1.8.08

De nuevo el fin del mundo

Me había llegado la carta en la que me conceden el paro. La firma la directora provincial, que se llama Piedad. Con su gracia y con la del calor sigo en el proceso de leer la Biblia. He llegado a los profetas. Me entero de que están vigentes cuando leo la noticia de que en un pueblo colombiano ¿al pie de las montañas? ha llovido sangre. Ni a la peña ni a Jhony Milton Córdoba les cupo duda y, por si había alguna, una bacterióloga del pueblo de al lado certificó que aquello no era Orlando. Al margen de los vampiros y de esos siniestros que van al Dreams, nadie puede estar contento. ¿No dijo algo sobre el tema ese Isaías o el mismo Jeremías? ¿Está llegando al río? ¿Lo había pronosticado Chomsky?

Gracias a Piedad puedo averiguarlo aquí sentado. Internet me informará, no me cabe duda. Ayer fue la lluvia de sangre, hoy un polaco aconseja los orgasmos, tal vez el ocho del ocho del ocho un grupo de dulcinistas pongan un petardo en la ceremonia de inauguración, como soñé el otro día. En las casas de apuestas inglesas se acepta que pronostiques el fin del mundo; si se acaba el ocho de agosto pagan ocho euros por cada uno que te juegues (es un tema que no interesa mucho porque apenas da ganancia). Hace poco hablaba con Ana de que esta época se parece al de la Edad Media y antes de ayer, en el pueblo, se lo repetía al novio de mi prima mientras nos tomábamos un palito de ron.

Los okupas dicen que también lo piensan, pero les pierde la ñoñería: “queremos el cielo” se serigrafían. El cielo, está bien. Pero eso no es de lo que hablamos; no tenemos el mismo concepto de Edad Media, esos okupas y yo. Hay que reconocer, sin embargo, que se ocupan de la huerta y que consumen, y follan entre ellos, con conciencia frailuna, lo que, visto lo visto, es un loable empeño terrenal. Sus deslices ñoños con respecto a lo que hacen son hasta divertidos, tanto como entretenidas las sesiones de flamenquito o de malabares, o un corro de canutos; me conviene no juzgarlos con demasiada crudeza. Qué es eso de acusar a alguien de ñoño. Tendrían que verme jugando con las sobrinas o hablando de Los Ídolos. Si ellos quieren esperar el fin de todo esto estableciendo relaciones con “el barrio”, por mí de puta madre. Yo tengo el beneplácito de Piedad y puedo hacerlo también.

Iba por la Edad Media con un Procesador Intel Pentium M, recabando las noticias del advenimiento. Ellos lo llamaban cambio climático o crisis de la energía pero había terceros que persistían en hablar de castigo divino como si no hubiese una noción más concreta, a punto de ser tecnológica. Recorría la percepción periódica de que todo se va al garete. Llueve sangre, se escriben malos versos, se forman grupos por doquier y unas autoridades -casi tecnológicas- eligen fechas que tal vez son un oscuro homenaje a Hitler, para inaugurar los juegos olímpicos.

¿Qué me diferencia de Jeremías, si yo también denuncio, me lamento, anticipo, informo, profetizo y soy ignorado? En primer lugar el medio, como dijo McLuhan. Y después, que a mi me importa todo demasiado poco, la verdad. Si los dioses o los hombres decidieran suicidar al mundo más rápidamente, nosotros no lo íbamos a ver, o lo íbamos a ver diciendo ya te lo dije, lo que es un consuelo -por lo menos no te has hecho ilusiones-, piensas.

Ya veo que algunos mueven la cabeza de uno a otro lado y opinan, este chico es un pasota, no se da cuenta de que, aunque sea un reintento, la humanidad debe actuar a plena conciencia, de que se cometerán nuevos errores pero no serán los mismos que aquellas veces. Otros la mueven y dicen: está tarado ¿no se compara con el gran Jeremías? Y todo porque ha leído una noticia en El Caso.

Lo quieran o no lo quieran, los blogueros cumplen gratis la misma función por la que cobraban los juglares y los predicadores de la Edad Media: toman una noticia o una historieta del fondo común de la cultura y le ponen los acordes que han podido aprender. Yo la cumplo con más o menos empeño y me permito gracias. Eso no quiere decir que cuando llueva de verdad no me vaya a poner serio. Seguro que me pongo.

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