Guerra eterna entre dos colores que se odian (dijo Borges).
El hado puso en mi mano al color de los que caerán. Sea negro o blanco, mi rey debe prepararse para el desastre: llorará, en un calabozo de Jericó, el geométrico azar que le hizo preso de este lado de la mesa. Cualquier peón rival es una montaña para nosotros, son Aquiles. Nuestra reina es volátil, a menudo se queda encerrada en palacio eligiendo sedas, bebiendo las últimas copas de champaña, como los nazis en los postreros días del Reich. Alfiles y caballos, salen, afrontan su muerte con estúpida valentía; las torres, como la reina, aguardan a que la parca, vestida con inmaculados ropajes blancos o negros, se acerque a doblegarlas, y, si acaso hacen un sacrificio gallardo, el soberano, exhausto, maldiciendo a las Moiras, apenas acierta a esbozar un gesto de reconocimiento antes de doblar la cerviz o de emprender una huida por las posibilidades matemáticas que por poco tiempo le brindará el tablero. Me reprocha, con su silencio digno de rey, que no haya podido defender dos escasas filas de cuadros blancos y negros. Sus súbditos huyen, cada uno pelea por su cuenta, los hay que se vuelven inmóviles.
Es un comienzo abrupto: los sabios desertaron. Antes habían aconsejado que no nos metiéramos en esa guerra; pero mi rey es soberbio. Yo sólo dispongo su final con torpe diestra. ¿Quién es el culpable? ¿Quién debe rendir cuentas por este estratégico desastre?
1 comentario:
No desesperes.
Capabianca usaba el ajedrez para comerse reinas, Fisher para matar moscas con el tablero al revés y Kasparov para salvar Gorbachones. En el fondo todos usan el juego con segundas inyenciones.
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