Todo lo que no es ridículo, es caduco. Si tuviera que definir lo efímero diría que es todo lo que es perfecto, toda idea bien expresada y bien delimitada, todo lo que se muestra racional y comprobado (…) Creo que una buena definición de ridículo sería ésta: lo que puede ser retomado y profundizado por otro[1].
Yo siempre he defendido (ejem) la importancia de participar. Por eso, el día que en un curso del paro oí decir que la gente que no sabe hacerlo no debería escribir, estuve a punto de levantarme y… Estuve a punto.
¡Noveles! ¿Acaso es ilícito que nos planteemos hacer sagas, o lo sería si quisiéramos continuar la novela de otro, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho? Los más sofisticados defienden que se puede escribir lo que se quiera y que otra cosa es publicar, es decir: desacralizan el acto reflejo para sacralizar el interior de una imprenta, lo más parecido al útero de las ideas (sic.).
Libertad, claro, pero libertad también para la vergüenza ajena, incluso para la acerba burla: la primera incursión tiene el deber de sospechar que será ridiculizada.
¿Se puede hacer, cada vez, un inicio? ¿Puede situarse uno, constantemente, en el territorio de los aprendices? Dirán: ¿Para qué? mejor es haberse explotado el acné. Para gozar de la indulgencia de uno mismo que es la mejor indulgencia a la que uno puede optar, para tenerse en consideración como una promesa, eterna la preciosa e inmaculada página recién completada, el sueño de la autoestima autosatisfecha, un día tras otro, ¿puede vivirse algo mejor? (recuerdo a una pareja que se abrazaba en el concurso de pintura rápida del retiro mientras miraban los cagarros con que habían estropeado un buen lienzo).
Eliade distingue entre el ridículo burgués, prefabricado, salto con red a la extravagancia (se me ocurren varios casos del cine español) y el ridículo completo. Entre estos pone el ejemplo del torpe que tira una taza de chocolate sobre las enaguas de la mujer deseada. Un ridículo imperial, significativo, emocionante.
El otro día estábamos ojeando un cómic contracultural que se llama el Alma de la fiesta. No estaba mal, pero se me ocurrió censurarlo y dije que me parecía ñoño; había dibujos que pretendían ser psicodélicos, flojos, algunas referencias a las drogas sin demasiada chicha, un tono medio-bajo de las historias; un qué se yo de desahogo estereotipado. Ahora no sé si la autora debería haber expuesto más, lanzarse definitivamente en pos de la incomprensión, o si yo quería que se atuviese a lo que está establecido en lugar de hacer esos dibujos, imitación penosa de un cubismo penoso, ridículo.
Sigo sin tenerlo claro, a pesar del puto Eliade.
3 comentarios:
Entenderlo, es mujer y hace comics, qué le vamos a hacer. Entenderme.
Manu Chao.
Me mata usted con su grueso humor.
Salud y recreacionimo.
Visca el Barça!!!!!!!!!!!!!!!
Manu,
Ciao.
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