4.6.08

Hacia el progreso por la droga

Era todavía un muchacho guapo y joven el día que propuse a unos amigos que llamasen Alka Seltzer a su grupo de música. El nombre se les quedó unos cuantos años (me parece que nunca lo cambiaron) a pesar de que en su momento no les gustó y después, tampoco, pero es una de esas decisiones que uno toma para no tener que estar a vueltas con lo mismo cada día (sucede lo mismo con el nombre de este blog). Creo que lo propuse porque me gustaba el sonido de las burbujas subiendo y el sabor salado del antiácido formando una tubería en mi estómago; hoy ya no tomo Alka Seltzer, sólo de cuando en cuando unas cucharadas de bicarbonato Torres. El grupo de mis amigos ha desparecido, junto con la belleza y la juventud.


La apología de los medicamentos, en la que jugué ese papel secundario, ha continuado sin mí (como todo). El otro día me sorprendió comprobar que se ha convertido en un signo de distinción en las obras de la modernidad, vi que se usan los nombres de medicamentos como el modernismo cantaba a las válvulas y a las turbinas. Ahí está, en el joven siglo XXI, un nuevo y raro canto al progreso: Valium, Tranxilium, Prozac, Viagra, Focusin, Litio etc. La química legal de la posmodernidad está omnipresente en todo lo nuevo, para dar risa, para hacer pensar (Prozac y dudas), dormidito con dormidina, Ginseng y Revital para los menos sofisticados, litio para los héroes de la generación X, etc.

Un mileurista escoge su medicamento, lo redondea, expone con impudicia su deseo de vivir narcotizado, de dormir sin sueños, celebra que los autores hablen de él, vive para demostrarse que estamos obligados a ser espectadores de su neurosis… ¿Qué medicamento gastas? ¿Te hace flipar? ¿Tanto como para desnudarte en la calle principal? Seguro que sí… Da ese nombre y se te abrirán todas las puertas, un paso más: di lo que te carga las pilas, el mundo te querrá más cuando sepa qué es lo que te pasa el druida; arrancarás una sonrisa de la cara más amarga si revelas cuál es la fuente de donde mana tu (escasa) fuerza.

Dirán que surge de la mística de las drogas ilegales y las espirituosas, que es inútil diferenciar entre unas y otras: ahí está el ejemplo del vino, Céline no se hubiera enrolado, Martin Eden no terminaría como termina, sin vino. Opio, láudano, belladona, cocaína, heroína, éxtasis, hachis, la misma mitología, a fin de cuentas; quizá un poco más oscura que ésta que nos ocupa; tal vez la diferencia esté en la receta. Ya no la expende el diablo sino un médico que con cien de esas se gana un viaje, el yonki no recorre los tugurios, mirada vidriosa-candidatura a una paliza, el principal veneno es la vida y el Valium es sólo el pequeño ayudante que puede obtenerse poniendo cara de pena; nada en contra, pero prefería que me enseñaran cómo el hijo del diablo vagaba hacia el arroyo antes que ver a estos diletantes enarbolando medicamentos y cantando a la alegría de vivir sedado.

Son buenos tiempos para la química, un tiempo de prestigio. Hace poco más de un siglo todavía era el instrumento de los alquimistas, hoy parece que descubrieron el método para hacerse de oro. No faltan los que veneran su nombre como recurso estético; es una captación de benevolencia, propaganda del irremediable ascenso del laboratorio. Soportando la vida, vestidos con bata blanca, se les ocurre que en la pastilla azul hay un lugar para ellos, en el que los arroyos no arrastran cadáveres, ni les acompañan las sombras, el diablo no es guía, de hecho no existe; se pueden sentar en una alameda, instalar otra pastilla bajo la lengua, recordar vagamente a Huxley, instalados en una bruma casual, que se descubrió cuando se buscaba la fórmula del Opus Nigrum. Antes de que esa bruma se evapore dejarán testimonio de lo mucho que les encanta, tanto como un spoiler, mucho más que la victoria de Samotracia.

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