Cuando estoy ocioso, o estoy escaqueándome, me meto en unas cuantas bitácoras (casi siempre las mismas); cuando directamente me estoy turrando, leo encuentros digitales antiguos, casi siempre de escritores, o en el caso de Vázquez Montalbán y Bolaño, que creo que no dejaron ninguno (bueno, Montalbán uno, en el país.com), me aprendo las pocas entrevistas que hay colgadas en la web.
Decía (creo que) T.S. Eliot, sobre William Blake, que leerlo era como meter a un tigre en casa; algo parecido pasa con Bolaño: es fantástico ver sus zarpazos, pero hay que tener mucha cintura (o ser muy idiota) para que ninguno te alcance.
Vázquez Montalbán tiene un sentido del humor diferente, quizá más flexible (aunque con Bolaño no se sabe), seguro menos hermético. Uno de los aspectos que me gustan de estas entrevistas –y de sus novelas- es la persistente burla de la nostalgia, la parodia del hombre agotado que despliega.
No hay que decir que los intento emular, aunque a mí me salen textos bastante deprimentes (no sería malo el autor que consiguiera deprimir a todos sus lectores, no tendría muchos por que se correría la voz, pero no sería malo). La entrevista como incierto género literario mejora mis horas delante del ordenador y me libra de la dinámica bloguera, que cansa al más entusiasta, no me lo nieguen. Les dejo los enlaces, que no soy un rácano, y pongo también una respuesta de cada uno, con el debido respeto.
Bolaño
Luis García. —Sus libros adolecen de cierto trasfondo político irrenunciable. (No podría ser de otro modo viniendo de alguien que fue acusado de terrorista en su país, y que se considera un exiliado). Pero, ¿a que se debe que no participe activamente en España en movimientos sociales como lo hace por ejemplo Luis Sepúlveda?
R.B. —Bueno, a mí cuando me detuvieron en Chile me acusaron de «terrorista extranjero», porque mi acento era mexicano. Lo sentí como una medalla. Lástima que esa medalla no duró demasiado tiempo. El teniente de carabineros que me detuvo, en un control de carretera, era claramente un esquizofrénico y probablemente nadie le hacía caso. En algunas publicaciones alemanas he leído, con estupor, que estuve medio año preso. En realidad sólo fueron ocho días. Con respecto a participar en movimientos sociales, no tengo idea en qué clase de movimientos sociales participa Luis Sepúlveda, pero seguro que a mí no me dejarían entrar a ese club. Ni a ese club ni a ningún otro. Así que podría decir que no participo por cortesía, por delicadeza, para evitarles el mal trago de mi más que segura expulsión. O dicho en otras palabras: que se ocupen ellos de esa política que yo ya tengo bastante trabajo con ocuparme de la literatura y de mi política. Una última puntualización: yo jamás me he sentido un exiliado en España, como tampoco me sentí un exiliado en México, ni en Centroamérica, ni en ningún otro lugar en donde se hablara español.
V. Montalbán:
Lucía Iglesias Kuntz: ¿A qué se debe el éxito de Carvalho, el detective privado que protagoniza sus novelas?
M. V. M.: Yo creo que ha tenido éxito internacional por un motivo, y es porque no solamente ha reflejado la transición española, sino una transición en un sentido más amplio. Es un hombre que reproduce la atmósfera de los años sesenta, que habían creado unas grandes expectativas de cambio ecológico, los hippies, la droga anticonceptiva, la libertad en todos los sentidos, revoluciones blandas, revoluciones líricas. Y esta especie de desesperanza finisecular, en la que todo el mundo tiene miedo a perder el trabajo, a enfermar de sida, ese miedo a la libertad que han sabido inculcar perfectamente mediante mecanismos de carácter represivo desde el Papa de Roma hasta los manipuladores de los mercados de trabajo. Carvalho ha reflejado todo eso en sus novelas, por eso yo creo que su discurso puede ser entendible en Atenas o en muchos otros lugares.