6.8.08

Mi Buenos Aires, queridos

Qué pasa, colegas.

Cuando llegué a Buenos Aires me pareció que había entrado por una puerta de Madrid que no conocía. Luego vi que los cartoneros seguían yendo en burro y pasé cerca de alguna Villa Miseria; fui al norte y reconocí la pobreza rural que a esas alturas ya tenía para mí algo de mito. Cerca de San Antonio de los Cobres me impresionó que hubiese un pueblo consagrado a la endogamia, el pueblo de los Barbosa -no recuerdo cómo se llamaba exactamente-, estaba junto a unas ruinas de los indios quilmes. San Antonio está en un desierto, a un par de horas de unas grandes salinas. Recuerdo que comí sopa y pollo en un bar en el que había una sola mesa. No hablamos con nadie, nos fuimos sin preguntar por la Plaza Mayor; no había nada más que ver que casas de mineros pobres hechas durante el siglo XX. En Salta me compré un cortaúñas y en Tucumán un despertador que todavía anda por casa; en Córdoba ayudé a estos en un campamento de niños y niñas trabajadoras. Como sabéis, allí hay muchos más que aquí.

Sobre el paisaje no haré buenas descripciones. Tal vez un geólogo, un botánico o un paisajista acierten con los términos; para mí no tiene sentido decir que había robles o no sé qué sulfato en las montañas, no lo tiene que hable de la inmensidad con la que se topó Lope de Aguirre si ya la conocéis. Este domingo estuvimos viendo La Misión. Los guraníes se montaron buenos paraísos en la zona de las tres fronteras. Ahora, con tanto turista, desmerecen, pero sigue siendo la hostia, las cascadas y tal. No estuve en Ciudad del Este, que creo que es de los sitios más peligrosos del mundo. Puerto Iguazú es una de esas ciudades que salen en las novelas de Vargas Llosa, con maderos corruptos, putas honradas y traficantes brasileros. En el albergue tienen puesta la tele todo el día para que los europeos pelen la pava. En el Sur comencé a prepararme la comida para abaratar. Vi cómo se caía un muro de hielo del Perito Moreno (no somos nada, etc.).

Cuando regresé a Buenos Aires, Julito me convenció para que disfrutara a tope de la vida acaudalada. Los últimos días, menos la carne y la comida, todo costaba más. Estaba subiendo la inflación, me dijeron, y se miraban unos a otros preocupados, como cuando se habla del Euribor. Aún así era un chollo en comparación con esto, restaurantes, conciertos, librerías, tiendas, podía hacer lo que me apeteciese: ir al cine, cenar solo, tomar un helado… Me hallé sorteando cartones para comer Entraña en el 22. Salvo al olor de la parrilla, era ajeno a todo al igual que aquí. Había realizado aquel viaje para regresar a la bien parecida clase media: Cuando crees haber terminado con toda esta gente, vienen trescientos más, con sus facturas y los ves allí, en el atrio: los que hacen bolsos, los pasamaneros, los que hacen cofrecillos. Vienen y les pagas. En fin, crees que ya se han acabado y aún siguen viniendo los que tiñen en color de azafrán… Siempre hay una cosa más y alguien más para venir a pedirte dinero[1].

Volví hablando de explotación infantil con cazadora y zapatillas nuevas. Turista, pese a todo, y fabulosamente acrítico, era Buenos Aires y tenía que disfrutar: hacerme fotos en Caminito, mirar fotografías de Gardel, hacer como que la Corrientes no se parece a la Gran Vía. Qué distinto es aquello de Madrid, le dije a quien escuchó. Ahora sé que fue la vida vacacional; había soltado la piedra una temporada y pude pasear por aquellas calles que eran un trasunto de los felices años veinte. Era la versión despreocupada de la era del consumo. Allí fundí mis últimos ahorros, tal vez inconsciente. Lo recuerdo como un gran viaje. Sé que os estaréis divirtiendo. Ya me contaréis.



[1] Aulularia. Plauto. Trad. Eudald Solà.

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