Al margen de esta emotividad, no somos los mismos que fundaron eternidades, somos, en cierta medida, nuevos y, pese a serlo ahí está esa pulsión, quizá por eso mismo. No vale la pena darle muchas vueltas. Negar la catástrofe; una cosa es que no la sintáis, que no experimentéis la caída –es evidente que ninguno quiere hacerla explícita: aún funciona la historia del hombre que se cae desde lo alto del edificio (“hasta ahora todo va bien”)– negarla y sostened que nada ha cambiado, y yo repetiré con vosotros que la crisis deben pagarla los que la provocaron porque también lo pienso. La han provocado ellos, la sufriremos nosotros y nos matará a todos, uno detrás de otro, como en las viejas cuentas apocalípticas.
Frente al cómo sigue la película podéis echar raíces y dividir mejor la basura. Podéis leer cosas más documentadas, más optimistas, mejores. Hallaréis una objeción fundamental y es que no hay nada nuevo. Hay una tarde un poco diferente a las demás, un humor distinto, algo más de bilis. Una porción de nihilismo a favor de la extinción de este nanoproyecto y, cómo no, el enésimo anuncio del fin de las visitas por compromiso.
Y bien, ¿qué pasa? ¿Acaso no era bueno vivir entre la gente? ¿No podemos cantar una vez más el todo va bien? ¿No es Horacio el mejor escritor entre los vivos?
Claro que sí, joder, a nadie le amarga esta crisis; que la paguen ellos, faltaría.
Mirad bien bajo la parra, somos unos cuantos, muchos dispuestos a omitir esas minucias, tú y yo, tú por blanco y yo por teclado, dispuestos a seguir mientras el cuerpo de Miguel Ríos aguante, algo que, visto lo visto, es una eternidad. Casi al nivel de las antiguas eternidades, que ésas sí que eran largas.
2 comentarios:
te has superado.
Ana.
Y tanto que sí...
Que paséis buen día, Pablo y compañía.
Coño, me ha salido un pareado, tu blog inspira, jejeje...
Mil besos.
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