Dice que abandona los antros, que c’est fini; que, a un tris de cumplir los treinta, cree que va siendo hora de que deje de asistir al espectáculo de la grosería –trabajo, trabajo, trabajo- dice que sabe la receta, incluso le encuentra la gracia a levantarse pronto, a aprovechar la jornada; lo dice el martes, ya veremos el fin de semana. Vio brillar los ojos de la risa a alguien y se lanzó -con la diferencia de que no tiene un carácter especial como el vizconde, es más, honestamente, pienso que no ha inventado expresiones ni dignas ni indignas, con suerte inventó un título que, es consciente, le robará alguien más trabajador: Libelos ejemplares.
A veces le preguntamos, creo que con buena intención y todo, por lo que estuvo haciendo durante tres años –convenimos en llamarlo novela- así que le preguntamos por la novela. Por un lado los hay que no creen que la haya terminado (como si eso fuera lo difícil) y luego estamos la inmensa mayoría, es decir tres o cuatro, que la damos por cerrada. Le explicaba a uno el otro día (lo oí pero no le dije nada por los motivos que luego explicaré) que su ilusión es que alguien, una sola persona, encuentre el manuscrito algún día y se la lea del tirón: para que funcione tiene que ser alguien a quien él no conozca -y para que le pueda gustar deberá ser alguien que no conozca muy bien el idioma- apuntó entre risas que el otro no supo cómo tomar.
Leyendo por ahí los métodos de algunos escritores descubrió que los hay que se levantan a las seis de la mañana (o antes) para estar dale que dale. Él en cambio, apura en la cama –tiene un trabajo que se lo permite- hasta las nueve o las diez; no tiene prisa y muy a menudo tampoco tiene tiempo. En resumen, no es algo demasiado vocacional y por supuesto tampoco vital. Para que no desesperara, le conté una frase de Stendhal que había leído por ahí. Algo así: “si mi amigos me hubieran dicho lo fácil que era, habría escrito muchas más novelas”.
Supongo que estaba de coña, claro. De hecho, ¿alguien ha oído hablar de lo amigos de Stendhal? Sí, Balzac le leyó la Cartuja de Parma y se quedó atónito, ¿quién no? Pero no creo que se refiera a él como un amigo (había mucha diferencia de edad, creo). Stendhal acabó en Italia, imagino que bebiendo discretamente pastís en algún salón. Todos sabemos que en esos salones se hablaba mucho de arte, se oían cuartetos y quintetos (lo normal) y se ensayaría algún poema o una representación para aliviar el tedio, pero de ahí a que fuera algo sencillo hacer El Rojo y el Negro por sextuplicado hay una distancia sideral. Se trata, pues, de una frase muy stendhaliana.
Por ese motivo yo prefiero no darle consejos, porque no sabes si te los va a devolver como una pedrada. Alguien que ha inventado un título tan decente como Libelos ejemplares quizá tenga fuerzas, en la segunda mitad de su vida, para sacar una frase decente, de esas que hace que brillen los ojos de los groseros; y si ando incordiándole, dándole consejos o pidiéndole que se levante antes o, simplemente, que se ponga, puede que la piedra me la lance a mí: estos susceptibles son muy suyos. Suelen llevarte a su terreno.
2 comentarios:
congratulations 4 ur blog... lo descubrí x casualidad ayer.. resulta muy divertido... sobre todo cuando sacas la vena pink (pol) d antaño.
salud y federico jiménez losantos.... (es coña ).
Buenas, H.G: me alegra saber de ti. Por aquí sigo, ya sin el R5.
Salud y Kinepolis.
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