Así que nos fuimos a mi pueblo.
Para pillar internet tendría que haber pedido algún favor. Por otro lado, no tengo tanto vicio; dije cuatro días puedo aguantar, beberé cerveza; dije intentaré escaquearme de los paseos y leeré, que lo tengo abandonado, y leí, una novela tan, tan buena, que me quedé en el sofá hasta que la terminé, con las moscas de testigos, Los Ídolos, de Manuel Mújica Láinez: qué escritor, madre mía -yo es que me he enterado hace poco, cuando leía Bomarzo- qué novelas, ¿deshago en elogios mi bullas o directamente transcribo algo?
Estaba en la edad en que el muchacho despierta azorado a la vida y en que, interpretando como puede la experiencia de los demás, valiéndose de fragmentos de frases, de cosas oídas o leídas sin comprenderlas totalmente, fabrica sus propios monstruos para poblar el mundo; en esa edad en la que nada le parece ni bastante dramático ni bastante obsceno.
He elegido este fragmento porque estoy en esa edad, por supuesto, en la que interpreto como puedo; en la que la mayor parte del cariño que recibo de los humanos –y esto no deberá sentar mal a los presentes- me lo dan a través de los libros y de lo que leo, como les sucede a los protagonistas de esa novela. ¿He dicho cariño? Tal vez debería apuntar más bien a la sabiduría. ¿He dicho me lo dan? Debería decir lo tomo o quizá, lo elaboro. Oí a Bryce Echenique asegurar que él escribía para que lo quisieran (no sé para qué plagiará), y me dan ganas de parafrasearlo y decir que leo para hacer amigos, aunque sé que tengo ganas porque aún tengo presente la novela de Mújica Láinez y porque la siguiente que he leído, Pomponio Flato de Eduardo Mendoza, ha reforzado este periodo de bonhomía que parezco atravesar. Hacer amigos es un asunto muy serio, además no sé si le caería bien a Mújica Láinez y estaréis de acuerdo en que caer bien al amigable es un requisito importante; sin embargo no se me ocurre otro modo de expresar la sensación a la que me refiero, en la que el agradecimiento ocupa un lugar preeminente. Bien pensado, es posible que sea sólo gozo y que quiera revestirlo de alguna característica un poco más interesante, no sé: hay quien se desmaya, pero yo no me considero capaz de tanta emoción estética. Agradezco pues. Le doy mi amistad a esas doscientas y pico páginas. Si es que eso tiene algún sentido.
Porque conseguí saltarme casi todos los paseos, una vez saciada el ansia novelesca, me dediqué a analizar el estado de mi familia: no es falta de cariño, como dice el bolero, pero hay aspectos que me perturban, aunque éste no es buen sitio para exponerlos. Llegado el momento debería hacer como Kafka, una Carta al Padre. Sin embargo sé que lo más fácil será dejarlo correr; dejar que todo pase, como te he dicho esta mañana. Lo de la carta al padre es bastante impúdico, me da la impresión: una cosa es que la literatura dé satisfacciones como aquélla y otra que le solucione a uno las papeletas más chungas, lo que no tiene remedio. En fin. Que fue mejor dejarlo y llevármela a beber cervezas.
En mi pueblo son típicos los caracoles hechos con un caldo de hierbabuena y Avecrem, a menudo repugnantes, pero típicos al fin y al cabo. Así que nos empachamos. Después repasamos, desde la oreja hasta la cola, todas las partes del cerdo que se comen fritas.
Chica, no es una gastronomía delicada. Pero lo pasamos bien; ya lo viste, terrazas, cervezas heladas, rabo de puerco, etc. Sé que no son las vacaciones de tu vida, aunque ésa no es razón para apuntarse a los paseos que dan las señoras por la carretera. Es mejor quedarse leyendo Los Ídolos.
Joder, es que ese libro es la hostia.


