2.7.08

Como en el siglo de oro

Pobre, lo que se dice pobre, no soy. Si vivo en eso que se llama el umbral o estoy en el vagón suelto de la clase media, eso sólo puede dirimirlo la crisis, lo que dure la crisis. Pero no, pobre no. Cuento con el apoyo de la familia. Mi casa está llena de cosas. Tampoco falta media docena de chuletas en el congelador. Los “hay que” los llevo grabados: hay que conformarse con poco, hay que consumir poco, hay que vivir conforme a las posibilidades de uno. Por eso rechazo que me incluyan esa estadística. Vivimos ajustados a nuestra posición, nada más. Qué manía tiene el personal de colgarnos etiquetas, ¿quieren vernos roer las cáscaras de los altramuces? No lo será pero parece, así enseñan sus cifras, esas tartas que hacen con excel, y nos dicen cuál es exactamente nuestro segmento, amarillo altramuz, amarillo fiebre, no tan amplio como el de ustedes, un buen trozo, sin embargo.

Por fortuna, esta mañana ha aparecido la vicepresidenta para decirnos que no estamos solos. ¿Por fin han aparecido seres del futuro como en el anuncio de Estrella? No, se refería a que no van a dejar a nadie en la cuneta. Con ese van entiendo que se refiere al gobierno. Me quedo más tranquilo: contigo me entierren que sabes de cuentas. Recuerdo haber tenido esa sensación antes. Justo cuando el profesor se plantaba delante de la clase antes de repartir los exámenes, con el taco en la mano, la mayoría se veían obligados a lanzar una filípica, cinco minutos de reprimendas a ese segmento imaginario en el que sospechabas que estarías, el grupo de los cateados. Durante esos cinco minutos te daba tiempo a pensar que no hablaba de ti, sino de tu compañero, podías imaginarte que eras una de las excepciones o al menos uno de los que aprobaban en vista de que el nivel general era tan pobre.

Pido disculpas a los superdotados por retrasarles el ritmo.

Por si hacía falta confirmación, ayer leí los resultados de un estudio y me asaltaron como una de esas verdades eternas e inmutables: El alumno de letras es sociable simpático y abierto, pero vago, incapaz, despreocupado e indeciso. El de ciencias es inteligente, serio y responsable, pero individualista, insociable, aburrido y materialista (El País).

Simpático no sé, sociable y abierto, no. Si lo fuera, este blog no se llamaría Tres visitas. Sobre lo malo no voy a pronunciarme no sea que el conductor del autobús decida que es preferible no parar en la cuneta.

Un momento; conozco a uno de letras que hoy se encarga de pasar el cazo en las fiestas del Círculo de Bellas Artes, en su tiempo libre le dedica poemas a Leonor Watling, su blog tiene visitas a cholón, y puedo decirles que era un vago porque se sentaba al lado mío y los discursos de la profesora De la Vega nos salpicaban a ambos. En fin, de nada sirve señalarle con el dedo si uno está rogando por lo bajo que le caigan sus cáscaras, ser el que guarda el sombrero de los hombres de cuentas en las fiestas del Círculo; componer tal vez unos versillos para la consejera de cultura o un cuento corto que agrade a la princesa Leonor.

Más daño hizo el oro que el hierro. Imposible conformarse, hidalguillo. Algunos, en tu posición se resisten a ser rescatados y prefieren salir campo a través. Quizá mejor solos que cobijados por sus caritativas intenciones. Y, en el caso de que se deje perfumar ¿no sería mejor devolverles mal por bien?




Pobretones de letras, por ser de algo, sin futuro y sin planes. A izquierda y derecha pasan coches tan veloces que no les dejan ni la sombra del viento. ¡Su compañía es la misma desde hace tantísimo tiempo! Una cuchara tan lamida que siempre está limpia y el sueño de una olla, generosa de garbanzos, con algún olvidado magro presto para saltar al buche. Encontré mi papel en ese arquetipo de criado, pícaro y simple al tiempo, comparsa de la época. No es el de los superdotados, tampoco el de los que hacen riqueza; me libra de la fatuidad, puede que también de la codicia, al menos eso decían los muchachos del País.

Sobre si se detendrán los gobiernos para incorporarme a su ritmo, ya me contesta mi igual:

Fernando— No creas en sueños.

Julio— No sé lo que te responda, pues siempre sueño que soy pobre y despierto y soy lo mismo.

(Acto I. La Dorotea. Lope de Vega)

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