Bisoñés de Don Ramón:

Acabó el bachiller con sobresalientes. Acabó su carrera de Derecho con notables y se afilió a un partido político moderado, aburrido, triste y feo. Cuchín daba jabón a su jefe:

—Don Francisco, muy bueno su editorial de hoy. ¡Qué nervio, Don Francisco! Don Francisco, así acaba usted con la oposición en un mes. Don Francisco, esta noche tenemos fiesta en mi casa ¿Podrá usted acudir? Mire, Don Francisco, que la fiesta es en su honor.

Creo que le estaba tocando la moral a su señora madre y en medio se cruzó su partido y el otro. Pons debe pensar que esto es una democracia o algo parecido, y que si la reina dice lo que le sale del papo, él puede hacer lo propio. Después de tanto tiempo no sabe quién manda en casa. Se le ve muy europeito. Yo creo que no encaja con el capilleo y las capeas, pero no voy a ser yo quien lo diga, más que nada porque no quiero acabar pareciéndome a Antonio Burgos.

*

A Barack Obama le pasa como a Zapatero, que se beneficia de que la gente piensa que los flacos somos más honrados. Antes no era así; los flacos, en las novelas de Dostoyevski estaban todos locos –¡místicos!- pero ninguno habría podido ganarse la confianza del pueblo (sólo de los niños, recordar el final de los Karamazov). No es que se lleven los mandatarios orondos pero venimos de un tiempo en el que ha primado la mesura, el justo término medio. Los líderes flacos triunfan en los malos tiempos porque parecen lanzar este mensaje: “eh, yo sé lo que es pasar las de Caín, ¡salgamos juntos de aquí!”

Sin embargo, es una gilipolléz. Creo que ya sabéis por qué… Así que el otro día estaba en el autobús haciendo como que leía, y me tope con esta frase que ya la he soltado en otro sitio en el que también me quiero hacer querer:

Las personalidades admirables en quienes se personifica el sistema son bien conocidas por no ser lo que son; han llegado a ser grandes hombres descendiendo por debajo de la más mínima vida individual, y todos lo saben.[1]

*

Otro escuchimizado celebra aniversario estos días, y en el periódico han hecho una ronda de preguntas a algunos escritores sobre cómo prefieren catarlo, si en la cama o en la mesa. Hay uno de ellos que contesta indignado y se muestra bastante sarcástico: “parece mentira que un periódico como el vuestro se una al proceso de santificación de Bolañez, flaco favor hacéis a la cultura alimentando el mito, sois unos snobs, os odio”.


No le falta razón, al tipo. En fin, yo soy bolañecista a tope, eh, que nadie sospeche de mí porque yo ya me he caído del caballo y me he rebozado por el lodo; pero de todos modos creo que nadie se ha planteado hacer un especial de seis páginas sobre Mújica Laínez o sobre Manuel Puig y nadie en su sano juicio se plantearía hacer un elogio de Vargas Llosa -¡vade retro!

*

Y ya por último, crónica social. Llegó el postergado momento de reencontrarse con los compañeros de cole. La peña ha hecho piña en el facebook y los colaterales nos acercamos a un bar para guiris (¿por qué esta clase de eventos se hacen en bares que son como decorados, como las Cuevas de Luis Candelas y otros peores?); a algunos les he visto de vez en cuando, a otros sin embargo no les volví a ver desde que salí del colegio (que fue como dos o tres años después de que saliera oficialmente). Yo creo que ya sabéis lo que significa este rollo: palmaditas en la espalda, qué gordo, qué calvo, qué guapa, qué decadente, etc.

Yo fui de los decadentes. Venía de otro bar con el morro ardiendo y sólo se me ocurrió ponerme a decir barbaridades, a gritar tonterías a voz en cuello y escucharme lejanamente, apuntando, minucioso, los detalles de la pérdida de papeles más absurda en el momento menos apropiado. No sé si recordáis el comienzo de Ampliación del Campo de Batalla, bueno pues más o menos igual.

Terminé leyendo el Metrópoli en la parada del bus.



[1] La Sociedad del Espectáculo. Guy Debord. No pone de quién es la traducción.

17.10.08

Nombre y apellidos

El presentador de Telemadrid de las noches -ya he hablado una vez de él- es el gran patán del equipo de Esperanza. Según una amiga de una amiga que trabaja allí, el tipo es alcohólico. El miércoles le vimos un gesto como si estuviera a punto de vomitar. No es eso lo que vengo a contar (introducimos un tema con un caso concreto para ir después a la generalización), el caso es que el tipo impresentable, que sólo está ahí porque es de derechas, había entrevistado a Cristóbal Montoro (el ex ministro con cara de Smithers) y se despidió de él llamándole Señor Montalvo:

—Buenas noches, señor Montalvo.

Se quedó tan pancho.

Yo si fuese Montoro hubiera llamado inmediatamente a Esperanza Aguirre para pedirle la cabeza del chuzainas. Una cosa es que te nombren mal si tú no estás (aun recuerdo cuando José Ribagorda llamó Julio Llamazares a Gaspar Llamazares, como síntesis libresca entre Anguita y su sustituto); si no estás es un lapsus, pero si estás, si has accedido a conceder la entrevista, si eres alguien… No hay fe de erratas ni excusas en privado posibles: es necesario un arrepentimiento televisado y es conveniente el cilicio, de lo contrario el agredido (porque para un político es una agresión al ego) se verá en la obligación de denunciar a ese busto al que le canta el pozo a chinchón y equivoca el nombre de nada menos que un ex ministro de Aznar ¡de Aznar!

En lo puramente vivencial, yo estoy bastante acostumbrado a que la gente no recuerde mi nombre. Prefiero que me llamen campeón a que me llamen David, pero ninguna de las dos opciones me parece deseable. El apellido lo cambian, normalmente por Elordi. Con eso hay que tener más manga ancha. Al fin y al cabo, salvo para los compañeros de colegio e instituto, el apellido es el último recurso de las relaciones, un denominador distante y blanco, aunque se equivoquen se aprecia una voluntad de neutralidad. El apellido supone el final de una espera o un tipo de reconocimiento inesperado (¿el mismo Elorduy de tresvisitas.org?). Para alguien anónimo, claro, porque para Montalvo el apellido lo es todo, a pesar de que Cristóbales no hay muchos en estos tiempos.

Me pregunto si el mundo no sería mejor si tirásemos más de apellidos que de nombre. Es decir, si nos afrancesáramos un tanto y la gente volviera a utilizar el usted. Me lo pregunto porque soy de los que piensa que es mejor ser seco y correcto que pasar por un gracioso vacilón o ir de borracho coloquial, como el presentador del noticiero. Hoy he comprado en una carnicería y me ha despachado un gracioso vacilón. Tal vez sea por eso que prefiera el usted: menos proximidad equivale a más respeto. No sé, son teorías, generalizaçaos.

Me pregunto eso pero me da bastante igual. Quizá la clave sea no hablar demasiado con la gente y menos en la parte de abajo de Moratalaz, donde parecen aglomerarse los peores. Los típicos que entran en el bar y antes de que hablen ya sabes… Ya sabes. Entra un tipo al bar y hojea la portada del Mundo y dice “Este Garzón se ha vuelto loco. Valiente cabrón” Y te ponen en el insólito trance de defender –obviamente para ti- al cabrón del juez.

Insólito como estar hablando de respeto o como que sea yo el que sabe perfectamente que Montoro no se apellida Montalvo, y que no lo sepa un tipo que está ahí cobrando una millonada sólo porque cacarea lo que dicen los de su cuerda. Poco respeto, poca profesionalidad. ¿Quién iba a decirte que acabarías reclamando esa clase de valores?

8.10.08

Suponer y suponer

Pensaba que era joven para militar, pero aquí estoy, como único militante de Tres Visitas.org –se descubre que fue un descuido comenzar a escribir en un blog, sin embargo… Sin embargo ¡ni pa’ tomar impulso!, inasequible al desaliento, pedaleando hasta la derrota final. La gente de mi grupo anda con el runrún: unos piensan que se me ha olvidado poner citas, otros que siempre las puse para suponer (concepto galdosiano del término: 2.). Respondo que las citas como la tierra, las ideas y las otras citas son para quienes las trabajan. Van más allá e insisten, y yo les suelto una que no tengo que transcribir:

El elemento autobiográfico no lo descarto; descarto la literatura confesional por sistema, y sobre todo la sinceridad como valor literario.

