Eskorbuto, de jóvenes.
Nos tomamos algo en el bar de la okupa; ya nos íbamos a casa cuando salió B. de un bar y nos invitó a que pasáramos. Los viejos tiempos se han terminado para un tío al que conocía. Tuvo un derrame cerebral en Argentina –un significativo gesto de B. aclaró el motivo- y allí se quedó todo salvo el envoltorio. Se había ido a la Patagonia para aprender a volar (parece un recurso de novela, pero ya sabéis que la realidad supera y patatín/patatán), cogió una bolsa llena de merca y despegó, al menos eso colegí del gesto que hizo B.
Esta semana en el curro he estado escuchando algunas canciones de Las más macabras de las vidas, de Eskorbuto; en el bar de la okupa hablaba de ellas con mi amigo. Son las extrañas fantasías de dos moribundos al final del último subidón, un disco raro de Rock, raro incluso si se compara con el resto de sus discos. La portada es un cementerio, en una lápida está escrito el nombre del grupo. La mayoría de las canciones hablan de amor, sólo hay que imaginarse que el tú lírico al que hablan es la heroína: mi vida he abandonado nena/ por esperarte a ti.
En uno de los últimos posts que hice me metía con la droga de farmacia o con la estética de los medicamentos, no lo recuerdo. Ahora veo fueron líneas que no abordaban el tema principal de la droga, la muerte; se quedaban en lo epidérmico, lo que por otra parte es normal, me digo. Dejemos que mueran como han elegido vivir, sólo queda analizar o la indiferencia. Prefiero tentar un análisis aunque se quede corto y no disimule mi patetismo:
El tren con destino al infarto cerebral, la vida vacante, una muerte postergada hasta que el cuerpo da lo que la mente pide día y noche, mientras eso que fue una persona más apura cartuchos en una habitación en penumbra, convertido en el testigo único de ese sacrificio desquiciado. Joder, me impactó imaginármelo, la verdad. Fue como el caso del ciclista Pantani, supongo. Si es triste pensarlo, peor es imaginar qué pensarían en esos momentos. Las últimas canciones de Eskorbuto ayudan a saber qué se le pasa por la cabeza a un enfermo terminal en ese caso.
Demasiado sentimiento de culpa, me temo. Una cadena, como dicen, una espiral, de recuerdos, mala conciencia, remordimientos y puro dolor, una náusea que la droga sólo subraya; claridad falsa o verdadera (a esas alturas qué más da), una habitación cerrada y algunos indicios de que la vida sigue afuera, ladridos de perro, servicio de habitaciones, televisión, llamadas sin contestar, etc. Al otro extremo del planeta está la familia, los amigos, incluso los camellos, indicios que pasan a ser vestigios cuando la decisión está tomada y sólo falta que el cerebro dé el visto bueno a su destrucción. La enfermedad, en este caso, es tener a un demonio en el cuerpo, un impulso anormal que les hace consumir más y les vuelve insaciables en plena carrera.
Triste, sobre todo triste. Ni el suicida tiene tanta conciencia del final, creo yo. Hay algo más vital en el que se tira por un puente que en el que se encierra en un cuarto para sufrir un infarto. Tal vez sea que hay algo en la locura más reconocible, menos oscuro que la pura depresión de aquellos.
Da mal rollo enterarse en la barra del bar de que alguien que tenía más o menos tu edad, ha terminado así; parece que fue ayer cuando le veías, con una mirada un poco alucinada, sí, pero normal, bastante normal, charlando sobre su futuro: no ha pasado tiempo desde que dijo que se iba a Argentina a hacer un curso de pilotaje, tres años que no son nada, que se pueden resumir en lo que baja una copa y aún sobra tiempo y se producen silencios que pueden significar algo o ni siquiera.

1 comentario:
En mi círculo alguno se quedó en los tripis. Es triste, jodido enterarse.
Publicar un comentario