Charles Laughton con cara triste
Este fin de semana he visto tres películas. En dos de ellas aparece una muñeca. En “Centauros del desierto” John Wayne, que hace de fascista, busca a una tribu de indios (el malo se llama Cicatriz), que secuestra a su sobrina en el minuto diecisiete de película. Lleva la muñeca por si acaso sirve para que la muchacha se acuerde de su rancho perdido pero, media hora antes del final, se la dejan a otra que fue secuestrada por los indios y que se ha vuelto loca –la pobre-; digamos que pasa tanto tiempo, que hasta el tío Ethan (Wayne en la peli) se da cuenta de que una muñeca ya no significa el hogar, que el hogar de la chica son los indios, que ha crecido.
La otra muñeca sale en “La Noche del Cazador” y tiene valor aparte del sentimental. Es una gruesa burla de Charles Laughton (es que a mí este tío me parece que siempre está de coña), ya que el juguete se convierte en el símbolo de la pérdida de la infancia para los niños Harper.
Le contaba hace poco que yo me pedí juguetes hasta tarde, iba por rachas, pero creo que con los últimos clicks que me echaron los reyes tenía yo quince años –diré catorce para salvar los muebles. En lo que tardó en crecerme el bigote pasé del fuerte Randall a Venus in furs, y la lié. Así que la vida es una mierda, vaya, vaya: no era eso lo que decían los playmobil. Claro, que a los playmobil les ponía voz yo.
Con los años me he dado cuenta de que, a menos que te persiga un predicador o un tío fascista que quieren matarte, la vida no está tan mal. Es que se pasa a la realidad de una forma muy brusca ¿no creen? La adolescencia tendría más sentido a los setenta años. Bueno no lo sé. Joder, qué difícil. Ahora me parece que los juguetes, como le pasa a la cría aindiada, no significan nada; ni los símbolos, ni los recuerdos: quieras o no, tanto tiempo huyendo con los indios te convierten en uno.

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