Van más allá, siempre piden más (la militancia es como una tenia). Dicen ¿eso es lo mejor que has encontrado? Y yo les digo que no, lo mejor es otra cosa, pero hay que contextualizar, de hecho hay que hacer un post ad hoc sobre la movida barcelonesa, (¡el compañero escurre el bulto! Claman) Y yo, pusilánime busco, corto y pego:

Es baratísimo y mediocremente esteticista enfrentar la retirada de la cansada “gent divine” hacia sus casas con el amanecer de la población obrera de la ciudad industrial, tan burda y grotesca como enfrentar el cromo del rebelde de provincias, morado de tinto, al del campesino de los alrededores, que se levanta a aquella misma hora porque oye quejarse a la cerda.

Me dicen que es pequeñobloguer colocar dos citas distintas del mismo autor, pero otros compañeros están muy entretenidos mirando el texto, analizando si es conveniente o no utilizar la palabra “cerda”. Vázquez Montalbán lo hubiera puesto más fácil si en lugar de cerda hubiera puesto cerdo, medito. Me piden que no medite porque Tres Visitas no es un escenario para que cada quien suelte su pedrada: lo dejamos suficientemente claro entonces (entonces es el primer post, entonces todavía no sabía que todo eran pedradas y amasar viento) y sin embargo, mientras sueltas tu pedrada, miras atrás y hay algo que no te convence del todo (¿porqué no haces caso a ese pequeño matiz que se te instala?) Porque uno siempre tiene la sensación, y eso tal vez lo dijo Montalbán, tal vez fue Bolaño, de que no ha escrito lo que se merecía escribir. Antes de ser demasiado estrictos con el compañero (digamos quizá camarada) es mejor que publique: publicar es digerir y que yo sepa todos digerimos, a pesar de que no hayamos comido precisamente delicatessen.

¿Tienes algo en contra de las acelgas con patatas, especie de pequeñoburgués?

Por supuesto que no, sólo digo que.

(Y veo que continuará ad infinitum)

Por supuesto, estoy muy contento. No tengo ninguna queja.

Evitemos sin embargo el exceso de entusiasmo ni las loas a la propia vida, que de ésas ya se encarga mi amigo Jacobo. Mal que bien, en mi colectivo monográfico me aceptan con esos tics de pequeñobloguer/pequeñoburgués. Nadie regala flores: a la militancia hay que currársela cada cierto tiempo, sea una o sea trina.

5.10.08

Otra de bares

—¿Para qué querría alguien ser presidente de los EE.UU.?

Pienso que voy a asistir a una espectacular lección de retórica y entonces meneo el culo en la silla y la miro con los ojos vacíos a ver si me da la respuesta. Pero ella se calla como si fuera yo el que tuviera que saberlo y entonces uso la voz de alguien que no quiere decir tonterías (una voz tan firme como baja) y digo: ¿por poder? ¿para defender los intereses de los que le han puesto ahí? Ella sopesa la respuesta y la descarta de la misma forma con que le ha dicho a los de al lado que la silla en la que tenemos los abrigos está ocupada (empieza a hacer frío). Nah, tiene que haber algo más. Ahora me crezco: estoy seguro de que cualquier persona que trabaje para llegar a ser presidente de un país -el que sea- lo hace porque tiene ansia de poder o para satisfacer a aquellos que le han satisfecho ese deseo antes (es decir, puede que no quisiera ser presidente pero hay un momento en el que ya no puede elegir porque antes quiso ser alcalde, ministro, senador, whatever). Bueno, si tú lo dices –contesta- (si tú lo dices, no. Di tú algo y que empiece la discusión) Yo sólo digo que tiene que haber algo más.

En el caso de McCain (¡Por fin un caso real!) No, mejor, en el caso de Obama (…) Bueno, poniendo por caso que hubiese salido Hillary Clinton en las primarias, ¿tú crees que alguien que se ha ido de un sitio como la Casa Blanca va a volver sólo para hacer felices a unos cuantos capitostes? Dices poder pero se me ocurre que existe un motivo secreto, una especie de conjura (Skull and Bones) que los impele a seguir en la brecha cuando se podían dar la vida padre: sangre, fuego, sepulcros blanqueados, miedo... En el caso de McCain, que tiene ochenta y pico años, que ha estado en la guerra, fácilmente se podía haber quedado en su casa ¿sabes lo que te quiero decir? (sepulcros blanqueados, deudas, miedo)

Ahora meneo el culo porque no sé ni lo que quiere decir ni si me interesa lo que va a decir.

A ella le da igual.

En el caso de ZP. (Le digo que así es como le llaman lo fachas. Le da igual) ¿Por qué quería ser presidente? A un presidente o se le notan las carencias o se ve cómo le luce el pelo, una de dos. Lo segundo es una putada para los que lo padecen, pero lo primero es trágico para el presidente (a menos que sea manifiestamente subnormal) y, sobre todo, para su pobre familia, que tiene que escuchar eso de: tu padre no sabe nada de economía o, tu padre es un pelele en manos de Botín.

Le digo que nadie sabe si Aznar sabía realmente de economía. Vuelve a poner la cara de antes: ¿y a quién le importa? A Aznar no le pilló el comienzo de una crisis.

Reconozco que a Zapatero no parece el típico que quiere ser presidente para acumular poder –el pobre ya no parece tener fuerzas para eso-, así que le vuelvo a explicar que debe muchos favores y que sólo puede pagarlos ejerciendo de maestro de ceremonias. El presidente –tal vez lo digo demasiado alto- es un mayordomo que ve que el salón se le llena justo el día que ha dado libre a la mitad del servicio.

Los de la mesa de al lado me miran y ella se hace la despistada o tal vez les dice que he bebido mucho.

Sea como sea, vuelvo a abrir los ojos y me quedo aguardando su respuesta mientras le hace ojos a uno de los camareros y va a comprar tabaco y a mear. Como no nota que espero otra de sus frases me permito tirarla de la manga y ensayar otro brindis: el presidente es el soldado al que el coronel asciende para que cargue con sus culpas por haber abandonado al pelotón.

Definitivamente se ha marchado. Toqueteo las colillas del cenicero. Cuento hasta veinte. Carraspeo. Tiro de nuevo de su manga y me pregunta que qué quiero.

"Quiero saber qué interés puede tener alguien en convertirse en presidente de los EE.UU."

Comienza con voz cansada: te lo voy a explicar, pero te pido que esta vez no me interrumpas.

29.9.08

La etapa es sueño

Es la historia de alguien que pierde el último metro a casa. Lleva una bicicleta (que le ha impedido correr para cogerlo). Puede volver sobre sus pasos o montarse y pedalear. Pedalea. No sabe cuál es el camino (no piensen que se trata de una historia urbana, ahora hay metro en los pueblos). Pregunta un tanto avergonzado y le dan vagas ideas de por dónde se llega al suyo. Tan vagas que se pierde. Para en una fábrica de polígono que tiene garita, dos vigilantes y dos perros. Le dicen que esa carretera lleva a Coslada y da la vuelta. Lleva casco aunque va sin más luces que los reflejos de sus pedales. Aún no ha recordado que en las alforjas tiene una camiseta de fútbol, blanca y brillante, que puede ponerse encima de la sudadera negra (no se trata, como ya habrán adivinado, de alguien precavido, ni siquiera de alguien que use mucho la bici).


Cuando regresa a la estación terminal decide intentarlo de nuevo. Se detiene en una gasolinera y le pregunta al dependiente. Éste no evita que su voz se llené de compasión y/o incredulidad: son bastantes kilómetros –le advierte- piénsalo bien –parece decir- ¿Cuántos? ¿Veinte? Pregunta el ciclista. El otro recula: no, veinte no son, pero once o doce, sí. El ciclista le da las gracias y dedica las siguientes seiscientas pedaladas a calcular medias y tiempo, en definitiva, a darse ánimos con la ayuda de la pseudociencia que da haber visto alguna etapa del tour por la tele. Sigue la ruta esperanzado. La bicicleta es un vehículo para vivir alegre -salvo cuando llega la agonía- y por eso canta o más bien recuerda trozos de canciones. Con un verso del Señor Chinarro (por el barranco divisas/ las luces de un pueblo entero) gestiona los siguientes tres kilómetros.


