16.6.08

Nueva Literatura Adolescente

Léete este libro. Genealogía tediosa, de Juan Torrance.

El tedio es el material con que se hace la Nueva Literatura Adolescente: una gota de Cristasol que tarda dos horas en recorrer el cristal de una ventana por la que el protagonista ve a la infancia correr lejos, marca el tempo del libro. El lector se introduce en esas cien páginas de gota cayendo, sin sabor de magdalenas ni un mísero vaso de agua. Eso dice la solapa; ¿Cómo está escrito? En un estilo sublime en el que uno parece morirse literalmente de aburrimiento, ¿Es así la literatura moderna? Lo es la Nueva Literatura Adolescente, que pretende crear la atmósfera de esas viejas canciones de la Velvet Underground que duraban tres cuartos de hora: ruido de cajones cerrados y notas dodecafónicas que se obtienen con un cazú. ¿Entonces es bueno? Esa es una pregunta tan arcaica que no merece respuesta.

Narra la historia de Karpintero, un adolescente de treinta y un años que tiene serios problemas para limpiar el horno antes de que sus padres regresen de unas cortas vacaciones. Arrodillado ante esta metáfora de la fragua de Vulcano, en la que el destino unívoco es el trabajo y por ende el infierno, el adolescente medita sobre la vida: muchas ilusiones, pocas esperanzas, dice en un momento dado.

En efecto, la segunda parte son cien páginas, sin puntos ni comas, acerca de esa gota de Cristasol. Torrance devela detalles nimios que sirven para descubrir que Karpintero no es el ser inocente al que nos enseñó raspando las bandejas del infierno, su falta es haber confiado demasiado tiempo en una especie de providencia: Al principio era su madre, más tarde K. aprendió que juventud le abría las puertas que adolescencia le cerraba. Es obvio que la gota, protagonista absoluta de la segunda parte, es un triple símbolo de infancia, muerte y regeneración. No hay que perder de vista las distopías que propone Torrance: desde la audaz negación de un paisaje poblado por pastores y poetas, con ecos de la arcadia sanazzariana, hasta la renuncia al ciberespacio de Gibson; se vale de todas estas no referencias para crear su espacio personal: un no lugar en el que cada palabra es una losa y cada cita un tormento que escritor y lector sufren juntos. Un juego meta-literario (y a la vez antiliterario) de espejos rotos que manifiesta la nula capacidad irónica que distingue a los miembros de la Nueva Literatura Adolescente.

La sobria interpretación de la realidad que desmadeja Torrance alcanza su clímax en el entremés con el que se abre la última parte del libro: la narración en estilo periodístico del episodio más visto de Verano Azul. Las líneas diáfanas que arquitraban la narración no disminuyen el efecto de desencanto ni el profundo hastío que a esas alturas ha empapado de forma irremisible a todos los agentes que intervienen; tedio con el que el autor ha conseguido la virtual desaparición de personajes, acción y reflexión y la desaparición parcial o total del lector como individuo.

El único pero de la novela es el final. Karpintero resulta ser un extraterrestre que ha tenido un sueño, su mujer, a la que Torrance define como “una Pamela Anderson con el cerebro injertado de Simone de Beauvoir”, le despierta y hacen el amor como bestias sudorosas. Juntos visitan una colonia de esclavizados mutantes. Karpintero ve sorprendido que uno de esos humanoides es como era él en el sueño. Ejerce entonces de providencia y libera a ese esclavo al que colma de riquezas.

Con esta primera novela, Torrance se ha situado en la primera línea de su generación. Ha fichado por la editorial A. y participa como tertuliano en varios programas de la cadena S. Ayer había más de noventa personas esperando que les firmase un ejemplar, pero, fiel a su estilo, no apareció por su caseta. Hay genio para rato.

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