20.7.08

Por qué escribí

Hay un tiempo para la alegría y otro para la alergia, piensan que estoy un poco bajo pero finalmente aparezco; suficiente, al menos para mí, que no me canso de reclamar el derecho a existir; sí me canso, incluso temo, que la reiteración transforme ese objetivo en puro ejercicio sin fondo. Y si de hecho no existiera, si se borrara todo esto, como cambian los sueños, tal vez aparecería en un frenopático, comprobando que la irrealidad ha vencido, que nunca hice nada que merezca la pena ser recordado; por pura probabilidad así será, nunca me dijeron el número de mi cociente intelectual, pertenezco a esa clase que desaparece desde el mismo momento en que sale del instituto, cuando se termina ese delirio de grandeza que es la infancia y que alcanza el clímax en lo que llaman el pavo, desde entonces no hubo noticias mías, y era lo más lógico, ya que ese cociente era regular y resultón, el número les decía que no resolvería grandes ecuaciones, sin embargo hubieran apostado que el muchacho iba a ser moderadamente feliz así que su trabajo terminaba con ese silencio.

Quién me hubiera dicho, aquel día en que mi amigo Echeve me soplaba el argumento de Miau, que yo alguna vez iba a tener esta clase de deseo, y sin embargo soñaba más entonces, y lo creía más fácil; pero no me había leído Miau, y la profesora lo notaba, a pesar de mis esfuerzos por evitar el negativo; veo aquello como una caída del caballo –o como se diga-, desde entonces, al menos en eso, me apliqué, leí Crimen y Castigo que era el libro que faltaba para terminar el curso, y hace unos años, unos seis, me leí por fin Miau en un viaje en tren desde Milán, llevaba una camisa, parecía un boy scout, estaba viajando con un interrail falsificado que me habían hecho los okupas, y parecía un tipo interesante, supongo, tal vez alguien con un cociente elevado, no sé.

Dice que en la biblioteca en la que trabaja viene la gente y le dice: a ver si gracias a vosotras leo; estás muy equivocado si piensas eso, quizá te tengas que plantear si de verdad quieres seguir manteniendo esa aspiración –convertirse en alguien que lee- y si no es más fácil renunciar, como se renuncia a tantas cosas, como yo renuncié, supongo, a hacer cuadros o a comprender las películas de Abel Ferrara; eso no quita que existas, y que tu vida pueda ser bastante feliz, es más sencillo aceptar que no se es guapo que darnos cuenta de que no somos tan listos como creíamos hace quince años, que una de las consecuencias del tiempo es que el ego se reduce a su justa medida, a la que permite sobrevivir y con todo, flaco y correoso, es nuestro ego y de vez en cuando se nos hincha, se viene para arriba, es en ese momento en el que consideramos que vale la pena ser nosotros, que no hay cociente que pueda medir la satisfacción de existir.

Me conformo con persistir que es otra forma de resistir. Otro de aquellos momentos fue una tarde de lluvia en la que estaba triste y entré en la biblioteca de Conde de Casal y cogí un libro fino de Ernesto Sábato que se llama precisamente La Resistencia, y me lo leí, mientras en la calle seguía cayendo la del calamar y era un mensaje tan ajustado a ese tiempo (me faltaban un par de años para terminar la carrera) que salí de allí resistiendo, con el firme propósito de perseverar, seguir el camino a pesar de las cuestas arriba, ¿qué es sino existir? Por entonces yo intuía que era agudo, pero no escribía una letra, es más, tampoco hablaba, pobres compañeros de carrera, yo no abría la boca, si comencé a escribir fue porque me aburría estar incomunicado, al fin y al cabo, y creo que lo sigo haciendo por eso; comencé porque me aburría y me asustaba volverme invisible del todo. Supongo que fue por eso.

1 comentario:

Anónimo dijo...

tal vez aparecería en un frenopático

Ay qué bonito!
Así podríamos conocernos finalmente!

y que alcanza el clímax en lo que llaman el pavo

Glogloglogloooo!

quizá te tengas que plantear si de verdad quieres seguir manteniendo esa aspiración –convertirse en alguien que lee

La lectura es estéril si no saca algo de provecho de ello.

es en ese momento en el que consideramos que vale la pena ser nosotros, que no hay cociente que pueda medir la satisfacción de existir

Fantástico!

comencé porque me aburría y me asustaba volverme invisible del todo. Supongo que fue por eso

Usted sabe que no fue por eso.

La escritura responde a una pulsión interior, eso es cierto, no obstante, lo que subyace bajo toda composición literaria es un deseo de acercamiento y comprensión del "Yo" y el "Ellos".

Eso creo.

:|