Después de todo, tiene algo de suerte. La noche no es oscura. Por esa carretera apenas pasan coches. Aunque la bicicleta está cascada y los cambios se resisten, no se le sale la cadena.


Se detiene. Ha recordado que lleva la estridente camiseta de fútbol. En un periquete, se la coloca y tira de nuevo, con la seguridad que le da pensar que ha puesto todo de su parte para que los conductores no le asesinen sin querer. Atraviesa desmontes, supera casetas de obras abandonadas, sigue a través de las rotondas el camino de Mejorada, hasta que aparece, difuso primero y después hermoso, el rótulo que anuncia en dos palabras el nombre de su pueblo, de su casa (de ella). Incluso la bicicleta se encabrita (¿estará contenta?) en la raqueta que le acerca hacia allí. Cuarenta respiraciones acompasadas le llevan a un poblado, o el arrabal de un poblado, llamado el Cañaveral, donde unos gitanos están sentados y le ven pasar –alguno incluso le grita algo que no oye. El poblado se termina y vuelve a la flora seca.


Por fin, se acerca a un puente que cruza una carretera que no reconoce. Otra vez la alegría impresa (más emocionante que cualquier libro) y al llegar al final del puente, las luces del pueblo (¿A cuánto? ¿Tres kilómetros?). Cuando toma el desvío, aparecen los síntomas de la gestión municipal: vallas, setos, pasos de cebra.


Antes de alcanzar los primeros chalets llega la peor cuesta, un kilómetro al seis o siete por ciento (de nuevo la pseudociencia). Corona exhausto y se pierde por las urbanizaciones. Ya no importa, Hay carteles. Y el viejo camino –el que puede hacer de memoria- reaparece una hora y cuarto después de que el metro se escapase. Recupera su civilización. La rueda firme hacia él mismo. El reloj, otra vez. Lejos de esa extraña vegetación, de esos espacios oníricos que rodean su pueblo.

27.9.08

Apuntes incomprensibles de lo que ayer hablaban

En el Bosque de la noche, de Djuna Barnes hay una barahúnda de bares metafóricos y de calles negras que al principio me recordaron a Gómez de la Serna y que me costó situar línea a línea (no puedo decir que lo haya logrado completamente). Hay, y por eso vale la pena el esfuerzo, una sublime descripción que dura varias páginas:

Tenía una constante rapacidad por los hechos históricos; era ávida y desordenada de corazón. Con su pasión por ser persona profanaba el sentido mismo de la personalidad (...) Quería ser la razón de todo y no era causa de nada (…) Era maestra de la frase melosa y del abrazo apretadísimo (…) Nadie podía ser un intruso con ella porque no había lugar para la intrusión[1].


He conocido a un par de Jennys Petherbridge que reparten, pródigas, abrazos y frases melosas. Las veo frecuentemente, en la puerta del metro, leo sus comentarios, en fin, es fácil que aparezcan a cada paso, aunque no con tanta precisión como en el libro de Djuna.


Anoche me tomé algo con los nuevos compañeros de curro, fuimos a un bar y nos pusimos a hablar de Facebook y después de Messenger, blogs, my space, etc. El Cheka decía aquello de donde-se-ponga-un-bar, y yo, que a esas alturas había pasado de la cerveza al tequila y al único ron (tenía que llegar pronto a casa), dije que lo mejor de la gente son sus caras de incomprensión “es algo que nunca podrá verse en Internet –lo más parecido es el silencio bloguero”. Logré que me miraran así durante unos segundos, señalé mi copa con el índice, dije no me hagáis caso, y siguió el tema.


El Lucas contó que hay una teoría sobre Lost in Traslation que dice que lo que le susurra Bill Murray a la churri al final de la película es su dirección de Messenger. El Cheka bufó y luego exclamó que era aberrante suplir la experiencia del mundo con una pantalla y un teclado. El problema es si no tienes experiencia del mundo que suplir. Hoy es más fácil vivir marginado y tener la sensación térmica de que se es un ser social incluso uno hipersocial. Hay quien tiene más de 500 amigos en su facebook. Hay quien tiene más de tres visitas en su blog.

El Lucas –que conoce datos de esa clase- dice que el 97% de los blogs no se han actualizado en los últimos seis meses. La conclusión es que, como sustitutivo de las relaciones, al 97% de la gente, Internet no le sirve. En ese tres por ciento de actualizadores hay muchos que con su pasión por ser persona profanan el sentido de la personalidad. Se conoce que el blog, la página, el my space, les sirve de altar dedicado a su yo –y en virtud de eso, lo utilizan como propaganda para el ligue y el pillar cacho- pero claro, aunque se trate sólo de un tres por ciento, no hay que generalizar: de hecho, creo que hay una mayoría de tímidos que procuran empequeñecer ese santuario. E incluso llegan a sentirse culpables de quemar incienso con fruición.

Hace tiempo se me ocurrió decir que en el campo no se liga y se chotearon. Tampoco se liga en las discotecas (aunque tú creas que sí), dijeron. "¿Ah no?" No, en las discotecas se le roba la novia a alguien, una novia que puede no saber que lo es, de alguien que puede no existir realmente, alguien que en ese momento puede estar enfrente de un teclado acordándose vagamente de la chica que baila para esquivar las miradas de vidrio de siete tipos.

Nadie podía ser un intruso con ella porque no había lugar para la intrusión.



[1] Trad. Ana María de la Fuente

22.9.08

(Insomnio) La palabra vulgar

Tampoco es fácil encontrar algo mejor que dormir, sobre todo si lo intentas. Piensas que te has pasado con la cafeína o que te han faltado canabáceas. Inicias textos que te aburre seguir, ves los errores, muchos más que si los plasmaras.

Me senté en el quicio y escribí que nunca escribiría la palabra vulgar, sólo esa vez, y sin embargo ahora lo repito y no sé muy bien qué significa, no se cuál es la palabra vulgar, que puede ser sonreír, tal día como hoy. Vulgar, puede ser vulgar, o complejo.

Me senté y encendí la luz. Eran las cuatro menos cuarto. No quise mirar los evangelios ni leer otra vez aquello de los siete hermanos que se casan con la misma mujer. Saduceos, que no creéis en la reencarnación: dejadme dormir.

Después comencé un resumen, bastante sincero, de lo que fue mi vida antes de venir a parar aquí, porque otras veces eso me ayudó. Sin detalles: era un tipo con bastantes dificultades de comprensión. Un zoquete. Mi madre dirá que con mucha vida interior. Eso de la vida interior es asimismo vulgar. Digamos que conforme crecí aumenté el recogimiento. En otras palabras, no evolucionaba. No lo digo por impostura: mis notas mejoraron. Quiero decir, si despiertas en los últimos años de la universidad, ya te da igual; salvo que te emplees a fondo en el mecanismo de adulación-hibernación. Es como la canción de Krahe, cuando todo da lo mismo, resulta que no eras tan lelo. Dices un par de frases acertadas en una clase en la que hay quince personas mirando por la ventana y al día siguiente te recibes (como dicen los sudacas). Tu frase: muy bien chaval. Podía habérsete ocurrido seis años antes, cuando mirabas a la puerta.

¿Es eso llorar? Bah, qué va. Era simplemente que no me podía dormir.

Encendí la luz otra vez y cogí el libro de Beevor sobre la Guerra Civil. Sobre Lerroux: Desde entonces, el viejo “emperador del paralelo” buscaría sólo alianzas a su derecha.

El sábado escuché lo que decía un neofalangista en el congreso del PP de Madrid. La guerra del abuelo, la llama. No sé dónde leí hace poco que cada generación quiere la suya. De eso va el chaval de las Nuevas Generaciones, puede que sea él quien no lo sabe. En fin, prefiero tomarme como algo personal la guerra vieja, cerrarla y catalogarla, que crear la retórica para una nueva (no como ponía en la chupa de aquel punkie: let´s start a war). Me leo y me parezco un reformista, tardo-reformista, concretamente. Tal vez sea mejor -como dice Ana- dejar que todo pete. Veremos cómo el moderno Casado se comporta a la antigua y se cobija en el ejército y en la guardia civil. Con toda su retórica bakalaera, y luego resulta que idolatra a los mártires. A ver quien es el moderno cuando todo se joda.

