8.11.07

MODERNO SÍSIFO VAGO



Hay algo concreto que no me gusta de despertarme, la sensación de que, por bueno que sea el día, no merece la pena; y eso me lleva a levantarme (son ciclos, claro, pero llevo unas semanas así) con el pie derecho ¿o era el izquierdo? Con el morro apretado, las cejas tiesas, de mal café...

No me creo las notas mentales. Me dejo notas mentales para el resto del día, sofismas al estilo de Paulo Coelho, como: “el guerrero de la luz batalla con el yelmo resplandeciente” (si me ducho) o “el guerrero de la luz disfruta de la pitanza restauradora” (cuando desayuno), y si pienso en “Carpe diem”, me digo que hay que adaptarlo, “disfruta el día” a partir de las seis aprox.

El problema, lo dicen las tertulias, es que lo queremos todo y que somos la generación que puede lograrlo –hasta la inmortalidad, dice Houllebecq-. Y yo, por mucho que diga que me conformo con poco, puede que, si no todo, si que quiera bastantes cosas; en fin: no todos los días como arroz blanco, sueño con viajar a Brasil, y no dejo de emitir dióxido de carbono, oiga, que se nota que Al Gore no espera la Veloz.

Cuando entré a trabajar aquí, el jefe me dijo: no me gustan los vagos, y entonces pensé que era un ingenuo. No vio que soy un vago posmoderno, un ambicioso holgazán. Me despierto, desmotivado, pero vengo y hago el paripé; pongo mi ladrillo, no muy bien, ya ven, pero ¿qué me importa a mí que el edificio quede pintón?

Por las noches, en cambio, soy más optimista; pienso que Sísifo no tenía Ipod ni dos días y medio de vacaciones al mes. Sin embargo, esto no lo escribo por la noche, y aquí no hay música.

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