30.4.08

El sótano de Fritzl

Era alguien seguro de sí mismo, extraordinariamente seguro; él era su sótano, allí no se permitían herejes. Cuando viajaba al sudeste asiático para tirarse a otras victimas dejaba a los suyos comida suficiente, dicen que tenía un cómplice, uno de los hijos, quizá la mujer; los amenazaba, tal vez no hiciera falta, tal vez todo empezó como una amenaza, la amenaza se hizo costumbre y lo perturbador pasó a ser la incertidumbre de vivir sin monstruo (que es lo que pasaba en La Noche del Cazador).

Que se fuera a Tailandia de vacaciones no es anécdota. El diablo necesitaba vacaciones, quería alejarse de su obra un tiempo. Es un monstruo moderno, si quieren, genuinamente europeo, centroeuropeo de clase media (aunque fuese millonario), no cómo esos pshychokillers de Arkansas que gastan todos sus días en la misma granja; un monstruo con doblez, distinto también en sus crímenes: los suyos son de dos tipos, morales y sexuales. Aparentemente no hay más sangre en el caso que la de uno de los hijos, muerto por causas naturales e incinerado por cuestiones prácticas. El fuego aparece en su lista de antecedentes, de joven provocó un incendio. A los demás les dejó la vida, puede que nunca pensase quitársela. Adoptó a los nietos/hijos que lloraban, los subió del sótano para que vivieran en la realidad de la abuela, dejó a los topos más fuertes en la realidad del sótano, la de la madre: una con tarima flotante, otra con suelos de tierra; de nuevo la dicotomía entre el crimen moral –simbolizado por la tapadera del hombre-abuelo– y el delito sexual llevado a cabo por el Dios padre. Su paraíso, en el que hasta había tiempo para el descanso, y su tierra, tierra-infierno en donde ejercía todos los papeles que se le conocen a los dioses.

Aunque se le juzgue como hombre, se considera a las victimas como a hijos de un Dios menor: no cabe explicarles que su padre era un ser humano más, mortal y débil, un turista cualquiera, un austriaco cualquiera, otro europeo. La victoria del monstruo es total, su labor profética es indeleble: la carne del hombre-abuelo pagará por el experimento, pero el sentido cósmico de la empresa seguirá ahí, defendiéndose de los intentos de desmantelarlo que lleven a cabo psicólogos, psiquiatras y filósofos. En la noticia que he leído uno de estos venía a decir que no hay que saturar a los habitantes del planeta Fritzl; según interpreto, el doctor advertía de que en este caso se debe retirar preventivamente el tabú del incesto. Imposible para la opinión pública, esto último, pero necesario, vital, para las criaturas del sótano, como único modo de que algún día se consideren víctimas de un delito común y no hijos de un Dios total.

A sus setenta y pico años coqueteaba con las mujeres de su empresa, cuidaba con esmero su jardín. Nos lo imaginamos comparando sus árboles con los de un edén, satisfecho y orgulloso de su dedicación. Dejaba la muerte al albur del destino, como los dioses paganos; el final de sus criaturas lo decidían las moiras o lo decidía la ciencia; lo terrible del caso es que se consideraba una divinidad creadora, no un Dios exterminador. Los matorrales de locura que no acertamos a desbrozar en este caso vienen de esa parte: el efecto de la sangre tapa a menudo el verdadero mal. Esta vez el horror viene desnudo y programático, es imposible enterrarlo. Por supuesto las palabras que lo designan: incesto, secuestro, amenazas, hacen lo que pueden para acotarlo, para desmantelar ese horror con mecanismos de relojero. Por supuesto las palabras son inútiles y tenues paños calientes. Para nosotros tienen propiedades curativas, pero para las victimas, ay.

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