El viento africano del que habla Eloy, unos pantalones demasiado gruesos, y Las Moradas de Santa Teresa para el autobús, hacían presagiar que el relato del día iba a tener textura de polvorón. En la cola del paro había más mujeres que hombres. Bajo un pino, en el campito austero que rodea la oficina de Moratalaz, me podría haber levantado y, llamando con gritos la atención de las que esperaban su turno para la ventanilla B, haberles leído ese pasaje en el que Santa Teresa habla de la belleza de lo flaco cuando hay buen karma, que aunque nunca dé Dios regalos, dará una paz y conformidad con que anden más contentas que otros con regalos. Por supuesto, no se me ha ocurrido hacerlo, no he abierto la boca, he seguido esperando cabe la conífera, pensando en ese dios que no regala nada a ese grupo de mujeres ni a mí.
Leí un artículo que decía que los místicos y Fray Luis habían dado voz a una teología equiparable a la del protestantismo. La iglesia optó por subir a los altares a estos arrebatadores para que dejasen de molestar y se llenasen de polvo, sostenía el autor. Un aspecto en el que fueron precursores los primeros fue en su empeño por dignificar a la mujer sin apoyarse en los milagros ni en María.
Así me entretenía, haciendo esa cosa tan moderna que es aplicar los pocos conocimientos de historia en la cola del paro.
Esta mañana, en el desayuno, hemos hablado de la relación entre razón y fe en el mundo cristiano. Hojeando la Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano para la entrada, he leído una mención al estudio de la filosofía por parte de post-apostólicos como Artemón. Según Celso, estos: Se atreven a alterar las Sagradas Escrituras, a abandonar la antigua norma de la Fe y forman sus opiniones de acuerdo con los sutiles preceptos de la lógica (…) Euclídes se encuentra permanentemente en sus manos; Aristóteles y Teofrasto son objeto de su admiración y manifiestan una reverencia excepcional por las obras de Galeno. Sus errores se derivan del abuso de las artes y ciencias de los infieles, y corrompen la simplicidad del Evangelio con los refinamientos de la razón humana.
La réplica de estos filósofos paganos se encuentra unos párrafos antes: los cristianos se mezclan con la multitud tosca y se infiltran en las mentes mejor dispuestas a recibir la impresión de los terrores supersticiosos[1]. En otro momento dicen que los asesinos entran en la iglesia como Pedro por su casa, compran el perdón y se van sonriendo.
Le he expuesto varias teorías que he oído por ahí: que el cristianismo estuvo tocado de muerte desde el año mil hasta que se tradujo a Aristóteles y apareció el prestidigitador de Aquino, y que esa crisis, que en Castilla fue tardía y prolongada, acaba cuando la corona se autofinancia con la expulsión de los judíos, se descubre América, se conquista Granada, etc. Borracho de éxito, es natural que el Hasburgo decidiera no mover mucho las cosas. La religión tomaba aire en España aunque él se las tuviese tiesas con Roma.
Damos un salto hasta la época de Santa Teresa, San Juan de Ávila, De la Cruz y Luis de León. Posiblemente de familias conversas. Buenos gestores. Responsables, ascetas, ingeniosos, antimisóginos, una clase culta que exaltaba poco o nada la espada, que no reparaba mientes en la barbarie. Entre lo hippy y lo jesuitico, amapolas y cilicio. Cristológicos a más no poder.
Con un poco de lirismo pusieron de los nervios a los religiosos de Felipe II. A Luis de León le detuvieron por traducir el Cantar de los Cantares del hebreo; a Juan de la Cruz, lo torturaron para que cantara, y cantó la noche oscura del alma. La jerarquía los subió a los altares cuando estaban muertos. Los auparon a todos menos a Fray Luis. Por más que lo intentó escuchando música, él nunca alcanzó el éxtasis, no se separó de la razón para alcanzar la fe verdadera, ni hizo ningún gran poema de amor. Era un asceta, al parecer bastante gruñón, conservador. Su aportación contra la ola de machismo de la época es La Perfecta Casada.
Teresa de Ávila por su parte hablaba a esas novicias con picores que son acosadas por varios demonios; les infiltra con candor la esperanza en una fe más dulce que el pecado. La ascesis era un medio, el sacrificio era un blasón cuando lo fácil era abandonarse al placer. El premio era la humildad, la sumisión, las palabras dichas con diminutivos, se siente fuerte cuando más se empequeñece, cuando pide disculpas por expresarse. Aquello hacía feliz a Teresa de Ávila pero lo normal es que a las demás les deje frías. La opción de Fray Luis está más extendida. Hay muy pocas monjas, y muchas más perfectas casadas. No hacía falta ir al INEM para saberlo.
1 comentario:
Me gusta mucho esa etiqueta: huelga de brazos incorruptos. Por lo que leo, ha resultado productiva la cola del paro.
Salud y unos cuantos versos de San Juan de la Cruz.
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