Mi madre, una señora encantadora, hace comentarios bien positivos en el blog, incluso cuando no voy a comer los domingos. Me pregunto qué escritores de vanguardia recibieron estos elogios en forma de croquetas con jamón y cuáles de ellos tuvieron que lidiar con una madre alcohólica, ennoviada con un infame tahúr, ella vestida de fucsia los días de luto, con una capa de rimel pegada a la almohada, tomando partido por el corruptor antes que por el famélico poeta de piel amarilla al que parió no se sabe bien por qué conjunción de las casas de Andrómeda y Casiopea.
En el curso literario de a cuatrocientos me enseñaron que el primer relato adulto de los adolescentes lo protagoniza un huérfano. Puede acompañarse de un amigo Huckleberry o de un predicador con los nudillos tatuados; puede transcurrir en el patio del orfanato, después de la guerra civil, o, si el relato es de ciencia ficción, en el patio de la cápsula A Módulo Y-400 para niños sin reconocimiento biológico. Sobra decir que ese relato cumple punto a punto el programa freudiano que aparece en la revista de Ana Rosa: matar al padre, aderezarlo con una lacrimógena historia de amor y posiblemente abandonar para siempre la escritura con la sensación de que guardamos en el cajón una obra maestra que nunca será apreciada por el corrupto e insensible sistema editorial.
Quizá los relatos de los tísicos vanguardistas comiencen con una enorme tarta de fresas que espera al protagonista mientras éste fuma a escondidas debajo de las tablas del porche. Lo más seguro es que sigan un movimiento de compensación: los niños buenos se inventan a una madre que se lava los dientes con ginebra, los rebeldes quieren globos y lasañas, y renuncian a la rebeldía para recrear un idílico territorio perdido. Cuando crece, el bueno recupera la conciencia de la edad de oro de la que salió por propia voluntad (ingenuo, esperaba encontrar a algo mejor). Pero la impronta de esa edad de oro será más indeleble en el rebelde, que querrá volver a un porche en el que no estuvo y tapará con mimo las desconchaduras.
3 comentarios:
No sé en qué curso de a cuatrocientos enseñan a llamar a una madre, "señora encantadora" uff, si lo se no vengo.
Como no viniste el domingo no te dije lo que me gustas cuando no escribes de furbo en el diagonal.
ANONIMA
¿porqué el relato perfecto empieza matando al padre?
Perfecto no, primerizo.
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