10.2.09

Contradecirse o palmar

“Lo comprendo y deseo continuar”.

Eso pone si quieres entrar en algunos blogs. Dice material explícito, o ni siquiera. Yo me pregunto si no sería mejor que lo dijeran para hablar de la vida (Aplausos). Porque, en serio, ¿no os ha ocurrido que llega un momento en el que todo ha perdido pátina; no es cierto que, en esta sociedad, lo viejo, lo que una vez nos emocionó, no es sino una sombra, y entonces, en el momento de ese recuerdo, es cuando amamos por primera vez aquello que fue?. Burlas, paradojas... mierda (Murmullo). No, no soy tan acabado, ni tan optimista como para decir que con una tostadora y una bañera hasta el borde se soluciona ¡Ojalá! La vida es brega y es comprender. Lo comprendo y deseo continuar.

Deseo, al fin y al cabo. Continúo y olvido; y dejo de lado aquello tan hermoso, y (como por rabia) deja de parecerme bello. De hecho, lo viejo es lo que me parece bosta y la nostalgia una filfa. Lejos cualquier pasado. Por favor, no me cuenten cómo era yo ni lo que dije. Váyanse a la tumba si quieren hablar de recuerdos. Más que un estorbo, el pasado es un atentado contra la vida que vive uno. Olvídense de lo que dije como forma para que lo olvide yo, eso se lo ruego.

Y si exigen que tenga conciencia, requieren que no me contradiga, o que explicite lo que dije y no quedó claro, vayan pensando en las excusas que debería poner, porque mi intención es reparar todos los daños que pueda, pero sin perder un minuto en viejos asuntos que no tuvieron importancia entonces ni la tendrán si se vuelve a evidenciar –por puro gusto– mi ignorancia, mi maldad o mi infame verborrea (Toses).

Y todo esto porque, hace un par de semanas, entregué un texto sumamente descarnado, lo que equivale a bastante tramposo. No fue aquí, pero uso esto como ejercicio de Cartas al regidor (o como se diga). Era la forma de persuadir, creí (creí que convenía persuadir, ya ven). Al final, fue otro intento fallido, sin más importancia. No espero que nadie lo recoja y aguarde el momento en que blandirlo, pero, por si acaso, advierto que no lo reconoceré: yo, sin mi hijo. La responsabilidad, a paseo. Etcétera (Se levanta y se va).

(…)

Berton: Antes quisiera ver cómo interpretan mis declaraciones de hace un rato.

Pregunta: ¿Tiene importancia?

Berton: Para mí, una importancia capital. Ya he dicho que vi cosas que nunca olvidaré. Si la comisión reconoce, incluso con reservas, que mi testimonio es verosímil, y que conviene estudiar el océano –quiero decir, orientando las búsquedas de acuerdo con mis declaraciones–, entonces lo diré todo. Pero si la comisión estima que se trata de un delirio, no diré nada más.

Pregunta: ¿Por qué?

Berton: Porque el contenido de mis alucinaciones es cosa mía, y no tengo porque divulgarlo (…)



Stanislav Lem. Solaris. Trad. Matilde Horne y F.A.

6.2.09

Historieta

Durante aquel curso de doctorado hablamos en dos sesiones de Tala, el libro de Thomas Bernhard. Lo destripo levemente porque no hay otra forma de explicar lo que viene a continuación. A un hombre le invitan a una fiesta; es un energúmeno discreto, o un cascarrabias, o un aguafiestas; por otra parte, la clase al que pertenece no invita a comportarse de otra manera. Hipocresía, qué dirán, etc. Hay un punto del libro en el que el viejo se adormila en el sillón de orejas en el que está desde el principio y cuando se despierta (o mejor, cuando se levanta de su sillón), reingresa en ese mundo contra el que echaba pestes, se sienta a la mesa, habla con sus anfitriones, opina sobre el teatro vienés y creo recordar que incuso ensalza una de las carpas que sirven en la cena.


El hecho es que por aquella época, yo era tan descerebrado como para trasnochar –beber– y después ir a clase (hay que decir que la asistencia era bastante obligatoria). En la primera clase yo no me había leído el libro. Estaba de resaca y creo que no sólo no atendí, sino es posible que también me durmiera (no profundamente, pero si uno de aquellas cabezadas que los profesores rara vez saben cómo reprochar. Una cosa es una conversación, pero, ¿qué clase de complejo puede llevar a un profesor a montar un pollo a alguien que necesita dormir?). En esa sesión no conocía a nadie, ni hablaba con nadie, con lo cual no pedí los apuntes, que de bien poco me hubieran valido, ya que la cosa no terminaba con un examen sino con una glosa de un folio sobre una de las conferencias que organizaba el departamento[1].


Pasó la semana y me leí Tala, y me gustó mucho. A la siguiente clase fui y estaba como nuevo o, al menos, así lo recuerdo ahora. Yo solía hablar en clase, en fin, no creo que fuera uno de esos insoportables que te cuentan su vida a la primera que el profesor les da cuartelillo, pero tampoco he sido tímido si sentía que tenía que soltar mi pedrada. Así que levanté la mano, como suele hacerse en esos casos, y expuse lo que a mí me parecía, es decir: que cuando se levanta del sofá, el protagonista de la novela resucita. Lo que es decir bastante poco. Y lo que, probablemente, había oído en la clase de la semana anterior.


No creo que lo sepa nunca (tal vez si me topara alguna vez con la profesora, podría preguntarle, porque imagino que debe decir lo mismo cada vez que habla de Tala. Aunque para eso si soy tímido), pero ahora veo su cara, que me mira y está pensando: “Este chaval es idiota ¿o qué?”, y oigo el silencio sepulcral de la gente, un silencio de esos que sólo provoca la vergüenza ajena; y estoy bastante convencido de que así fue: morí en una clase y cuando resucité ya estaba todo dicho.


La moraleja es que echo de menos la universidad.



[1] Elegí hacerla sobre una conferencia que ponía por las nubes una novela de Mañas. No he leído nada de Mañas y no creo que tenga tiempo de hacerlo.