Me pregunto -ya clarea en la habitación- por qué últimamente no hago entradas homogéneas. Qué sucede para que todo derive. Como en ese instante en el que el cerebro hipervincula y no alcanza puerto (es ésa la frase vulgar que puede desencadenar el sueño).

Pruebo otra vez a cambiar la postura. Está lloviendo tanto que no merece la pena cortar ningún pensamiento, sólo escucho unas gotas en primer plano, las que caen de la caja de la persiana y una cortina (¡ésa es!) un manto de agua que estrena el insomnio, porque el insomnio siempre está de estreno, es una sorpresa desagradable que está durando ya demasiado.

Cuando me levanto es muy tarde. La autopista está cortada. La vía llena de barro. El mundo acaba con el mundo. Me toca narrar minuto de juego y resultado. Y no tengo ganas.



20.9.08

Su semana, gracias

Estoy suscrito a uno de esos servicios que te mandan cada día una frase proverbial. Normalmente no tiene mucha gracia, pero la de hoy sí. Es de un tal Norman Birkett:

No me importa que la gente mire sus relojes cuando estoy hablando pero es excesivo que además los sacudan para asegurarse de que andan.

Bien explicado, ése es el motivo que me llevó a dejar de enviar emails a mis amigos.

No vale la pena seguir con eso.

La semana ha ido bien. Una noche, un tal Samba, una bellísima persona -dicen los vecinos- llegó very very puesto a su casa (a tres letras de la mía). Por lo visto se quería ir a Alicante a currar y su madre le pidió que lo dejase para más adelante. Como es un buen chaval, en lugar de hacer una locura, bajó a la calle y púsose a gritar a voz en cuello que Todos eran unos hijos de puta, unos rumanos, unos capullos. Después les pidió que fueran porque los iba a matar con sus propias manos (“¡Con mis propias manos!”). El chaval tiene fuerza para eso y más. Pasó de los gritos a la acción. Le sacudió un puño a la papelera y luego alzó con una mano el banco que nos puso el ayuntamiento y lo arrojó contra el suelo (se ha cargado la pata de acero).

Al cuarto “hijos de puta” me desperté. Eran las seis. Ya no pude dormir bien. Me imaginaba a un hombrecillo saliendo del portal en el preciso instante en el que el gigante del brote psicótico gritaba furioso “¡Con mis propias manos!”.

Esa historia, de momento, no tiene final.

Por lo demás, en el periódico me toca escribir sobre el tema vasco. Allí no opino y me va bien y le va bien al periódico. Ya hace unos meses que cerró el de mi pueblo, en el que opinaba con demasiada facilidad. Aunque creo que hice un par de columnas bastante buenas. La mejor, que trataba de la censura de la Banda Bassoti por parte del ayuntamiento, no llegó a salir porque para entonces la deuda era ya brutal.

Ahora hago las típicas chorradas que se supone que hacen los periodistas. Releo los periódicos pasados para que no se me escape nada, hablo con conocimiento de causa, bebo a solas, etc. Esta mañana he cogido el ABC –me lo trae mi cuñado porque en su curro lo compran- y he visto que hay un suplemento llamado Alfa y Omega (Semanario Católico de Información). He leído unos cuantos titulares y me he imaginado destilando vitriolo otra vez. Tiempo propicio para un retorno a Dios, La belleza que colma, Nuestra Esperanza no defrauda (no se refieren a Aguirre) Vuelven los valores (se refieren a Sarah Palin.) etc. En la contraportada Ingrid Betancourt exhorta ¿a los jóvenes? a que: “no se avergüencen de creer”. Ya no tengo tiempo, y menos para un retorno a Dios –sigo estancado en Mateo.

También anoche di unas cuantas vueltas en la cama. Tengo que hacer una cosa corta sobre McCain –en plan gracioso- y se me ocurrieron varias cosas que no valen: una, compararlo con el presidente de EE.UU. que sale en Hot Shots 2 (por eso de las heridas de guerra) Otra, reírme de su condición de héroe: ¿lo es por haber sido capturado por los vietnamitas? (¿es un héroe el pequeño Timmy por haberse caído a un pozo?) La tercera, pedirle a la gente que, por corrección política, no le llame títere (como sabéis el hombre no puede mover los brazos desde que se cayó del avión). Luego me puse a buscar frases sobre Alaska en un libro de Jack London para encasquetárselas a Palin, pero no encontré nada que me sirva.

Así ha sido la semana. Comprenderás que no hay motivo para ponerse a mandar emails explicándola.

Es suficiente con que el reloj ande.

17.9.08

Conspiración

En el curro me piden que me documente y termino llenando el navegador de pestañas con teorías de la conspiración. Ayer me enteré de que Sarkozy está ahí puesto por la CIA, de que Facebook es el último invento en la línea de Gran Hermano y, sobre todo, de que la guerra de guante blanco podría ser geofísica y consistiría en apuntar con 180 antenas gigantescas al cielo y enviar ondas de alta o baja frecuencia para que se reflejen sobre el país que más rabia te dé (le dé a EE.UU, claro). Se llama el proyecto HAARP y puedes leer aquí un artículo que lo denuncia y debajo un artículo que rebate el anterior, escrito por un científico aguafiestas o por un agente que se ha dejado barba.

¿Cómo llegué a enterarme de este proyecto, que ya tiene unos años? Porque en la república.es decían que se ha utilizado para engordar al huracán Ike (y enfocarlo sobre los cubanos). Otras maravillas que, supuestamente, pueden conseguirse apuntando con estas superparabólicas a la ionosfera son: sequías eternas, movimiento de placas tectónicas, e incluso, utilizando ondas de baja frecuencia, la manipulación de los cerebros (tal vez esa sea la razón de que ahora mismo me esté apeteciendo una Coca-Cola).

En la redacción les he dicho que lo voy a estudiar y creo que me tiraré todo el fin de semana leyendo cuentos de K. Dick para meterme en la onda. Ellos me han contestado que no quieren saber nada de las teorías de la conspiración en una temporada, porque hace poco sacaron las del 11-S y tienen que dosificar las dosis de realismo paranoico que le dan a la peña (peña que prefiere leer cómo se autogestionan unos advenedizos plantadores de boniatos).

Al hilo del arma: hay un episodio en el libro de Hannah Arendt sobre el auge de la eutanasia en la Alemania de los años 40. Los primeros experimentos con gas antes de la Solución Final fueron aplicados a enfermos mentales alemanes (murieron cincuenta mil entre 1939 y 1941) y la conciencia del “derecho a morir sin dolor” fue extendiéndose, de forma que a los judíos gaseados se les consideraba unos privilegiados (y lo eran en comparación con los judíos torturados). Cuenta Ardendt -citando a un tal Reck-Malleczewen- que una dirigente nazi fue a Baviera para subirle la moral a la población, y esto fue lo que dijo:

"El Führer, en su gran bondad, tiene preparada para todo el pueblo alemán una muerte sin dolor, mediante gases, en el caso de que la guerra no termine con nuestra victoria"

Digo al hilo, pero ¿A quién se le puede echar la culpa de que la atmósfera caiga encima de nosotros? Sólo si se cree en conspiraciones, sólo si se tiene una fe rocosa en las conspiraciones, podríamos suponer que los culpables habituales lo han planificado –y mantenido en relativo secreto-, otra vez.

En cualquier caso, el rayo capaz de generar un diluvio -a brand new génesis- sería, un arma éticamente superior a cualquiera que se haya inventado antes, un arma de una gran bondad. Basaría su poder en darle un simple empujoncito a la naturaleza, y los responsables del número de víctimas serían, en todo caso, las autoridades corruptas que pusieron corcho en los diques o los que permitieron que se construyera sobre placas bamboleantes. En el caso de que fuera científicamente posible, tampoco hay que exagerar sobre sus efectos: los países bien organizados, los gobiernos responsables y asimilados, no tendrían porqué temer los efectos de un aumento de las tormentas o de una larga sequía. En cambio, este rayo podría espabilar a aquellos estados que lo dejan todo al albur de las cosechas y del monzón, a los que todavía no se han enterado de que a los dioses no les preocupa lo más mínimo que ellos estén a gusto en este valle.

