11.12.08

El alma de empezar

Hay cosas que no comprendo a la primera, la eleusis es una, los ritos iniciáticos otra, (¿qué hay que comprender? –dirán– además, viene a ser lo mismo). Lo iniciático no es exactamente a lo que me refiero, hay un término alemán que no sé cómo buscar en Google que es el de la novela de aprendizaje (bildungsroman, no era tan difícil) y por ahí va la rutina del inicio (siempre prometedor, si no no sería inicio): el aquí estoy yo, motor de eso que ocurre a veces, a saber, que alguien de una edad indeterminada pero estúpidamente joven (tal vez de espíritu) entregue a la infecciosa curiosidad de los que le quieren un producto a menudo precipitado, errático, torpe, tendencioso, y muchas veces provocador de vergüenzas ajenas, a cambio de un poco de buena voluntad y quizá unos gramos de entusiasmo sin justificación. En una palabra, que alguien se preste a hacer el ridículo (porque Eliade lo dice mejor):

Todo lo que no es ridículo, es caduco. Si tuviera que definir lo efímero diría que es todo lo que es perfecto, toda idea bien expresada y bien delimitada, todo lo que se muestra racional y comprobado (…) Creo que una buena definición de ridículo sería ésta: lo que puede ser retomado y profundizado por otro[1].

Yo siempre he defendido (ejem) la importancia de participar. Por eso, el día que en un curso del paro oí decir que la gente que no sabe hacerlo no debería escribir, estuve a punto de levantarme y… Estuve a punto.

¡Noveles! ¿Acaso es ilícito que nos planteemos hacer sagas, o lo sería si quisiéramos continuar la novela de otro, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho? Los más sofisticados defienden que se puede escribir lo que se quiera y que otra cosa es publicar, es decir: desacralizan el acto reflejo para sacralizar el interior de una imprenta, lo más parecido al útero de las ideas (sic.).

Libertad, claro, pero libertad también para la vergüenza ajena, incluso para la acerba burla: la primera incursión tiene el deber de sospechar que será ridiculizada.

¿Se puede hacer, cada vez, un inicio? ¿Puede situarse uno, constantemente, en el territorio de los aprendices? Dirán: ¿Para qué? mejor es haberse explotado el acné. Para gozar de la indulgencia de uno mismo que es la mejor indulgencia a la que uno puede optar, para tenerse en consideración como una promesa, eterna la preciosa e inmaculada página recién completada, el sueño de la autoestima autosatisfecha, un día tras otro, ¿puede vivirse algo mejor? (recuerdo a una pareja que se abrazaba en el concurso de pintura rápida del retiro mientras miraban los cagarros con que habían estropeado un buen lienzo).

Eliade distingue entre el ridículo burgués, prefabricado, salto con red a la extravagancia (se me ocurren varios casos del cine español) y el ridículo completo. Entre estos pone el ejemplo del torpe que tira una taza de chocolate sobre las enaguas de la mujer deseada. Un ridículo imperial, significativo, emocionante.

El otro día estábamos ojeando un cómic contracultural que se llama el Alma de la fiesta. No estaba mal, pero se me ocurrió censurarlo y dije que me parecía ñoño; había dibujos que pretendían ser psicodélicos, flojos, algunas referencias a las drogas sin demasiada chicha, un tono medio-bajo de las historias; un qué se yo de desahogo estereotipado. Ahora no sé si la autora debería haber expuesto más, lanzarse definitivamente en pos de la incomprensión, o si yo quería que se atuviese a lo que está establecido en lugar de hacer esos dibujos, imitación penosa de un cubismo penoso, ridículo.

Sigo sin tenerlo claro, a pesar del puto Eliade.



[1] Mircea Eliade. El vuelo Mágico (recopilación). Trad. V. Cirlot y A. Vega.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Entenderlo, es mujer y hace comics, qué le vamos a hacer. Entenderme.
Manu Chao.

Pablo Elorduy dijo...

Me mata usted con su grueso humor.

Salud y recreacionimo.

Anónimo dijo...

Visca el Barça!!!!!!!!!!!!!!!
Manu,
Ciao.