Yo no quería pero me arrastra.
Me he levantado a las diez y media. Trabajo una hora, hora y media, miro de nuevo las noticias, me ocupo de los frenos de la bici (me los arreglaron y ahora no sé cómo colocarlos para que no rocen) y ni siquiera preparo algo de comer porque nos han invitado a su casa; después veo el ciclismo (mientras coloco zapatas en posiciones variadas), son casi las seis y no he hecho nada, no he leído una sola línea, nada que pueda plantar en azul. Son menos diez y no tengo tema, salvo el de los frenos. Cuando se trabaja nuestros actos se encaminan sin necesidad de temas.
Si no sales a tomar algo es porque tenías que acostarte pronto, si no plantaste ese saúco, si no hiciste aquella obra que iba a dar sentido al resto de tu vida, fue porque el reloj no cedía más tiempo que el necesario para relajarse. Ese tiempo sacrosanto del trabajador se devalúa cuando estás en el desempleo. Ya no disfrutas del tiempo de descanso por la razón de que al final de la jornada la suma de los momentos productivos es siempre inferior a la que tenías cuando trabajabas; el tiempo de descanso es siempre un exceso para el hombre que se levanta a las diez y media.
Cuentan que el secreto está en la organización. Como dice el proverbio no hay peor trabajo que aquél que se tiene que hacer dos veces. Con los frenos es evidente. Con los posts, bueno, digamos que es un gaje del oficio, es imprescindible sisifear. En cambio, cuando se trabaja en un proyecto largo, la cosa se equipara más al trabajo con los frenos, cuantas menos visitas a la caja de herramientas, mejor. Llegado un punto tendría que actuar echando rápidas miradas a un programa de actos que podría haber elaborado si cada mañana me levantase a las cinco y compusiera esquemas al lucero del alba, como ese escritor tan famoso.
Le dije al Martín que el proyecto tenía diez partes y despreció tanto cálculo: tiene que fluir de forma natural, de lo contrario son historietas, igual que guiones. Retardatario, era la palabra que empleaban en mi carrera cuando hablaban de pintores que pasaban de novedades. Escribir algo con diez partes es retardatario, pensaría Martín. La organización es lo primero de lo que puede prescindir alguien que pretende epatar al personal, "Sin embargo, la fuerza del caos lanza a los frágiles esquifes hacia las olas, el trabajo deviene en chapuza. Nadie rechaza completamente algo en lo que se contempla cierta armonía". Sin darme cuenta acabé jurando que hubiera preferido escribir El Dinamitero de Stevenson antes que el Ulises. La gente me abucheó.
En el salvapantallas del ordenador tengo puesto un proverbio chino: Meditación, Organización, Esfuerzo; aparece si me levanto a revisar el cableado de la bici. Me tomo una taza de té de vez en cuando para seguir añadiendo minutos a la cuenta de la productividad. Al finalizar el día sumará tres horas, como mucho tres y media. Puedo echarle la culpa al calor o a los frenos, pero el mensaje es implacable en cuanto a mi papel. Más que un proverbio me he puesto uno de esos formularios que rellena el profesorado.
Meditación: confusa.
Organización: escasa.
Esfuerzo: baldío.
Ahora viene la parte confidencial, y es que yo, en La Compañía, me tocaba la polla.
Así que si quiero ser honrado debo restar minutos: hasta tres cuartos de hora en total de navegación por Internet, la media de los cafés convenidos, un par de excursiones al tigre y a la cocina, algo de charla, el escaqueo final, etc. Pongamos dos horas, dos horas y media del total de seis. Creo que no está mal. Hay que contar con que aquí de vez en cuando hago la comida y friego. Yo diría que hay empate entre el vago y el trabajador.
Ya son las siete. Voy a salir a ver si saco un post sobre el veranito, las terracitas, la prisa que mata o las chanclas. Voy a dejar sólo Meditación en el salvapantallas. Y cuando me ponga a buscar trabajo borraré esta entrada.
3 comentarios:
Suele pasar, cuando uno tiene mucho tiempo, lo deja pasar. Y cuando tiene poco, no hace cosas porque le falta. Al final no terminamos de hacer nunca lo que queremos. No es vagancia, es la naturaleza. Pero no te agobies, al final uno se acaba encarrilando.
tres cuartos de hora en total de navegación por Internet, la media de los cafés convenidos, un par de excursiones al tigre y a la cocina, algo de charla, el escaqueo final, etc. Pongamos dos horas, dos horas y media del total de seis
Dios mío, eres mi héroe!
:O
Yo diría que hay empate entre el vago y el trabajador
Yo no... eres un vago, jeje!
:D
Mal asunto. No debe haber dudas. Siempre debe ganar el vago. Ser trabajador es una lamentable obligación. Ser vago es un estado supremo, casi ideal. Eso sí hay que ser vago sin sentirlo, si no te jode el sentimiento de culpa.
Salud y República
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