Hay que aclarar que el proyecto HAARP existe, tiene su sede en Alaska y su propia página web. No hay trampa ni cartón. Ahora, lo lógico es que sus experimentos atmosféricos no tengan nada que ver con el control de la geofísica, y es necesario suponer que EE.UU. respeta el tratado sobre las técnicas de control del clima que firmó en Río de Janeiro en 1997.

En fin, como no tengo ni idea de ciencia y no sé lo que es un electrojet aureal, lo mejor es que no me preocupe más de teorías absurdas y confíe en la gran bondad de los gobernantes. Yo sólo lo he dicho porque ayer lo leí y me preocupé. Ya ves por qué tontería.

15.9.08

Pasodobles para despertar

¿Es éste un caso de mala fe, de mentiroso autoengaño combinado con estupidez ultrajante? ¿O es simplemente el caso del criminal eternamente impenitente (Dostoyevski en una ocasión cuenta que en Siberia, entre docenas de asesinos, violadores y ladrones, nunca conoció a un solo hombre que admitiera haber obrado mal), que no puede soportar enfrentarse con la realidad porque su crimen ha pasado a ser parte de ella? Sin embargo, el caso de Eichmann es diferente al del criminal común, que sólo puede ampararse eficazmente contra la realidad de un mundo no criminal entre los estrechos límites de su banda. Eichmann sólo necesitaba recordar el pasado para sentirse seguro de que no mentía y de que no se estaba engañando a sí mismo, ya que él y el mundo en que vivió habían estado, en otro tiempo, en perfecta armonía.

(Eichmann en Jerusalén. Hannah Arendt. Trad. Carlos Ribalta)

No hace falta ningún resumen. Sólo preguntarse si de verdad existe un mundo no criminal o si la autora sintetiza para llevar a cabo el razonamiento. Confío en que sí que exista un mundo no criminal, de hecho, he de reconocer que quizá sea parecido al nuestro (a pesar de que salga del crimen y de que premie con la impunidad a los verdugos).

Mi generación no tiene traumas. Siempre hemos vivido en democracia. Somos una generación libre y crítica. Y descreídos en muchas cosas.

(Soraya Saéz de Santamaría a El País)

El mundo no criminal, ropa fashion y descreídos en muchas cosas. La pena es que Soraya no dice en qué. Yo voy a empezar, para ejercitarme: no creo en la constitución de 1978, ni en el rey, y lo peor, no creo en la democracia que surge del franquismo. Creo que, a pesar de Barcelona '92, no se ha superado el germen criminal: sólo necesitan recordar el pasado para sentirse seguros (y ahora hablo de militares, policías, políticos... Y del rey, en quien se resume el crimen anterior).

Tal vez ése sea el problema de tu generación: que no tiene traumas.

*

Ya no me acuerdo bien, pero en Opiniones de un Payaso salía gente parecida a los “Sorayos”. Trataba de eso, de cómo vivir -y sacar tajada- en un mundo fundado en el crimen. Resulta que el payaso de la novela también se parecía a Ignatius -debe ser por eso que dijo Tolstoi de que los buenos libros se parecen- , va y viene en el mundo de la democracia cristiana, alemanes fatuos de la misma clase que ayer fue nazi, perdonados -dicen que corregidos-, y de nuevo en el poder tras la enésima adaptación al medio.

No hay expiación, nadie admite haber obrado mal y, lo que es peor, a estas alturas nadie se siente responsable (es difícil saber si algún verdugo, falangista o no, se ha suicidado o se ha impuesto un verdadero castigo a título individual). En cuanto a los que siempre hemos vivido en democracia, apenas hay indicios para suponer que éste sea un mundo criminal, salvo por lo que nos cuentan aquellos que reabren heridas.

*

Esa de Soraya me ha recordado otra canción:

Al bakala se la suda la independencia
al bakala se la suda el estado opresor
El pueblo quiere drogas
el pueblo quiere alcohol
el pueblo quiere sexo, sin pagar mucho mejor

(“ETA deja alguna discoteca” Lendakaris Muertos)

Sé que muchos piensan que el muerto al hoyo y el vivo al rrollo, y también es verdad que a mí no me interesan los espacios sagrados: pueden arrojar mis restos en el contenedor de basura orgánica. Pero me gusta pensar que hay una forma de higienizar la Historia o, al menos, de intentarlo para entretenernos. Para eso, es necesario terminar con la retórica franquista, no hay bandos, no hay guerra fratricida, ni siquiera guerra civi: hay un golpe militar a la mejor experiencia democrática que ha habido en este país, hay una matanza indiscriminada y la manipulación posterior que convierte a los nazis de nuevo en demócrata-cristianos.

Y el resto ya lo sabemos: España descreída, crítica y libre.

8.9.08

Qué te puedo dar

Citación de la consejería de empleo de la Comunidad de Madrid, que se ha puesto seria con las búsquedas activas de empleo. Un colegio en García Noblejas, ocho licenciadas en psicología y pedagogía con media de 6,3; cincuenta parados muestran sus caras de agobio, de pena o de resaca, un conserje se viste de sheriff… Podría ser una película interesante sobre cómo se convierte en profesión incordiar a los demás, pero a los guionistas de cine español no les alcanza la imaginación, ni a mí tampoco. Mi ejemplo es el siguiente: ya sé el curso que quiero hacer, ya tengo un currículo y varios curros por los que no cobro; es decir, mal que bien, aprovecho el tiempo como si currase para una empresa de sanitarios. Sin embargo, me envían a una hora y cuarto de casa (sin pagarme los billetes de metro), para que escuche a estas chicas contarme cosas que ya me contaron hace ocho o nueve años, cuando acabé la carrera; las mismas que en su día me impelieron a solicitar trabajo en el Telepizza –biógrafos- ¡en el Telepi!

Lo sé, no hay distinciones, más vale que vayan dos listillos por sesión, de esos que tienen ideas novedosas, futuristas o vanguardistas; es mejor que se cuelen algunos diletantes con tal de que todo el mundo se empape de que tiene al alcance de la mano las técnicas adecuadas. ¿Qué son dos escépticos por cada cincuenta? Sigue la lógica del igualitarismo: “Tú, cínico, siéntate o se acabó lo que se daba”. ¿Se acabó? No está muy claro pero, por si las moscas, allá que vamos, hora y media de ida a un colegio de los Salesianos (¿esa bandera que hay junto a la de la Comunidad de Madrid es la puta bandera del Vaticano? Amarilla y Blanca, yo diría que sí. ¿Qué pinta ahí? ¿qué pintamos en un colegio de los Salesianos?). Hora y media después de vuelta a casa, tras haber firmado en el registro ante el atento ojo de la pedagoga que ejerce de agente de la condicional.

La vez anterior, la del Telepi, había una moza en una mesa, te citaba y tú le contabas que siempre quisiste ser astronauta pero que cualquier curro cerca de keli te parecería bien. Archivaban tus deseos en una papelera de reciclaje con nombre grandilocuente y se olvidaban de que existías. La crisis les ha puesto las pilas, o al menos eso es lo que quieren hacer creer.

No conté aquí (paradójicamente no tengo tiempo) que me mandaron hace una semana a la Poveda a pasar un proceso de selección con un tipo muy majete que me confirmó que lo mío no eran los utillajes industriales. “Yo sello y tú tranquilo” me dijo, y un coro seráfico sonó en mis oídos, orejas que por cierto no me había lavado con el fin de ensuciar lo más posible mi aspecto.

