5.9.08

De la Alaska menos mala

Alaska es una tierra inhóspita, lo sé porque lo decía Jack London. La supervivencia implica disparar a ciegas y al bulto: tiene algo de rifa. Es un poco snob dejar de luchar por sobrevivir, cortarse las trompas y eso. Pongámonos en el caso de una mujer que se queda encerrada durante un invierno entero junto a su familia, lejos de la civilización, bajo toneladas de hielo, en un minúsculo y oscuro refugio. El recién nacido se convierte entonces en un gran acierto. Todos juegan un papel en este asunto de la supervivencia: unos, el principal, otros, el de coadyuvantes. No hace falta echarle demasiada imaginación para saber qué ocurre: mejor tener más hijos y que los que ya están crecidos no se mueran de hambre. Con esto no quiero decir que la madre no quiera al recuerdo de ese hijo. A lo que pasa en el ínterin se le llama selección natural.

Alaska era durísima. Y luego dejó de serlo tanto, según vimos en la serie de televisión. En cada capítulo había algo que celebrar. Que yo recuerde no salía ningún cazador que se quedase congelado, ni juicios sumarísimos entre buscadores de oro que acababan con un hombre colgado de una horca. Había programas de radio, disputas vecinales, filosofía, etc.

La vieja Alaska no es un lugar, era el círculo helado del infierno.

Después de las narraciones de London, se convirtió en la última reserva de petróleo virgen. Es el paraíso financiero inexplotable, el último pudor del imperio. Entrar con los bulldozers en Alaska sería como pintar un grafitti en la capilla sixtina: es feo pero se puede hacer. Siempre cabe la posibilidad de joder las cosas de una vez.

Para las naciones, sobrevivir es tener esa clase de hijos bastardos que van un paso más allá que el padre bastardo, dos pasos más lejos que el antecesor, y así sucesivamente. McCain hará de Bush un filántropo. Sus hijos se preguntarán por qué el abuelo no quiso develar la desnudez de esos lúbricos pozos. Supondrán que se trataría de un profundo error del siglo. Quizá el viejo Bush W. fuese una especie de supersticioso. Un excéntrico. Pudo actuar bajo el influjo de un brujo o una bruja ecologista. Eso dirán, dirán.

La tensión última, según vemos, es saber si Saturno devorará a sus hijos para entrar en calor o si se impondrá la sangre nueva y se destruirán todos los paisajes que coleccionaba papá, una vez que el viejo esté en el hoyo.

En Alaska, la naturaleza era generosa y te mataba. Hoy, el hombre le perdona la vida.

Cosa drástica, era en Alaska. Podían estar sobre un pozo que en Nueva York les hubiera dado millones (aunque estuviese sin explotar) y, sin embargo, más de uno tuvo que hacer al niño a la cazuela para sobrevivir. No era nada agradable. No se habían inventado las fiestas conmemorativas.

Dirán que nunca pasó y tal vez sólo sea eso, ficción. Tan verosímil como que toda la inmensidad termine agostada o hundida.

1 comentario:

hamlet dijo...

El ser grande no consiste, por cierto, en obrar sólo cuando ocurre un gran motivo, sino en saber hallar una razón plausible de contienda, aunque sea pequeña la causa, cuando se trata de adquirir honor.