Han sido unas buenas vacaciones. La comida, el mar, el sol, incluso un día entero de lluvia. Recupero el ritmo del parado a partir de mañana durante, aproximadamente, doscientos cuarenta días. Un parado no debería estar obligado a contar cómo gasta el tiempo pero si no lo hace, corre el riesgo de que los pobres trabajadores le consideren un vago. De hecho, hasta los más cercanos olvidan a veces su intimidad y le consideran así.
La que más me sorprende es esa actividad que llevan a cabo los ingleses lechosos que consiste en achicharrarse al sol. Yo les veía ahí, debajo de mi sombrilla, cubierto de crema, consciente de que mi piel no necesita cambios o no tiene mucho arreglo; veía a esos camarones cociéndose unos metros más allá y a los que deben ser sus maestros, esos hombres y mujeres de mojama que mantienen un moreno nuclear a toda costa; pensaba en la dolorosa sensación de ponerse una camiseta cuando uno está quemado por el sol.
Aun recuerdo la mañana que me quemé las piernas de la rodilla hacia abajo, en Dominicana; aquella vez ni siquiera hacía sol. Alquilé una de esas tumbonas que cuentan con servicio de camarero, supongo que abrí un libro, ninguno memorable por lo que se ve, me defraudó un tanto el mar, había que andar (andar) un kilómetro para que el agua comenzase a mojar el bañador (había que llevar bañador), los barcos se situaban donde querían, a unos metros de ti, y podían poner las bachatas a volumen brutal; como no era una playa de hotel yo no estaba muy confiado de que mi cartera estuviese allí cuando volviera, nadé poco y a ras de suelo, vaya plan. Regresé a la tumbona con sombrilla y me puse a leer, tal vez a dormitar, con las piernas al aire. Ya digo que hacía mal día. Todo medio nublado y quizá yo también, si había bebido ron la noche anterior; el libro progresaba sin altibajos, se acercaron algunos vendedores cargados con pezuñas de buey de mar y es posible que en algún momento llegara uno de esos conseguidores, coca, marihuana, mujeres, a los que despachaba con modales de solitario. No estuve mucho tiempo bajo esa tumbona, a las cinco me levanté –ya había comprobado que mis huellas se volvían blancas en las pantorrillas- y me senté en un autobús que no salía sino veinte minutos después. Los días siguientes tenía escalofríos que tostaban los pelos, es posible que uno o dos mareos, y esa sensación de que el error que has cometido no tiene remedio. Veía a esas figuras sonrosadas recorrer la playa y recordaba aquella mañana en la que no se veía el sol y me quemé.
Ahora veo lo de trabajar de una manera parecida.
En la playa, en una conversación que no tenía que ver con el sol, las chicas utilizaban una palabra que tiene pinta de venir del análisis (lo que nosotros llamamos psicoanálisis) “eso tiene que elaborarlo” decían de alguien. Se refieren a que tiene que vivir después de que comprende lo que es el Edipo (os referíais a eso ¿no?). Lo del sol y lo de trabajar es otro asunto que habría que elaborar, les dije, porque yo una vez me quemé en Santo Domingo y desde entonces no me arrojo a las brasas como un imbecil sino que dosifico las exposiciones, no como ese inglés que tiene pinta de salmonete ¿lo veis?
Ellas observaron al inglés y estuvieron conmigo en que ese tipo tenía un problema o al menos no había elaborado bien su relación con el sol. Caía suave hasta la espalda de la montaña y en el agua, se reflejaba también amable.
Yo prefiero evitar su rigor y abandonarme después a su beneficio, formo parte de esa pandilla de guays que ponderan el solecito, las terrazas de verano, la playa, las bicicletas, la vagancia –o contemplación-, etc.
Supongo que el estado me favorecerá desde Agosto hasta Abril. Será un gran atardecer. No pensemos todavía en la noche oscura, el otoño, el invierno y todo eso.
1 comentario:
dosifico las exposiciones
No pensemos todavía en la noche oscura, el otoño, el invierno y todo eso
Eres todo un elogio de la moderación...
Sol y negatividad -administrados en dosis pequeñas- pierden su efecto nocivo...
(soy blanco como la leche, para mí el sol es Muerte... y dolor.)
:]
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