29.9.08

La etapa es sueño

Es la historia de alguien que pierde el último metro a casa. Lleva una bicicleta (que le ha impedido correr para cogerlo). Puede volver sobre sus pasos o montarse y pedalear. Pedalea. No sabe cuál es el camino (no piensen que se trata de una historia urbana, ahora hay metro en los pueblos). Pregunta un tanto avergonzado y le dan vagas ideas de por dónde se llega al suyo. Tan vagas que se pierde. Para en una fábrica de polígono que tiene garita, dos vigilantes y dos perros. Le dicen que esa carretera lleva a Coslada y da la vuelta. Lleva casco aunque va sin más luces que los reflejos de sus pedales. Aún no ha recordado que en las alforjas tiene una camiseta de fútbol, blanca y brillante, que puede ponerse encima de la sudadera negra (no se trata, como ya habrán adivinado, de alguien precavido, ni siquiera de alguien que use mucho la bici).


Cuando regresa a la estación terminal decide intentarlo de nuevo. Se detiene en una gasolinera y le pregunta al dependiente. Éste no evita que su voz se llené de compasión y/o incredulidad: son bastantes kilómetros –le advierte- piénsalo bien –parece decir- ¿Cuántos? ¿Veinte? Pregunta el ciclista. El otro recula: no, veinte no son, pero once o doce, sí. El ciclista le da las gracias y dedica las siguientes seiscientas pedaladas a calcular medias y tiempo, en definitiva, a darse ánimos con la ayuda de la pseudociencia que da haber visto alguna etapa del tour por la tele. Sigue la ruta esperanzado. La bicicleta es un vehículo para vivir alegre -salvo cuando llega la agonía- y por eso canta o más bien recuerda trozos de canciones. Con un verso del Señor Chinarro (por el barranco divisas/ las luces de un pueblo entero) gestiona los siguientes tres kilómetros.


Después de todo, tiene algo de suerte. La noche no es oscura. Por esa carretera apenas pasan coches. Aunque la bicicleta está cascada y los cambios se resisten, no se le sale la cadena.


Se detiene. Ha recordado que lleva la estridente camiseta de fútbol. En un periquete, se la coloca y tira de nuevo, con la seguridad que le da pensar que ha puesto todo de su parte para que los conductores no le asesinen sin querer. Atraviesa desmontes, supera casetas de obras abandonadas, sigue a través de las rotondas el camino de Mejorada, hasta que aparece, difuso primero y después hermoso, el rótulo que anuncia en dos palabras el nombre de su pueblo, de su casa (de ella). Incluso la bicicleta se encabrita (¿estará contenta?) en la raqueta que le acerca hacia allí. Cuarenta respiraciones acompasadas le llevan a un poblado, o el arrabal de un poblado, llamado el Cañaveral, donde unos gitanos están sentados y le ven pasar –alguno incluso le grita algo que no oye. El poblado se termina y vuelve a la flora seca.


Por fin, se acerca a un puente que cruza una carretera que no reconoce. Otra vez la alegría impresa (más emocionante que cualquier libro) y al llegar al final del puente, las luces del pueblo (¿A cuánto? ¿Tres kilómetros?). Cuando toma el desvío, aparecen los síntomas de la gestión municipal: vallas, setos, pasos de cebra.


Antes de alcanzar los primeros chalets llega la peor cuesta, un kilómetro al seis o siete por ciento (de nuevo la pseudociencia). Corona exhausto y se pierde por las urbanizaciones. Ya no importa, Hay carteles. Y el viejo camino –el que puede hacer de memoria- reaparece una hora y cuarto después de que el metro se escapase. Recupera su civilización. La rueda firme hacia él mismo. El reloj, otra vez. Lejos de esa extraña vegetación, de esos espacios oníricos que rodean su pueblo.

1 comentario:

RGAlmazán dijo...

Bello pero jodido viaje. Haga usted el favor de decirle al ciclista que ponga luces, coño, que tampoco es tan difícil y da tranquilidad.(Espero que llevara el casco).

Salud y República