¿Cuántos no aceptarían vender el alma al diablo si se presentase la ocasión? ¿Quién podría rechazar semejante privilegio?[1]
Anoche me quedé viendo La Semilla del Diablo, película hippy de terror protagonizada por Mia Farrow, guapa hasta que se corta el flequillo; y por John Cassavetes, que lo borda haciendo de San José Negro. La película es bastante humorística, aunque a veces sí que da canguelo; en especial, por el careto de ese doctor Hill –sobre todo porque sus intenciones son buenas.
La criatura no aparece. Durante la concepción se ve la garra de Satán, pero eso pertenece al delirio hippy-onírico: piel de rinoceronte, vello abundante, etc. No vemos al hijo de Rosemary.
Strindberg imaginó a un Satán del lado de los hombres. La concepción del diablo más extendida hoy día, tergiversa el mito de Prometeo y el papel que cumplían los demonios, aquellos que mediaban entre lo humano y lo divino. El demon (se ocupa de lo que se refiere a los sacrificios y ritos de iniciación, a los ensalmos, a la adivinación toda y a la magia[2] dice Sócrates) no estaba, en principio, asociado al mal; pero su presencia no era homologable en la lógica monoteísta, por eso, primero desaparecieron (o se encarnaron en uno) los demonios buenos –para Platón el amor era uno de ellos-, y después se unificó a los malos en Satán: se terminó con el concepto mismo de la tercera vía entre dioses y hombres y se le otorgó a aquél título de divinidad y todo un principado. Algo semejante pasa con el Seol (el Hades romano): “Al principio era un sitio en el que se podía estar, ahora es un infierno”. En el momento en el que hablar de intercesores es hablar de lo sagrado, Satán se vuelve sagrado. Es entonces cuando da miedo. Lo que queda claro, según mi humilde entendimiento, es que las deificaciones traen la ruina a la civilización.
Polanski consigue que nos aterren los vecinos satánicos porque los presenta como a creyentes convencionales, un poco envidiosos, un poco entrometidos y empalagosos. Son patéticos hasta que empiezan a conseguir lo que quieren. Como los del Opus, estos vecinos ayudan a los suyos a progresar en la vida a costa de los demás. Les gusta el lujo y el oropel, se reúnen para cantar versos satánicos, y tienen crucifijos (sólo que dados la vuelta) y cuadros de iglesias (sólo que de iglesias quemadas). Viene a decir que estos brujos son divertidos –por lo estrafalarios- hasta que se meten en tu vida y te meten en su Gran Familia. Eso con respecto a los creyentes.
Lo saco de aquí.
En cuanto a Adrián, el heredero, es un tipo que ronda los cuarenta tacos, con descendencia, alguien que ocupa un cargo. Más mediocre que malvado, príncipe por capricho de los hombres; el hijo de Satán puede trabajar perfectamente para Halliburton u organizar grandes premios de Fórmula Uno. Si fuera como lo pintan los cristianos, si viviera, el hijo de Satán no dejaría de ser uno más entre un vasto grupo de hijos de puta.
Según la película, Adrián, el diablo encarnado, tendría hoy 42 años. Hay que suponer que ha formado una familia, que ocupa un puesto importante (¿miembro del Comité Olímpico Internacional? ¿Jurado del premio Alfaguara de Novela? ¿Mano derecha del Primer ministro ruso?), y que destaca por su capacidad para el disimulo –el diablo logró convencer a la humanidad de que no existía. En cualquier caso, si su labor fuera extender el mal por la tierra, Satán sería contingente. Estas divinidades no son nada sin los fieles.

2 comentarios:
Ya había visto la película hace un par de años, cierto es que no me sale un analisis tan excelente como este..
Polanski es Polanski.. "se le va la olla" a veces, pero es de mis favoritos..
Un saludo
Gracias hombre.
También de parte de Polanski.
Un abrazo.
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