Esto sale si metes "Axis mundi" en Google. Me lo presta un japonés.
De vuelta a casa, aquí donde no gasto o donde los gastos están domiciliados, sigo dándole vueltas al tema del espacio sagrado y su relación con el centralismo político. El “centro del mundo” es como una de esas muñecas rusas: España, Madrid, la colonia del Viso, o bien, Euskadi, Vizcaya, Deusto.
Una conclusión nos parece que se impone: el hombre de las sociedades premodernas aspira a vivir lo más cerca posible del Centro del Mundo. Sabe que su país se encuentra efectivamente en medio de la tierra; que su ciudad constituye el ombligo del universo y, sobre todo, que el Templo o el Palacio son verdaderos Centros del Mundo; pero quiere también que su propia casa se sitúe en el centro y sea una imago mundi.
(Eliade. Lo Sagrado y lo Profano.)
Frente a esta jerarquía, hay que suponer que la sociedad postmoderna se ha caracterizado principalmente por admitir y, en muchos casos, celebrar, el valor de lo excéntrico, dicho de otro modo, el occidente actual persigue la consagración de nuevos centros dentro de ese centro mastodóntico -del que Internet es principal portavoz- que disminuye gradualmente hasta encontrar, más que nunca, el mínimo común denominador que es el hogar de uno, nuestro espacio. Hoy se sigue escuchando esa oración que no sé si es un silogismo, un entinema o ninguna de las dos cosas: yo necesito mi espacio. A eso se refiere el uso de la palabra independencia en nuestros días.
Como apunta Eliade, en lugar de un holocausto o del sacrificio del primogénito, el hombre moderno celebra una fiesta o una velada en su Templo, lo decora con algún tipo de gusto; nada es superfluo si se trata de mejorar el espacio en el que vivimos, si no es una casa, es una habitación y si no, el espacio sagrado por excelencia, el propio cuerpo. El centro del mundo, el único lugar realmente sublime, desde el que tiene que partir cualquier intento de transformación de los otros centros, es esta resistente carcasa animal que hasta el momento parece la única que ha sido capaz de albergar a los Dioses y los mitos. El cerebro es el primer eje, después se ponen la habitación, la casa, el blog, la asamblea, el parlamento, la parroquia, illa illa Villa maravilla, el cine, la literatura, la ciencia, la fórmula uno, etc.
(Hablando de ejes, por lo que se cuenta en Radio Macuto, Eliade, que no se entendía bien con Ceaucescu, vivió una temporada en España y se reunió, ojo al dato, con fascistas romaníes y fachas castizos -no sé con qué fin- en los tiempos en que aquí mandaban los segundos y, por lo visto, vivían a su antojo los exiliados de la derechona rumana. Si alguien tuviese fuerzas podría investigarlo y, quién sabe, escribir una novela histórica o un ensayo documental sobre el encuentro del filósofo de las religiones con los hijos espirituales de 1492).
Hay otra de esas expresiones que se pueden oír cada día en la radio o en la televisión, dice “lo importante no es llegar sino mantenerse”. En literatura es eso que se llaman los “clásicos”, en la sociedad aquello que se consagra pasa a llamarse tradición o de forma pedante, el acervo. Es una tradición torturar animales tanto como celebrar bautizos. Al ponderar estas actividades, no sé si conscientemente, sigue utilizándose la palabra ritual; el paseillo, el agua, el brindis, son elementos que están presentes desde la antigüedad.
A las formas más primitivas últimamente se han unido, otras que, en apariencia, han cambiado los códigos. ¿Quién iba a pensar, por ejemplo, que la izquierda se convirtiera en centro? Sin embargo, vemos que así ha sido, por lo menos aquí. Esta izquierda mantiene el mismo juego de muñecas rusas: Europa, España, Madrid, Gobierno, Presidente, que es, como hemos visto, algo parecido a la concepción sagrada del universo de la que habla el autor rumano.
La izquierda, casi por definición, debe de estar fuera de ese centro, debe intentar la desacralización del mayor número de centros. Por eso, su tarea es, en este momento, más desesperada de lo que ha sido en siglos. El individuo occidental, el Yo, encuentra ofertas a cada paso que le hacen conformar su mundo como quien elige muebles en un catálogo sueco; derribar el eje es algo así como hacerse Sísifo por vocación. Lo más sensato, de toda la vida, es aceptar que se vive mejor con nuestro espacio e intentar influir de algún modo en los espacios de los demás que, al fin y al cabo, influyen sobremanera en el nuestro.
—Siga –dijo-. Siga, por favor.
—Su Ulises es una figura común a casi todas las razas autoconscientes. Desde mi punto de vista, Ulises vaga como un individuo consciente de sí como tal. Es la idea de la separación, la separación de la familia o el país. El proceso de individuación.
—Pero Ulises acaba volviendo a casa (…) Al final vuelve a casa.
—Como lo hacen todas las criaturas. El momento de la separación es un periodo transitorio, un breve viaje del alma. Tiene un principio y un fin. El viajero errante regresa a su país y a su raza.
(Ph. K. Dick. Más allá se encuentra el Wub.)

2 comentarios:
Ulises, era aquel colega del Olmo? que baboso era el tipo.
... o se llamaba Neptuno?
El filofascismo juvenil y en algunos casos no tanto de ésta y otras lumbreras rumanas -como Cioran, sin ir más lejos- es bastante conocido.
Sobre la idea de ombligo del mundo (el Omphalós griego) escribió algo Seamus Heaney.
Sobre los conceptos de hito, rito y mito el propio Elíade tiene cosas. El ritual es el gesto sagrado, la ceremonia, por eso era tan grande la escena paródico-profanatoria de Zero de Conduite (Vigo) y puede ser tan divertido como arriesgado colarse con una bandera republicana en un mítin pepero o con una rojigualda en uno abertxulo, porque esa gente aún tiene una relación de sacralidad con los símbolos y otros objetos del rito.
Sobre la profanación (como devolución al uso de los objetos apartados al ámbito de lo sagrado) ha escrito un gran libro G. Agamben (Profanaciones). Está en Anagrama.
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