28.6.08

Escritores de antes

Lo de ayer era una crítica de la razón y de la fe. Es que Santa Teresa con su pose humilde me pone malo, hay algunos a los que les encantará eso del misticismo, quizá es que no les importe su perversidad sectaria: prosélitos de una sensación que sólo han experimentado ellos y ni siquiera está muy claro que la hayan vivido, puede que lo inventaran todo cuando vieron que la opción ascética no atraía a nadie.

La literatura sapiencial no se ha puesto en duda hasta el siglo XX, sin embargo hoy su tirón supera a su calidad; es decir, entre Santa Teresa y la gran literatura hay mucha menos distancia, pero mucha menos, que la que dista entre Paulo Coelho, por citar a uno de los que suponemos mejores en eso, y Roberto Bolaño por nombrar a uno de los mejores. Hoy, estos libros amables que tratan de convencernos de algo son objetos de bromas mordaces, relegados a las peores editoriales, están fuera del majestuoso crisol que presentan nuestras cada vez más cuidadas librerías, sobreviven, sí, en una pequeña sección en la que nadie colocaría jamás un ejemplar de las Moradas de Santa Teresa.

¿Y qué es, sino un libro de ayuda? ¿Lo es menos porque sus ejemplos sean bellos y medievales? Nah, yo creo que no. Lo que pasa es que se lee con las gafas de pasta, y los colorines y los pajaretes que nos parecen vulgares reclamos en un folleto de la cienciología adquieren aquí vida y color, y es verdad que sucede, aunque te quites las gafas de pasta.

Para la crítica por ser más católicos son nuestro tipo de protestante sector reformista; sucede algo parecido con la crítica del noventa y ocho, se tiende a perdonar, cuando no ocultar, sus actitudes más mohosas. Uno no deja de pensar en Ortega como en un ideólogo de la peor esencia de lo español, cuando lee: Porque vivir es tener que hacer algo determinado –es cumplir un encargo-, y en la medida en que eludamos poner a algo nuestra existencia, evacuamos nuestra vida. Y unas líneas más abajo: Mandar es dar quehacer a las gentes, meterlas en su destino, en su quicio, impedir su extravagancia, la cual suele ser vagancia, vida vacía, desolación.


La píldora que nos daba Santa Teresa sin el azúcar de lo ultraterreno ni de la gracia y la delicadeza alcanzada en esta vida, vida de la que las novicias ideales de Santa Teresa quieren salir para obtener ese abrazo erótico que les dará dios, padre y marido. Los hombres y mujeres deben cumplir el encargo, dice Ortega, de salir a comerse el mundo, a los flojos, los extravagantes y los fuera de quicio. Son los elegidos para mandar, coño. Y las de Santa Teresa están hechas para obedecer.


Dirán que hay que releerlo, repensarlo, reincubarlo y reeditarlo, pero este tío me ha puesto malo con su pose de tengo amigos en Leipzig. Hay que pensar que en sus domingos Ortega era una bellísima persona que compraba el pan, atento a los giros de la calle, curioso. Del mismo modo, Teresa de Ávila se haría querer hasta por los inquisidores, su candor, su dulzura, esa humildad, su sentido del humor, las alegres canciones y los postres que amasaría en su sobaco pondrían a cualquier labriego, por sandio que fuera, a favor de su canonización express.


Lo que ha llegado podrá ser releído y repensado. Leeremos en prólogos que los griegos tenían esclavos, y que ese es un hecho tan cierto como que la Santa creía como todos en su época, cultivaba Begoñas, y amaba a su prójimo más que Ortega. Nació cuando una mujer para adquirir poder sólo podía ser bien monja, bien reina. Pensando llegó a la paz espiritual, fue un Soldado de la Luz avant la lettre. Escribió obsesivamente cuando escribir no era una profesión, cultivó geranios, protestó ante el rey por lo de San Juan, en definitiva, luchó bastante a favor de los que profesaban menos fe que ella.

¿De verdad tengo que emitir un juicio sobre ésta o sobre los otros?

Nah, a quién le importan ya.

Para el bus me he pillado un libro que daban en la Fnac hace tiempo, relatos de Once contra once, creo que se llamaba, de fútbol, claro. Me ha gustado mucho uno de Roberto Fontanarrosa. ¿Éste está vivo, no?

Hay partidos que no se pueden perder ¿Y qué? ¿te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? Tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocrruió, mirá vos, que si no… te aseguro que me confesaba y todo si servía para algo.

(19 de diciembre de 1971).

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues por lo visto tenemos un ministro que está tan de acuerdo con Ortega, que quiere impedir la jubilación. Porque es muy feo que la gente deje de trabajar cuando todavía puede hacerlo. Y da hasta argumentos patrióticos: que si cualquier nación que se precie... bla, bla, bla. Entre las 65 horas y esto... yo me voy al convento, con Santa Teresa, y que le den por el culo a todo. Y si baja dios y me da un abrazo místico, bien, y sino, también.
Ana.

Unknown dijo...

Pues resulta que Fontanarrosa palmó hace poco, y fué aclamado como pocos en su tierra, señora madre del fútbol y del dulce de leche.

Fontanarrosa aportó mas a la literatura que la Santa Maradona de Manu Chao a la música, y sin ponerse camisetas de su Rosario Central (creo que ese era el club de sus amores).

De Santa Teresa no se mas que lo que me enseñaron en el cole, es decir, nada. Y no hice ningún esfuerzo por conocerla, ¿Será que soy uno de esos vagos que mencionaba Ortega?

YUL

Pablo Elorduy dijo...

Qué pasa, Yul: en el relato ese desde luego el equipo es Rosario Central.

Así que está muerto, vaya, no consigo pillar a ninguno vivo.

Y sí, Ortega no estaría muy contento contigo, él prefería a los burgueses.

Un abrazo.