Ya van dos ratos perdidos y me temo que desde aquí hasta el final serán unos cuantos más. Siempre que me encuentre a gerentes medio normales que capten la completa desidia que obtendrían de mí en el caso de que me contrataran, estaré tranquilo. Espero que no sean más que eso, ratos, lo suficientemente cortos para que no supongan un corte prolongado en mi actividad. De momento, y para desconcertar a la muchacha del servicio de la Comunidad, en la pregunta de qué creo que puedo aportar en mi puesto de trabajo he contestado que aportaría una modesta dosis de Plusvalía. Supongo que si tiene sentido del humor se lo habrá tomado a cachondeo. ¿Qué querían que pusiera? ¿Entusiasmo? El que se hubiera reído entonces sería yo, por no llorar.

5.9.08

De la Alaska menos mala

Alaska es una tierra inhóspita, lo sé porque lo decía Jack London. La supervivencia implica disparar a ciegas y al bulto: tiene algo de rifa. Es un poco snob dejar de luchar por sobrevivir, cortarse las trompas y eso. Pongámonos en el caso de una mujer que se queda encerrada durante un invierno entero junto a su familia, lejos de la civilización, bajo toneladas de hielo, en un minúsculo y oscuro refugio. El recién nacido se convierte entonces en un gran acierto. Todos juegan un papel en este asunto de la supervivencia: unos, el principal, otros, el de coadyuvantes. No hace falta echarle demasiada imaginación para saber qué ocurre: mejor tener más hijos y que los que ya están crecidos no se mueran de hambre. Con esto no quiero decir que la madre no quiera al recuerdo de ese hijo. A lo que pasa en el ínterin se le llama selección natural.

Alaska era durísima. Y luego dejó de serlo tanto, según vimos en la serie de televisión. En cada capítulo había algo que celebrar. Que yo recuerde no salía ningún cazador que se quedase congelado, ni juicios sumarísimos entre buscadores de oro que acababan con un hombre colgado de una horca. Había programas de radio, disputas vecinales, filosofía, etc.

La vieja Alaska no es un lugar, era el círculo helado del infierno.

Después de las narraciones de London, se convirtió en la última reserva de petróleo virgen. Es el paraíso financiero inexplotable, el último pudor del imperio. Entrar con los bulldozers en Alaska sería como pintar un grafitti en la capilla sixtina: es feo pero se puede hacer. Siempre cabe la posibilidad de joder las cosas de una vez.

Para las naciones, sobrevivir es tener esa clase de hijos bastardos que van un paso más allá que el padre bastardo, dos pasos más lejos que el antecesor, y así sucesivamente. McCain hará de Bush un filántropo. Sus hijos se preguntarán por qué el abuelo no quiso develar la desnudez de esos lúbricos pozos. Supondrán que se trataría de un profundo error del siglo. Quizá el viejo Bush W. fuese una especie de supersticioso. Un excéntrico. Pudo actuar bajo el influjo de un brujo o una bruja ecologista. Eso dirán, dirán.

La tensión última, según vemos, es saber si Saturno devorará a sus hijos para entrar en calor o si se impondrá la sangre nueva y se destruirán todos los paisajes que coleccionaba papá, una vez que el viejo esté en el hoyo.

En Alaska, la naturaleza era generosa y te mataba. Hoy, el hombre le perdona la vida.

Cosa drástica, era en Alaska. Podían estar sobre un pozo que en Nueva York les hubiera dado millones (aunque estuviese sin explotar) y, sin embargo, más de uno tuvo que hacer al niño a la cazuela para sobrevivir. No era nada agradable. No se habían inventado las fiestas conmemorativas.

Dirán que nunca pasó y tal vez sólo sea eso, ficción. Tan verosímil como que toda la inmensidad termine agostada o hundida.

3.9.08

Nuevo empleo, entrada cien

Entre los micropropósitos de enmienda que brindo este año, tal vez el primero sea reconocer la inutilidad del tiempo empleado, plantear una discreta y lenta salida, en una palabra, desaparecer. No obstante, la propuesta es conseguirlo de un modo maximalista, seguramente ruidoso; de modo que, de una vez por todas, mis intenciones se colijan del texto y no sean necesarias las explicaciones, ni mucho menos las excusas.

De acuerdo, traté de que se rieran, intenté hablar, y después (después de todo) nada había cambiado salvo yo.

La despiadada alegría honrada de un fanático en plena atrocidad conserva no se sabe qué brillo lúgubremente venerable.[1]

Rutina, alegría u honradez, lo cierto es que no comprendía una semana sin un reflejo de la decadencia del alma (de la mía, de la suya, de la de todos). Podría haber utilizado como cobayas a los pobres de África o a las prostitutas hindúes, no obstante, la decadencia bien entendida comienza por uno mismo (convendrán en que es más elegante que echar balones fuera).

Quise, y aún trato, de defender la venerabilidad de lo inútil y de acusar a lo útil, tantas veces subterfugio, tantas veces vacío. Me pregunté si el último blasón no sería que pensasen: ¿de qué está hablando este tío? Por eso el maximalismo ¿Es explorar el abismo? Es parafrasear al personaje más recurrente en los blogs del mundo entero, el eterno Bartleby: preferiría no tener que explicarme. Atravesarlo con un discurso deleznable, levantar teorías que por fuerza tendrán que ser efímeras. Burlarse de que todo esté perdido. Inmóvil en un movedizo légamo, con tal de que el razonamiento dure más.

Por el contrario, me incluyo en la gacetilla para hacer reportajes sobre Memoria Histórica. García Márquez dice que sufre como un perro cuando lee los periódicos. Imaginen a uno que se levantase cada mañana pensando: “Quiero que Gabo lo pase mal con mis textos. Estoy decidido a defraudar uno tras otro a todos los maestros de este mundo”. No deja de ser un sacrificio punk hacerlo a expensas del propio ego: un ejercicio atroz y venerable.

El micropropósito de ocultarse en la niebla choca con este nuevo empleo de plumilla, de comunicador. Por un lado está el abismo, por otro, la posibilidad de roer un pan negro. Dejo esta fosa y camino hacia la luz de la verdad. No obstante aún mantengo que quiero seguir borrando lo que escribí antes y sólo conozco este lugar para hacerlo, aunque sea de forma intermitente, o bien, provisional.

Es posible que haya que explicar que este texto trata de la tensión entre la decadencia y el entusiasmo, motor de tipos dispuestos a abjurar hasta de las propias renuncias en cuanto se presente alguien con las llaves de un Jeep. Les iré contando en qué cae el nuevo macropropósito de ser periodista. Lo haré hasta el día en que tenga que renunciar al sarcasmo, a la decadencia y a la sombra. Si se hace la luz en mi cartilla, probablemente.



[1] Los Miserables. Víctor Hugo. Trad. de Aurora Alemany.

1.9.08

Entre cocaleros

En un camping de Conil, como veréis, en el epicentro del mundanal ruido, arena y viento de Levante, con una tienda minúscula para los dos, y aquello era la parte asalvajada del viaje; cenaríamos pasta a la carbonara, tal vez comprásemos una litrona y, con una frontal, acabaríamos yo el tomo, ella la novela. Cada cuál se siente impelido a compartir su música –para eso han pagado por meter el coche- y si no es su Radio Olé, es una mistificación flamenco dancehall o una mezcla de canciones de veranos pasados (Hey Boy, Hey Girl). Cuando pasas la zona de bungalows ya no hay civismo, deberíamos estar advertidos, uno sólo se acuerda del civismo y de la discreción cuando la echa de menos, sólo recuerda que la gente es lo peor cuando está rodeado.

El tema es que el segundo día llegaron unos bandarras de Madrid. Tres tipos, un radiocassete, tres gramos de Coca y una piedra de Hachis. Nos habíamos puesto en medio de una parcela en la que aún había espacio –puta tienda individual- y se colocaron detrás, en un iglú y una canadiense, y pusieron su aparato a funcionar, y repitieron el mismo disco varias veces (Here we go!). Aquello no era nada porque en cualquier lugar había música sonando y llegaba de tres en tres al oído de cualquiera que estuviese acampado, ya lo he dicho: lolailos, el Arrebato, y clones de Andy y Lucas pinchando a los auténticos Andy y Lucas. Una jodida tortura en la que sólo faltaba algún okupa poniendo canciones de Alaska.

A partir de las doce se exige silencio. Se apagan los cacharros. El lavabo deja de oler a perfume. Muchos se han ido a pelar la pava a una carpa a pie de playa. La primera noche los bandarras se quedan, como ellos dicen, “pintando”. Charlan.

