La carrera de la banda de música que acompaña el cortejo fúnebre de los Andolini, la isla de Ellis, los insultos del senador Geary, Pentangelli bebiendo de una manguera, la mujer de Fredo, el absurdo novio de Connie, en fin, es un inicio prodigioso, no sé si remasterizado, es igual. Es la historia de Norteamérica vista por los emigrantes italianos, una historia que se supone integradora, en la que, sin embargo, hay un rechazo por parte de los dos mundos que se encuentran: el angloparlante del Mayflower, civilizado, cosmopolita e hipócrita, y la América de Kazan, los albaneses y los italianos de pelo aceitoso con apellidos que terminan en vocal.
La chica americana de Michael debería ser la que une esos dos mundos, no en vano se llama Kay que suena como llave, sin embargo, tanto en la primera como en la segunda parte, se topa con una puerta cerrada, se hace patente la imposibilidad de un acuerdo emocional. Los hay que dicen que Michael Corleone nunca estuvo enamorado de Kay, que ésta formaba parte de su ambición de unir esos mundos. No es un asunto sentimental, obedece al único propósito del benjamín, conseguir que las actividades de la familia sean honorables. Al contrario que su hermano, Michael comprende que el verdadero poder conlleva la adaptación al medio, por eso se alista con los marines, por eso quiere casarse con una irlandesa, por eso invierte en IBM y en ITT.
Sobra decir que los dos reyes de la saga, Vito y Michael, viven en mundos muy distintos; desde el viejo Nueva York de los años cuarenta al lago Tahoe, donde dormirá Fredo para siempre, hay, en muchos sentidos, mayor distancia que la que llevaba de Sicilia a las costas del este. En ese traslado de los Corleone está el germen de la limpieza, de la purificación que Michael promete a Kay en la primera película de la serie.
Al comienzo de ésta, Vito Corleone le dice al dueño de las pompas fúnebres: no somos asesinos, y para su forma de ver las cosas, no miente. Vito no es un criminal, encuentra en el crimen el modo de sacar adelante a su familia y a sus amigos. Michael comprueba que la única forma de mantener lo que ha conseguido su padre es seguir matando y delinquiendo, eliminar a los enemigos de fuera y a los de dentro. Pero no me cabe duda de que lo comprueba a pesar suyo.
En uno de los últimos episodios de Los Soprano, Tony, el capo de Nueva Jersey, se queja a su psiquiatra de que a la buena gente “como él” le sucedan cosas terribles. Esa ingenuidad perversa emparienta a éste personaje con Vito más que con Michael. Junto con Darth Vader, Michael Corleone es el personaje más torturado del cine mainstream, de la cultura pop o como coño quieran llamar al invento. En la novela se cuenta que el puñetazo que recibe del jefe de policía irlandés le deforma la cara; esa hostia marca el devenir de Michael, su desconfianza hacia la ley americana, claro, pero también su complejo de monstruo, que en la tercera parte casi logra superar.
A estas alturas, todo el cine sabe que no encontrará una América pura en la que llevar a cabo la redención. El esfuerzo que realiza entre el final de la segunda y la primera parte de la tercera (que incluye la reconciliación con Kay), cobra más valor porque es individual y ascético: no parte de una imposición del país de acogida, sino del deseo del monstruo por dejar de serlo. El drama de Michael es que posiblemente cree en América más que los propios americanos. Tiene fe en la belleza, en la educación, en la voluntad de superarse, y en todo eso que nos han vendido, aquello que ni ellos se creen. Por no creer, Vito ni siquiera añora Italia, no hay una idealización del terruño, sino que idealiza lo que ha perdido, la familia. Para Michael la familia es una cruz, algo que dificulta la ascesis, que le arrastra una y otra vez a la desgracia, alejándole de su América deseada. Tony Soprano apenas tiene ideales, sin lugar a dudas es el que mejor se integra de los tres.
2 comentarios:
Interesante análisis, a pesar de la trasposición en la oscuridad del cine. Mi asignatura pendiente: Los Soprano. Espero poder verla antes de algún septiembre.
Salud.
Hacia el progreso por la droga, Creer en América... Las cosas como son: la droga es -como- el sueño americano, una falacia que hace que uno vaya todos los días a la oficina sin rechistar. Bueno, también los hay que van sin fe y/o rechistando, pero la mayoría son adictos, aunque sea a Saber vivir...
Te echamos de menos el domingo.
Saludos.
Ana.
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