2.8.08

Reproducción aleatoria

Los puristas dicen que nada como un disco, respeto sus ideas, pero para largas sesiones como las que vivía en la Compañía, prefiero la reproducción aleatoria. Antes escribía con música, de hecho, mi única novela (un intento fallido, por supuesto), fue hecha bajo la influencia del Hachis y de la Consagración de la Primavera, mayormente, aunque a veces también ponía ese disco de Música de la Antigüedad griega que produjo Gregorio Paniagua. Hoy he dejado esas costumbres, ya saben, para centrarme un poco más, aunque en el caso de esta entrada me permito la reproducción aleatoria, en algo se tiene que notar que estamos de vacaciones. Como dice ahora mismo el piano de Michael Camilo ¡por qué no!

La reproducción aleatoria es uno de esos inventos de la era, pero todavía lo es más el P2P, de donde hoy tomo la música. Comprendo que se diga que ha restado romanticismo a la idea que teníamos de la cultura; para mí ese es un inconveniente menor, demasiado etéreo para que sea realmente apreciable. Es cierto que tocar el soporte, apreciar su arte final y todo eso puede producir una honda satisfacción, pero por cada vez que sucedía eso –por cada vez que se saltaban los cachos de hierro y cromo- había más de una en la que la portada te daba igual porque el disco que habías comprado era una mierda cara. Pasa algo parecido con el goce de descubrir grupos, estaba bien hacerlo y que te saliese redondo, en el mejor de los casos era una inversión. Sin embargo ahora hablamos de que por unos sesenta o setenta euros al mes (contando con el precio de la banda ancha, el uso del ordenador, etc.) puedes conocer muchos más grupos. Pago bastante más dinero del que podría destinar a la música pero al menos tengo la posibilidad de explorar toda la oferta y de no conformarme con los cuatro grupos que aparecen en la radio o en la tele. Alucina el descaro de la SGAE y sus ayudantes, la verdad. Más si se tiene en cuenta que se les paga el diezmo.

El otro día, en un Colorines atrasado, leí la historia del Canto del Loco: “No son un producto”. El título me pareció esclarecedor, aunque el artículo estaba destinado a hablar de la madurez del pavo, que es el grupo: consiste básicamente en que ya no sale tanto, tiene novia desde hace un año, es capaz de conmoverse cuando ve en las noticias a la chica de la burbuja, sus seguidores han crecido con él (sic.) y ha pasado de cantar a la quemazón de la madre de José a la crítica social de su nuevo single: Eres Tonto. El reportaje contaba cómo el grupo había convencido a los de la casa de discos de que apostaran por ellos en el lejano 2000. Fue así: el concierto para los capitostes de Ariola estaba siendo una murga, sobre todo porque ninguno sabía tocar, pero entonces a los muchachos se les ocurrió descubrir una camiseta que ponía I Love Ariola: “Nos dimos cuenta de que tanto descaro iba a petar en los Cuarenta” dice el manager del grupo en el Semanal. La deprimente historia sirve para ilustrar qué es eso que alguna vez se llamó la música comercial. Músicos patéticos, muchas veces pijos, que en el mejor de los casos copian estribillos de Los Beatles y en el peor de Maddona.

Mis cedés están apilados en desorden en las estanterías del salón. Tengo jodido el tocadiscos y el altavoz izquierdo. Llevo unos veinte en el coche, y alguna mañana pongo uno en casa, aunque sólo se oiga por un bafle. A estas alturas el noventa por ciento de los discos apilados son un engorro, si quisiera organizarlos tendría que comprar doce o trece carpetas cuádruples, supongo, la verdad es que ya no me lo planteo. La música que alguna vez escuché o que tuve el propósito de escuchar crece como las uñas de los pies. Si no se es obsesivo, los soportes físicos están muertos. Por otro lado, estamos abocados a encontrarnos con determinadas canciones y nadie nos puede racanear ese beneficio. Ocurre con Les Yeux Noirs de Coco Briaval o con las trompetas de Everytime I See My Baby de los Delfonics o con Chain Gang de Sam Cooke, temas que viven gracias a Internet o por algún locutor perdido. Pensar que Ramoncín quiera vivir de Cooke, es sencillamente repulsivo, y no se me ocurre qué le puede deber el negro que compuso Chain Gang a la mejor canción que Ramoncín escribió cuando todavía no se dedicaba a poner demandas contra el honor. Nada como el P2P para huir de los mediocres.

1 comentario:

PRUEBAS 2013. dijo...

Me ha llamado la atención tu apellido porque lo compartimos pero yo lo escribo con i latina.
Oye sobre los gustos musicales no se debe escribir tanto, cada uno escribe y se inspira con lo que le llega que puede ser absolutamente variopinto, no te cortes hombre¡¡¡¡
besísimo