La mierda, los vodka-7 en gayobas, la muerte de Lady Di, y quedarme hasta las cinco de la mañana para ver una película de Antena 3 titulada Jugadores de Ventaja con Bruce Boxletner y Lee Marvin, junto a otros ratos en los que era poco más que el flamante vehículo de un destino sin rumbo, los recuerdo tan poco vívidos como la explosión de la nave espacial, aunque de ésta podría ver una recreación en youtube, podría incluso buscar la fecha, pero, a quién le interesa, es posible que no fuera la misma noche y que sea mejor así, abreviando, y juntar todos esos momentos de conciencia en los que, y yo de pequeño lo hacía muy a menudo, dices “de esto me voy a acordar fijo” y resumirlos en un par de objetos: la botella de stolichnaya, el pantalón con mierda y algo de flujo (o quizá completamente empapados, pero puede que esa noche no fuera tan completa), el coche estrellado en el túnel.
La noche aquella paré en el garito que está junto a la plaza de San Ildefonso, que antes era la plaza del grial o puede que me confunda y la de San Ildefonso sea la plaza del madroño..., paramos en el Laboratorio, y conversaba con alguien, o intentaba fregotear el vaquero en el lavabo con trozos de papel higiénico; me quité el chubasquero, o puede que fuera el forro polar marca Trango, lo deposité junto a la ropa de los demás, pedí otro vodka-7 (“lo siento no tenemos seven-up”), pedí otro vodka-sprite, y alguien apostado en la barra decidió que yo era el globo que había que pinchar –antes en argot pinchar un globo era robar a un borracho–, o puede que fuera el tacto de mi sudadera Carhart (esa sudadera que ella conocía y me decía ponte) y, mientras rascaba el tordo amarillento del vaquero, imposible que quedara limpio en las costuras –o también daba pábulo a las teorías acerca de la persecución a Ariel y a su novio árabe–, el móvil dentro del chubasquero, el forro negro Trango, la sudadera que le gustaba, volaron, se fueron, desaparecieron, rumbo a uno del barrio de Empalme con diez pavos sueltos y le sienta bien, vosotros qué decís ¿le sienta bien? Para ti, Rafita, que te has portao.
No me dieron arcadas cuando descubrí que aquel perro había cagado en el sitio escogido para el revolcón de las ocho. Hacía un calor óptimo, grandioso. El chófer también había bebido. En Cabo Cañaveral sólo podía verse la luz de las estrellas. Los astronautas se habían olvidado los naipes y se aburrían. Nadie esperaba que fuera a pasar nada. Y a partir de ahí todo fue un poco más deprisa. Acelerado.
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