Años después del conflicto, uno de los tripulantes del Playa de Bakio, que se ha hecho modestamente rico escribiendo una Noticia del Secuestro, contrata a un detective fatigoso, divorciado, que se alimenta de croquetas de La Cocinera. El detective acepta el caso por las dietas y, mientras espera a que le haga efecto la vacuna para viajar a África, revisa en las hemerotecas los periódicos de Abril de 2008. En las notas de sociedad le llama la atención una boda, celebrada unas semanas antes del secuestro en una quinta cerca de Andújar (Jaén): el hijo del máximo accionista de Koipe se casa con una princesa somalí, hija del vicepresidente de aquel país, una auténtica belleza –piensa el sabueso-. En la foto que acompaña la noticia el novio aparece con cara mareada, la novia, cumpliendo el tópico, parece una Diosa de ébano. La nota aclara que la fiesta duró “varios días con sus noches” y que “las autoridades de la zona respiraron aliviados cuando se marchó de allí el numeroso y alegre cortejo”.
Sólo unas horas antes de salga su vuelo para África consigue entrevistarse con el hijo del máximo accionista, convertido a la sazón en el máximo accionista de la empresa. Obtiene pocas respuestas acerca del conflicto del girasol: un asunto menor que no afectó a nuestro sector de mercado, le responde el nuevo dueño; persiste la cara mareada pero se le ha unido una expresión que quiere ser de autoridad y que también demuestra miedo. Cuando se marcha de su despacho se abre el ascensor y sale la mujer somalí, más bella que en las fotos, al parecer embarazada. El detective nota un leve mareo (puede ser un efecto de las vacunas) y cuando recupera su espacio-tiempo está en el aparcamiento de la aceitera. Un taxista le grita, confirma que él es quien tiene prisa por llegar al aeropuerto, y le premia con sus protestas durante las tres horas que dura el trayecto.
Casi un día después se encuentra en un hotel de Mogadisco. El ventilador de la habitación suena como si estuviese estropeado, pero aún se mueve, a un ritmo africano y lento. El detective sale a dar un paseo y hace un par de preguntas a los dueños de dos quioscos de pescado; le contestan que los piratas desaparecieron en el año 2015, después del tratado con EE.UU.; aseguran que la mayoría se ha reintegrado al ejército. Sube al hotel después de haber repartido todos los bolígrafos que llevaba. El siguiente paso es ir a la zona costera, preguntar qué fue del barco, quizá encontrar algún tripulante o un falso tripulante que invente una historia que satisfaga al marinero vasco. Pone la cabeza bajo un fino chorro que adelgaza cuando alguien de su planta tira de la cadena.
Según el recepcionista, a las ocho de la tarde sale de la habitación. Unos turistas ingleses le ven doblar hacia una calle poco recomendable del centro de Mogadisco; le avisan de que es peligroso andar por allí sin un factótum local, pero él ni siquiera les mira. Está grogui, “borracho o drogado”, afirma uno de los ingleses. La policía somalí informa de que entró en tres bares de esa calle. En contra de lo que se puede pensar no hizo preguntas, tampoco bebió en exceso: tres o cuatro cervezas y una copa de un licor local a la que le invitó un camarero. Éste cuenta que cuando salió del local le dijo en mal francés que iba a vomitar. Pasaron unos minutos y en el antro se oyeron gritos de pelea. El camarero salió, acompañado de varios clientes, y vieron al detective en un charco de sangre. Tenía la mirada perdida, sin embargo aún estaba vivo. Dicen que dijo algo acerca de las virtudes de la cocina española, o de las facultades curativas del aceite, pero en esas condiciones su francés debía de sonar pésimo, así que pudo decir cualquier otra cosa antes de ser trasladado al hospital en el que murió esa misma noche. El gobierno español se encargó de repatriar el cuerpo. El marinero del Playa de Bakio costeó un entierro bastante decente.
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