5.6.08

Las cosas como son

Para llegar a la oficina tengo que realizar tres trayectos: el primero, el más largo, es también el más cómodo, dura treinta minutos, aunque bajo corriendo a la parada después me puedo relajar, me siento a mis anchas mientras el autobús atraviesa el polígono, luego vienen dos curvas incómodas y la salida a la carretera nacional; como suele decirse, se me pasa rápido. A esa hora hay mucha gente en Conde de Casal. El segundo trayecto dura quince minutos, a decir verdad es el peor, aunque no sabría decirte porqué, quizá es que normalmente lo hago de pie, pero tampoco mejora si logro sentarme. Me sorprende ver cuánto tarda el tren en recorrer la distancia entre República Argentina y Nuevos ministerios. En esa estación hay un largo transbordo hasta la línea 10. Siempre hay músicos en el pasillo, entre las dos cintas transportadoras, uno mayor con una trompeta, muy salao, el peruano que es reacio a tocar El Condor pasa, el guitarrista que una y otra vez ensaya los acordes de una canción de los Dire Straits o el mejor, un violinista muy aficionado a ese solo de las Cuatro Estaciones que no sé si corresponde a la tormenta de verano o a la del otoño. Casi nunca les echo una moneda.

El último trayecto es el más corto, dos paradas de la línea 10. Si salgo del segundo a menos veinte sé que llego con tiempo, así que no subo las escaleras andando sino que dejo que me lleven. En la cinta transportadora, lento o rápido, siempre camino. Sólo los turistas se quedan quietos.

Entro por la puerta de servicio. Normalmente me cruzo con los del turno de mañana a menos que apure hasta el último minuto. Mientras enciendo el ordenador se acerca alguien con las correcciones del día anterior. Empleo una media hora en ese primer proceso. Después comienzo a hacer planes, seis horas si contamos los descansos. El sitio huele a requesón. Hay seis filas de mesas en el lado de la izquierda y cuatro en el de la derecha. La mesa del jefe, la de sus subalternos, una fotocopiadora, dos impresoras, y al fondo un ventanal que por fuera refleja. Hay ejecutivos que se acercan a la ventana para comprobar que no tienen restos de comida en los dientes. Cuando avanza la tarde el olor a requesón va corrompiéndose, es algo más ácido, los hay que sudan por el calor y están quienes no gastan desodorante. Las náuseas sin embargo tienen que ver con el hecho de que nadie quiere estar allí, la libertad se revela como una condena ¿no es eso uno de los puntos del existencialismo? Bien, en este sitio es así, lo que pasa es que hay una filosofía más pedestre: son lentejas.

La puerta permanece siempre abierta; más que un símbolo es por el olor, se supone que así correrá un poco más de aire. Está de par en par pero sólo salimos a la hora del descanso. El descanso me da la oportunidad de subirme a un escalón y enarbolar un discurso parecido a éste. Cuando empiezo a lamentar mi pesimismo, entro de nuevo y sigo haciendo mi trabajo. A la vuelta el proceso es más o menos el mismo. Ya no hay músicos en el pasillo de Nuevos ministerios. El autobús sale a y media desde Conde de Casal. Si el metro llega a y veintinueve tengo que correr, pero normalmente lo cojo. El tercer trayecto de la tarde se hace más corto de lo que uno, a esas alturas, espera.

3 comentarios:

RGAlmazán dijo...

Una elaborada jornada laboral contada con detalles. Veo que ha decidido hacer un comentario muy prosaico. Pero necesario.
La triste realidad. Pero no sea pesimista que igual hay más.
Oiga lo que más me gusta es la etiqueta de "pringao". Me apunto yo también.

Salud y República

Eloy Garavís dijo...

Uf, ya no me acordaba de lo que supone una jornada tras otra en la oficina. A ese guitarrista enamorado de los Dire Straits hace años que no lo veo (a veces paraba por Tribunal). Trabajar es malo para la salud; y trabajar de oficinista te cuaja el cerebro convirtiéndolo en requesón (seguro que el olor se debe a eso).
Gracias por vincularme a su blog. Yo he hecho lo propio.
Salud.

Pablo Elorduy dijo...

Hola, comentaristas:

Prosaico y espero que no demasiado agobiado. No es un trayecto kafkiano sino más bien aburrido. El requesón es más soportable que las heces de cucaracha, supongo.

En cuanto al guitarrista, le daré recuerdos la próxima vez.

Saludos