21.4.08

Recomendaciones

Desde luego joven no me hago. Me dijeron que era saludable esperar a los treinta para vender la moto de la edad y sin embargo aquí estoy, adelantándome, y no por precoz, sino lo contrario (lo contrario de precoz, a falta de un término mejor, es derrotado). No puedo ponerme a defender la salud de mi joven cuerpo después de las copas de garrafón que me doblé el viernes; ayer todavía notaba unos picores extraños que provenían del hígado o que imagino que provenían de ahí, tal vez por el remordimiento de haberlo sometido a esas pruebas. No obstante, tampoco voy a empezar a lamentarme por la edad hasta los treinta, lo que quiere decir que hasta los treinta apenas voy a escribir, al menos no voy a escribir un diario lastimero, ni voy a retomar las aventuras de mi personaje más célebre.

Eso de tener una fecha como objetivo ya me pasó antes de los dieciocho. Quería cumplir dieciocho años como fuera, para que me dejaran entrar en los bares, y sobre todo –así de obseso soy- para que me dejaran entrar en los sex shops. Pueden creerme si les digo que cuando llegaron los dieciocho no fui a un sex shop; de hecho la única vez que he entrado en uno fue hace dos o tres años para acompañar a un verdadero obseso y me aburrí y me quedé esperándole fuera.

Una vez, cuando tenía menos de trece años, estaba leyendo la cartelera en el periódico. Al picar una de las películas, el becario se había equivocado y había puesto que no era recomendable para menores de 33 años. Recuerdo que pensé que aquélla debía de ser una película realmente salvaje; no sólo había que esperar a que transcurriese toda la adolescencia antes de verla sino que había que tener la edad de Cristo: era necesario haber sufrido un calvario para comprender esa película. Yo ya había oído que cuando se estrenó el Padrino a la gente le dio por pegarse tiros y creí que la recomendación iba por ahí: sería una película tan sumamente violenta que sólo alguien maduro de verdad debía verla. Creo que se llamaba En Pie de Guerra. En un pueblo del medio oeste se celebraba una recreación de las batallas entre nativos y conquistadores, alguien mataba a alguien y la recreación se consumaba; los indios, que ya se habían comprado un pick up, volvían al monte y los blancos a perseguirlos como en los tiempos de Gerónimo. El resumen era que nada cambiaría hasta que la integración fuera fraternal y genética. No hace falta tener treinta tacos para comprenderlo.

Quiero decir que si lo piensas es una tontería sentarte a desear que pasen los años, aunque tengas la esperanza de que con los años todo vaya a ir mejor y de que podrás irte de vacaciones al sudeste asiático. A las malas será como lo del Sex Shop; lo mismo cuando llegue lo que esperas ya no te apetece ir a pasar calor o a que te agobien masas de vietnamitas hambrientos.

No obstante, voy a dejar este comentario en cuarentena: lo revisaré cuando tenga treinta –al fin y al cabo no queda nada- y lo revisaré de nuevo cuando tenga treinta y tres; puede que esté pasando por alto algo muy importante, algo crucial, que sólo se comprende con esa edad. Puede que, definitivamente, en la recomendación de la cartelera no hubiese ninguna errata y que haya películas que sólo deben verse a cierta edad; es posible que no exista ni la precocidad ni la derrota y que eso de las edades del hombre no sea una pura fórmula, que haya una escalera casi física por la que subimos todos sin excepción.

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