A la una y media comienza este diálogo:

VOZ ESTRIDENTE (desde el iglú)
JODER, no me puedo dormir. Me he tumbado y es como si estuviese en un puto barco. Vamos a tomarnos un chupito, de Whisky o de ron, me la suda. Vamos.

VOZ DE LA RAZÓN (desde la canadiense)
Me estaba durmiendo, CABRÓN.

VOZ SECUAZ (desde el iglú)
HI HI HI HI

VOZ ESTRIDENTE
No me jodas, ¿cómo eres tan hijo de puta? Vamos a ponernos otras Claymore (sic.) QUE NO ME PUEDO DORMIR. Me he tumbado y es como si estuviese en un puto barco.

VOZ SECUAZ
Dice que es como si estuviera en un barco.

VOZ ESTRIDENTE
Vamos a tomarnos un chupito, NO SEAS MARICÓN.

VOZ DE LA RAZÓN
Yo no quiero pintar ahora. Hazte uno y duérmete.

VOZ ESTRIDENTE
Yo quiero que nos lo fumemos ahí fuera, LOS TRES JUNTOS. ¡AHHHHHHH!

VOZ DE LA RAZÓN
Vamos a dormir que si no en la playa vamos a estar muertos.

VOZ ESTRIDENTE
Me importa una mierda la puta playa yo he venido aquí de vacaciones. Aunque sea uno de whisky. Vamos.

VOZ SECUAZ
Se ha intentado dormir y estaba como mareado.

VOZ DE LA RAZÓN
(Murmullo inaudible)

VOZ ESTRIDENTE (con voz de hiena)
¡AHHHHHHH!

El diálogo se repite durante media hora. Supongo que en uno de los bucles me quedo dormido y lo integro en el sueño. Me vuelvo a despertar un par de veces; ya no los maldigo porque están dormidos (ojalá muertos, pienso).

Por la mañana, ella propone que nos cambiemos de sitio. En un alarde fatalista opino que no con razones optimistas: esta noche saldrán por ahí. Ojalá no vuelvan, dice. Pasa el día con viento de Levante. Nos vamos de la playa antes de tiempo. Cenamos la pasta, escuchamos, se pintan para irse. Vuelven antes de que amanezca:

VOZ CANTANTE (antes, voz de la razón)
HA HA HA (imitando a alguien) Me cago en todo, voy a llamar al vigilante.

VOZ SECUAZ
...El subnormal…

VIGILANTE DEL CAMPING
¡VOSOTROS, COMO TENGA QUE VOLVER OS PONGO EN LA CALLE!

VOZ CANTANTE
(…) Debería haberle abierto la cabeza.

VOZ ESTRIDENTE
JA JA JA

VOZ SECUAZ
HI HI HI

VOZ ESTRIDENTE
¿Nos enchufamos la última claymore antes de ir a dormir?

VOZ CANTANTE
Joder que sí. Pásame un filter que me voy a hacer uno. (Inaudible) El pibito y la pibita de al lado (…) Son las seis y media (…) Y ¿te has fijado en una cosa?

VOZ SECUAZ
¿En qué?

VOZ CANTANTE
Que mañana se acabó el Levante.

VOZ ESTRIDENTE
¡AHHHHHHH! Así me gusta, joder, ¡vamos a estar DE PUTA MADRE on the beach!

VOZ CANTANTE
Héctor. Héctor. Héctor. Héctor. Héctor. Héctor. Héctor. HÉCTOR. ¿Me oyes, Héctor?

VOZ ESTRIDENTE
¿Qué?

VOZ CANTANTE
¿Nos hacemos uno antes de dormirnos?

Otra vez resumo. Total, un hora hablando, y el vigilante no vuelve (ha gritado para que le escuchásemos los ciudadanos honrados y ya no va a hacer nada más). Puede que no consigamos dormir. Pero sí. Otra hora. Cuando nos despertamos, al parecer, cada uno por su cuenta pensamos en robarle las sillas de camping. Nos echamos para atrás porque debemos ser buena gente o porque somos buenos cobardes. Luego nos reímos y prometemos que no vamos a volver nunca más a un camping de la costa. A la maldita naturaleza.

13.8.08

Soul XXI

Grabar cintas es un entretenimiento no olímpico para el que me he entrenado a intervalos a lo largo de mi vida. Paso estos últimos días escogiendo canciones de música negra para el Popurrí 08. A lo largo de meses he reclamado nombres y los he apuntado en papelitos (los últimos, Larry William & Johnny Guitar Wilson), he cargado el aparato de saxofones afónicos y manos tontas, he puesto oídos y por fin, mañana, grabaré el disco.

Una colección de quiosco trajo a casa el de The Animals. Detrás del Sol Naciente había siete u ocho temas de verdadero Rhythm and blues. Machaqué canciones como Talkin’ ‘bot you o Don’t let me be misunderstood. Pude haber aprovechado para aprender a tocar la guitarra, para que no fuera tan desagradable oírmelas cantar, pero me quedé en enteradillo. Hoy, que tengo suficiente experiencia como para saber que tener experiencia no mejora nada, sigo haciendo un ranking que copan los artistas de entonces de Rhythm and blues y Soul. Nobody but me, Ruler of my heart... Son como un relevo de 4x100 de gacelas estadounidenses que corren para llegar al carro de los helados en un día de sol, una encarnación de la alegría de vivir –y de una suave melancolía- como quizá no se haya visto igual desde los tiempos de la Arcadia. El mejor contexto para escuchar este disco tal vez sea el baile del encantamiento, sin embargo, es una alegría que puede exportarse también a la fábrica (That's the sound of the men working on the chain ga-a-ang) o al estudio del payo más cool.

Ruth Brown

Podrá rebatirse que esta música a veces se hace epidérmica, sí, esos son algunos defectos que le veo al soul: bastantes canciones son pestiños. El verano se acaba y ya no apetece pasearse por los parques, pero mientras dura, la banda sonora puede ponerla Otis; aquellos besos de ayer traen las tristezas de mañana, como dice Maxine Brown.

No volverá el verano del A change is gonna come ni del hermano Martin, ni del hermano Malcom. Los predicadores podrán anunciar parrillas y las estrellas del pop blando hacerse tatuajes de Tommy Hillfiger. Podrá convertirse todo en una cuestión de pobreza, otra vez, el ¿hermano puedes ayudarme?, el mother, i’m down on my knees; podrá derrumbarse todo como ocurre en esa canción, pero ahí estará otra vez y siempre, mientras quede negritud, como orgullo, como la mejor muestra, la música.

12.8.08

Hombre al agua

Hay un tipo que debe aparecer en Mihura que es el del Endeudado. Los endeudados hacen cosas como jugar en Bolsa y pedir créditos, montan empresas que desaparecen y se compran esos aparatos para hacer gimnasia que anuncian en el catálogo de American Express. Si no, no me explico en qué se gastan tanta pasta. Nuestro Endeudado tipo debe Cien mil euros y tiene treinta años. “Pero si es un chaval de nuestra edad ¿cómo le vas a hacer eso?” dice ella compasiva. A mí se me ocurre responder un pequeño hayku:

Los primeros quinientos en bolsa.
¡En qué hora metió!
Y no supo salir del Fondo.

Vamos a comenzar suponiendo que él ha oído hablar del Crack del 29, porque en el colegio se escucha de todo, y que olvidó la sabiduría de la película Quicksilver de que montar en bici mola más que ser un piernas. Cualquiera de sus hobbies, incluida su vida afectiva, depende de cómo esté la liquidez. La Familia del Endeudado suele ser la última en enterarse de que tiene uno en casa aunque quizá alguno lo acompañó a pedir aquel crédito que el chaval invirtió . Cualquiera puede tener un Endeudado cerca y no saberlo todavía. Si la familia y allegados tienen un poco de pasta, se le presentarán tres salidas a corto plazo, prestarle dinero, decirle que no, y evitar cualquier entrevista en la que quiera contraer nuevas deudas. Quizá por eso, todos los endeudados pasan una época de reacople social y familiar que a veces termina a navajazos.

