3.3.09

Mucha mierda

Espero que tenga que ver con que el autor de la obra que vimos el otro día se había trabajado poco el texto, porque, como dijo Ana, soy de los que prefiere disculpar la sinvergonzonería antes que la estupidez. Me pregunto ¿qué es mejor, que alguien gane una subvención reciclando cuatro textos que ha escrito después de haberse encajado unas birras, o que el mismo haya dedicado treinta mañanas de biblioteca, a razón de cuatro horas y doscientas páginas de Habermas, y presente un repertorio sin ilación, de clichés sobre sangre, angustia y modernidad? Reconozco que con lo primero suelo acusar menos vergüenza ajena, así que me refugio en esa posibilidad y decido que hay mucho caradura y que el patio está como está porque a nadie le importa una mierda lo que se dice mientras no se diga nada. Que era lo que decía ella, y yo aquí lo copio porque ninguno de los dos vivimos de las subvenciones y podemos… cómo se dice… compartir información, intertextualizar.

El triunfo de los egipcios está relacionada con la perversión de las ideas de libertad y democracia, aunque eso es otra historia; así, el idiota es el espectador, que no se levanta y se va cuando comienza la supuesta desnudez en la que se queda el moderno mientras lidia con sus canciones de los Doors –que equivalen a sus demonios– su acné y su sentimiento de soledad en la gran ciudad, y que aplaude, afora, recomienda y se cuelga la medalla de “haber entendido” algo que hay que ser muy idiota para no entender, ya que es de preescolar (con todo el respeto a los preescolares). Si eso es un análisis de la sociedad que te ha tocado vivir que venga Jim Morrison a verlo porque a mí tampoco me la dan, y mira que me gustaba el rock y el sentimiento de soledad en la gran ciudad cuando era un crío con más acné del que tengo ahora.

Desde aquella función en la que alguien llamó violador a Curro Jiménez (al que, al pobre, le tocaba hacer de Don Juan con litros de Dercos en la cabeza) y que acabó como el rosario de la Aurora porque Jiménez saltó de las tablas a las butacas –en la que fue la única demostración de que aún no era tan mayor para vestirse con capa y pololos–, y el convidado de piedra trataba de sujetarle para que no se comiera vivo al gracioso que le había insultado, y Doña Inés, una gran profesional, permanecía en la ventana, tal vez porque en esa apartada orilla se respirara mucho mejor que en la nube de guantazos en la que su inveterado amante repartía y recibía (porque hay que reconocer que, superada la impresión inicial, aquel espectador demostró que tenía un amplio repertorio de humillaciones); desde aquella vez, digo, y hace un taco de años, no he vuelto a ver en el teatro una provocación digna de tal nombre. Si no hubiera cundido entre el público ese poco de respeto a la profesión de artista (en un sentido super-integrador de la palabra), Don Juan, Don Luis Mejía, Don Diego y hasta Don Johnson (si hubiera estado allí) habrían terminado aplastados por una turba, porque la gente de mi instituto era pacifista, pero había alguno con tanta testosterona como para olvidarse pronto de ese punto folklórico y arrancarle la cabeza al actor para colgarla del peine, por muy ídolo de masas que fuera cuando se vestía de bandolero. Ya digo que al final se impuso la paz teatral, que consiste en que el espectador no se queja en el momento, aunque sale y le dice al de al lado “vaya mierda de obra”, a pesar de que, indefectiblemente, los dos hayan estado más de cinco minutos aplaudiendo; porque uno va al teatro a aplaudir, al fin y al cabo, aunque sea a aplaudirse a sí mismo por haberse dejado veinte pavos en una gilipollez. En plan irónico.

Desde esa vez yo no he visto un espectáculo comparable, lo que no quiere decir que no haya visto buenas obras, claro. Aunque las más de las veces han sido trampas con ínfulas como ésa de la que hablaba al principio. Puede que Curro J. se metiese en las calzas por falta de imaginación, porque se acercaba el 1 de noviembre o porque le apeteciera sentir otra vez el frufrú del percal sobre su vientre. Me puedo hacer cargo de lo que motiva a un viejo actor a blandir por última vez una espada de madera. Es mucho más fácil imaginarse eso que suponer que al autor moderno de la primera obra le interesaba algo más que no fuera recaudar molla por un pastiche de textos que se le habían apolillado en el escritorio y de refundiciones de poemas “a la manera de Bukowski”.

1 comentario:

RGAlmazán dijo...

¡Joder! Pues sí que ha disfrutado usted.

Salud y República