18.4.08

O una noche

Me iba a inventar una historia sobre una estrafalaria profesora de riesgos laborales pero ha sido como siempre, ha salido una chica simpática y el curso le ha quedado realmente mono. A mitad de charla ha habido unas bromas cogidas de la página del gremio de los riesgos, una de ellas muy graciosa sobre un tipo que se hostiaba mientras colocaba un cuadro del jefe (también ya le vale); pero luego ha puesto el final de Capitanes intrépidos, cuando Spencer Tracy se pone a cantar lo del pescadito. Cualquier persona -incluso los que trabajamos en la Compa- quedaría sensibilizada ante un accidente de tamaña crueldad. Todos, sin excepción nos hemos comprometido a colocar la pantalla a la altura adecuada, como modesto homenaje al personaje de ¿Verne?

Nunca consideré que Verne fuera un escritor de los llamados “serios”, su nombre me recordaba a mi tía Berni, una mujer a la que siempre veía de parranda. En mi familia por parte de padre les encanta la parranda y lo que Galdós llamaba el suponer. Suponer hoy es otra cosa distinta, pero me gusta esa vieja acepción. Supongo que mi tía Berni no está de fiesta permanentemente, pero lo parece; no doy detalles de cómo llegaba a ponerse cuando estaba de fiesta, pero sí diré que siempre va pintada, lleva colores y formas en su cara que después únicamente he visto en los collages de las sobrinas. Mi tía, que no era tía sino tía abuela, Berni, nunca me regaló las obras de Verne.

La semana que comenzó con el rollo de Q ha terminado con una reflexión sobre la niñez y con la lectura ayer (esto parece un festival), del cuento De Los Apeninos a los Andes que aparece en el blog de Edmundo D’Amicis, titulado Corazón, y también la de otro libro de John Irving. Amicis habla de la infancia como el territorio del descubrimiento y el corazón, en el de Irving hay muchas versiones sobre lo que es el corazón y un número parejo de descubrimientos y desgracias.

Las casualidades de la vida han hecho que esta semana casi terminase con el clip del marinero moribundo y el niño repipi de las lágrimas de cocodrilo. Ahora que lo pienso, es bastante extraño que pusiese ese vídeo para ilustrarnos sobre los accidentes de trabajo. Aquí tenemos a una lírica, debía estar pensando el jefe. Desde luego no llevaba maquillajes y, si bien no era lánguida, había en ella una mirada soñadora, tal vez la de alguien que hubiera devorado las obras de Verne con nueve, diez, once años, una niña que después se hubiera metido en el gremio de los riesgos para salvar a los marineros portugueses de la realidad.

Cuando he encontrado en el Diagonal la entrevista a los sucesores de Luther Blisset (al fin y al cabo no eran tan vendidos) se ha caído definitivamente el ejercicio de esta semana y hemos vuelto al de la semana anterior. Un día ha durado la infancia.

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