11.8.08

Los juegos olímpicos con más publicidad de la historia

Me despierto sudando. El presentador habla a gritos. Explica las reglas básicas del tiro de pichón, clase supra; participa un español al que eliminan después de su primer disparo. “Si cobrase treinta mil euros estaría obligado a traer metal” -dice el locutor- “afortunadamente, estos matados a lo que están obligados es a trabajar si quieren mantener una familia”.

Llega un checo con su rifle y abre un buraco en todo el centro. Medalla. Publicidad. El lema de Televisión española es un “A por ellos” entonado sin entusiasmo. La canción elegida: Salta en Pekín -adaptación de Tequila- es lo más penoso que he oído en mucho tiempo. Me levanto del sofá pensando que el marketing de la cadena pública es suicida.

Cuando vuelvo hay un programa especial: “el objetivo de conseguir las mismas chapas que en Barcelona 92 está un poco más cerca”. Sin embargo, las noticias dicen que pierden los tenistas españoles, pierde una yudoka, pierden las chicas del equipo de Hockey y los nadadores se quedan a un segundo de su mejor marca, por lo tanto, pierden. Se supone que hay constantes novedades pero no dejan de poner imágenes de Samuel Sánchez y del tirador de esgrima. Me voy.




Imagino que la desmotivación de algunos deportistas –también lo llaman nerviosismo- surge por el hecho de que después de la cita comiencen las vacaciones. Sí, han currado cuatro años para llegar hasta aquí, por eso precisamente han perdido las ganas. Los de la federación de turno deben entender las olimpiadas como una lucha contra las demás: “Si sacamos un diploma nos darán más perras que a los bádminton”. Hay un medallón de porexpán para los que creen que lo importante es participar, y un billete de avión. Y siempre hay alguien mejor que ellos. Casi siempre.

La Villa Olímpica es como un campamento del que muchos se van antes de la Barbacoa de Clausura. Se van con la cara larga porque el entrenador les ha puesto las orejas tiesas. En el parterre escuchan reír a tres borrachos de halterofilia. El taxi, y a su vida de siempre; unos días de jolgorio y a su curro de toda la vida.



No sé qué cuentas habrá hecho el Comité Olímpico pero me suena que han sido bastante optimistas. ¿Es Anti-Español apostar a que se van a quedar en quince? En todo caso, nadie se lo tiene que tomar a mal si digo que al paisanaje le gusta más dormir la siesta y beber sangría que ganar medallas. Además, según oí en la apertura de María Escario, el ochenta por ciento de los deportistas españoles son catalanes. Eso puede darnos esperanzas.

Me vuelvo a sentar en el sofá. Ahora mismo, un japonés llamado Kitajima acaba de ganar los cien braza. Ha dejado el crono en menos de 59 segundos. Más o menos, ha sido el mismo tiempo que he empleado en quejarme de los Juegos. Voy a volver a ver anuncios de coches que no compro.

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