La lógica del Endeudado, llegamos a un tema fundamental, no es ni siquiera vivir sin trabajar –pudo serlo alguna vez- sino vivir bajo la asistencia de un tercero, ya sea el banco o un jugoso testamento que no se ha hecho efectivo. Estos son al principio amigos y más tarde amos del individuo que contempla en ellos su riqueza. El pacto elemental con el diablo, el primero, es entrar por la puerta de una sucursal y repetir su eslogan: Mi banco de confianza. Hay que tener en cuenta que, para el Endeudado, ése es el comercio en el que se vende la pasta.

El endeudado tipo, que terminó la carrera después de tres avisos, un espabilado de las cosas de la vida, encontró el reverso de aquel sistema llamado El Único; no sabía que se había convertido en un personaje de Jardiel, en un Endeudado o Tramposo, quizá supuso que el éxito, que con sus padres se había portado bien, le sonreiría por ser quien era. No se percató del escaso riesgo que tiene nacer moderadamente rico.

No hay porqué hacer un juicio al Endeudado, bastante tiene ya; cabe preguntarles qué opinión tienen sobre su suerte y por qué piensan –si lo piensan- que tendrían que tener mejor fortuna que los demás, si han tenido un sueño o una visión, si piensan que fueron demasiados mimos, por qué creyeron que iban a ganar siempre.

Mi tío Vilos, que ha pasado por eso, dice que la sensación de meter la pata tiene algo agridulce que no repele por completo. Habla de que cuando el infierno son los otros (y dice que las deudas siempre son otros) es más fácil encontrarse a gusto con un pequeño detalle que nos demuestre otra vez que somos mortales. El detalle demuestra que el día que uno se muera se acabaron las deudas. Permite seguir la huida hacia delante.

11.8.08

Los juegos olímpicos con más publicidad de la historia

Me despierto sudando. El presentador habla a gritos. Explica las reglas básicas del tiro de pichón, clase supra; participa un español al que eliminan después de su primer disparo. “Si cobrase treinta mil euros estaría obligado a traer metal” -dice el locutor- “afortunadamente, estos matados a lo que están obligados es a trabajar si quieren mantener una familia”.

Llega un checo con su rifle y abre un buraco en todo el centro. Medalla. Publicidad. El lema de Televisión española es un “A por ellos” entonado sin entusiasmo. La canción elegida: Salta en Pekín -adaptación de Tequila- es lo más penoso que he oído en mucho tiempo. Me levanto del sofá pensando que el marketing de la cadena pública es suicida.

Cuando vuelvo hay un programa especial: “el objetivo de conseguir las mismas chapas que en Barcelona 92 está un poco más cerca”. Sin embargo, las noticias dicen que pierden los tenistas españoles, pierde una yudoka, pierden las chicas del equipo de Hockey y los nadadores se quedan a un segundo de su mejor marca, por lo tanto, pierden. Se supone que hay constantes novedades pero no dejan de poner imágenes de Samuel Sánchez y del tirador de esgrima. Me voy.




Imagino que la desmotivación de algunos deportistas –también lo llaman nerviosismo- surge por el hecho de que después de la cita comiencen las vacaciones. Sí, han currado cuatro años para llegar hasta aquí, por eso precisamente han perdido las ganas. Los de la federación de turno deben entender las olimpiadas como una lucha contra las demás: “Si sacamos un diploma nos darán más perras que a los bádminton”. Hay un medallón de porexpán para los que creen que lo importante es participar, y un billete de avión. Y siempre hay alguien mejor que ellos. Casi siempre.

La Villa Olímpica es como un campamento del que muchos se van antes de la Barbacoa de Clausura. Se van con la cara larga porque el entrenador les ha puesto las orejas tiesas. En el parterre escuchan reír a tres borrachos de halterofilia. El taxi, y a su vida de siempre; unos días de jolgorio y a su curro de toda la vida.



No sé qué cuentas habrá hecho el Comité Olímpico pero me suena que han sido bastante optimistas. ¿Es Anti-Español apostar a que se van a quedar en quince? En todo caso, nadie se lo tiene que tomar a mal si digo que al paisanaje le gusta más dormir la siesta y beber sangría que ganar medallas. Además, según oí en la apertura de María Escario, el ochenta por ciento de los deportistas españoles son catalanes. Eso puede darnos esperanzas.

Me vuelvo a sentar en el sofá. Ahora mismo, un japonés llamado Kitajima acaba de ganar los cien braza. Ha dejado el crono en menos de 59 segundos. Más o menos, ha sido el mismo tiempo que he empleado en quejarme de los Juegos. Voy a volver a ver anuncios de coches que no compro.

10.8.08

El rorro del diablo

¿Cuántos no aceptarían vender el alma al diablo si se presentase la ocasión? ¿Quién podría rechazar semejante privilegio?[1]

Anoche me quedé viendo La Semilla del Diablo, película hippy de terror protagonizada por Mia Farrow, guapa hasta que se corta el flequillo; y por John Cassavetes, que lo borda haciendo de San José Negro. La película es bastante humorística, aunque a veces sí que da canguelo; en especial, por el careto de ese doctor Hill –sobre todo porque sus intenciones son buenas.

La criatura no aparece. Durante la concepción se ve la garra de Satán, pero eso pertenece al delirio hippy-onírico: piel de rinoceronte, vello abundante, etc. No vemos al hijo de Rosemary.

Strindberg imaginó a un Satán del lado de los hombres. La concepción del diablo más extendida hoy día, tergiversa el mito de Prometeo y el papel que cumplían los demonios, aquellos que mediaban entre lo humano y lo divino. El demon (se ocupa de lo que se refiere a los sacrificios y ritos de iniciación, a los ensalmos, a la adivinación toda y a la magia[2] dice Sócrates) no estaba, en principio, asociado al mal; pero su presencia no era homologable en la lógica monoteísta, por eso, primero desaparecieron (o se encarnaron en uno) los demonios buenos –para Platón el amor era uno de ellos-, y después se unificó a los malos en Satán: se terminó con el concepto mismo de la tercera vía entre dioses y hombres y se le otorgó a aquél título de divinidad y todo un principado. Algo semejante pasa con el Seol (el Hades romano): “Al principio era un sitio en el que se podía estar, ahora es un infierno”. En el momento en el que hablar de intercesores es hablar de lo sagrado, Satán se vuelve sagrado. Es entonces cuando da miedo. Lo que queda claro, según mi humilde entendimiento, es que las deificaciones traen la ruina a la civilización.

Polanski consigue que nos aterren los vecinos satánicos porque los presenta como a creyentes convencionales, un poco envidiosos, un poco entrometidos y empalagosos. Son patéticos hasta que empiezan a conseguir lo que quieren. Como los del Opus, estos vecinos ayudan a los suyos a progresar en la vida a costa de los demás. Les gusta el lujo y el oropel, se reúnen para cantar versos satánicos, y tienen crucifijos (sólo que dados la vuelta) y cuadros de iglesias (sólo que de iglesias quemadas). Viene a decir que estos brujos son divertidos –por lo estrafalarios- hasta que se meten en tu vida y te meten en su Gran Familia. Eso con respecto a los creyentes.


Lo saco de aquí.

En cuanto a Adrián, el heredero, es un tipo que ronda los cuarenta tacos, con descendencia, alguien que ocupa un cargo. Más mediocre que malvado, príncipe por capricho de los hombres; el hijo de Satán puede trabajar perfectamente para Halliburton u organizar grandes premios de Fórmula Uno. Si fuera como lo pintan los cristianos, si viviera, el hijo de Satán no dejaría de ser uno más entre un vasto grupo de hijos de puta.

Según la película, Adrián, el diablo encarnado, tendría hoy 42 años. Hay que suponer que ha formado una familia, que ocupa un puesto importante (¿miembro del Comité Olímpico Internacional? ¿Jurado del premio Alfaguara de Novela? ¿Mano derecha del Primer ministro ruso?), y que destaca por su capacidad para el disimulo –el diablo logró convencer a la humanidad de que no existía. En cualquier caso, si su labor fuera extender el mal por la tierra, Satán sería contingente. Estas divinidades no son nada sin los fieles.


[1] Picatostes y otros testos. Borja Delclaux

[2] El Banquete. Platón. Trad. Fernando García Romero.