En el barrio de Salamanca se vive el genocidio de un modo natural, el lujo es la despreocupación y es el ocio (el matar el tiempo), y hay un odio llevadero, indiferente, y por eso la muerte de los demás es preciosa, entre la calle Ayala y Conde de Peñalver. La humanidad parece desvivirse para que dos niños gemelos vistan con ropa simétrica de austriacos protonazis; mientras paseaba, he visto el jamón de las boutiques –allí no son charcuterías-, he olido la chocolatosa disculpa del genocidio, he imitado a Umbral y me he sentido un poco dandy, porque el dandy puede acusar y sentirse culpable al mismo tiempo. Desprecia al que le da trabajo y al que se lo niega. El drama del dandy es que cuando está solo sólo puede despreciarse a sí mismo. Pero basta de imitaciones.
Hablaba de imperativos y ponía ejemplos de futuros. Son verbos que mandan a largo plazo, disfrutarás, recordarás, revivirás, largo me lo fiais, dan ganas de decir. Recordaré porqué me gusta leer gracias a Zafón; es futuro pero lleva el mandato puesto, el día que no sepa porqué me gusta, una fuerza dolorosa me impelerá a tomar ese best seller en mis manos. Puede que lo recuerde cuando sienta arcadas, sobre eso el anuncio no se moja.
Los gemelos del barrio Salamanca, vestidos con su ropa de corte exclusivo, admitirán otro genocidio –incluso más de uno- para mantenerse alejados de la nausea, a miles de kilómetros del tedio y del olor a quemado de las afueras (para ellos las afueras son cuatro paradas de metro). Son niños y es difícil despreciar a un niño por lo que es, y es injusto atacar lo que serán, y sin embargo, el siniestro corte de sus chaquetas, la incipiente arrogancia de sus gestos, los señala ya como verdugos, de forma que se subvierten las esperanzas y ya no queremos tanto que los niños pobres devengan en burgueses como que los aristócratas de la calle Ayala terminen viajando en el camión que recoge los cartones de la ciudad.
El dandy desprecia el futuro, sus esperanzas y los fracasos que vendrán, y se ríe -si alguien le escucha- de los imperativos y de los tiernos mandatos que hay en el futuro simple. Mis amigos dicen que los adjetivos son la basura del lenguaje (ellos dicen del lenguaje periodístico pero sé que en realidad se refieren a todo el lenguaje), y en el curso de los 400 euros la profesora dijo que la mierda eran los adverbios y los gerundios. Todo el mundo parece de acuerdo en que al idioma le sobra algo. Yo pienso que igual soy el que sobra y en el día del libro creo que hay muchos otros que deberían renunciar antes, algunos que nunca ponen acentos, aquellos que ya han ganado suficiente para retirarse.
He salido echando patas del barrio de Salamanca, a la una y cuarto estaba en Cuzco.
Sé que muchos pensarán que apenas hay diferencias entre el Sánchez Romero de un sitio y el Sánchez Romero de otro, pero hay algo modesto y provisional en el hormigón puro del norte de Madrid. El barrio de Salamanca ya existía con sus zipis y zapes germanófilos en el 36, ya existían los genocidios convenientes, de hecho sus piedras se movieron.
He comido en un parque poco frondoso comparado con el Retiro. El Retiro no está en el barrio de Salamanca. Di que no.
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